| Por
Alejandro Armengol
La muerte de Orlando Zapata Tamayo es un llamado para que se
reconozcan internacionalmente las difíciles condiciones
en que se encuentran los prisioneros de conciencia cubanos.
Debe servir de alerta también, ante una de las tácticas
preferidas por el régimen de La Habana: degradar siempre
a sus opositores.
Un
paso de avance en este sentido es la declaración de Amnistía
Internacional (AI), que el viernes nombró a Darsi Ferrer,
director del Centro de Salud y Derechos Humanos ``Juan Bruno
Zayas'' de La Habana, prisionero de conciencia, y pidió
al gobierno cubano su inmediata e incondicional liberación.
En
un comunicado, la organización denunció que Ferrer
está detenido desde julio de 2009 acusado de obtención
ilegal de bienes, un delito que habitualmente no comporta cárcel,
que está en una cárcel de máxima seguridad
en La Habana, donde la mayoría de los presos han cometido
actos violentos, y que no ha sido juzgado, de acuerdo a un cable
de la agencia Efe. Con Ferrer, ya hay 55 prisioneros de conciencia
en la isla, según la organización.
``La
acusación contra Darsi Ferrer es claramente un pretexto.
Pensamos que ha sido detenido como castigo por su trabajo para
promover la libertad de expresión en Cuba'', manifestó
en la nota Gerardo Ducos, investigador de AI sobre Cuba.
Amnistía
explicó que el delito que se le imputa suele ser competencia
de un juzgado local, pero que en este caso está siendo
tramitado por la Fiscalía General, lo que ``añade
argumentos a la opinión de que este caso tiene una motivación
política''.
Al
igual que está tratando de hacer con el médico
Ferrer, La Habana ahora presenta al albañil Zapata Tamayo
como un delincuente común, que estaba preso por diversos
delitos y había agredido a sus carceleros. En ambos casos,
hay una motivación en difamar a los opositores: rebajarlos
en su condición ciudadana, reducirlos a seres antisociales.
Con frecuencia el gobierno cubano echa mano a una serie de recursos
viejos pero eficaces: el insulto y la vejación como arma;
la divulgación de mentiras, que en ocasiones se apoyan
en elementos aislados de verdad, pero que en su totalidad presentan
un panorama falso; la visión desplazada que deforma la
perspectiva de conjunto y la demonización del enemigo.
No hay originalidad en este empeño, empleado con éxito
anteriormente por la Alemania nazi, la Unión Soviética
de Stalin y la China de Mao.
En
sus primeros años, la ideología castrista propuso
la imagen de una sociedad mejor pero futura. El ataque político
se elaboraba a partir de un discurso dirigido fundamentalmente
contra una clase social, capitalista y explotadora.
La
deformación del lenguaje se producía de dos formas.
La abstracción servía como un medio para despersonalizar
y tergiversar las palabras. Se hablaba de la ``liquidación''
de la explotación, el ``ajusticiamiento'' de los traidores
y la ``recuperación'' de las propiedades del ``pueblo''.
Al mismo tiempo, se deshumanizaba a los opositores: ``gusanos'',
``escoria'' y ``parásitos'' en Cuba; ``perros rabiosos
del capitalismo'' en China y ``vampiros'', ``bastardos'' y ``piojos''
en la desaparecida Unión Soviética.
Por supuesto que el recurrir a esos recursos tuvo un precio.
El lenguaje ideológico del castrismo nació deforme
por naturaleza, por encima de cualquier intención verdadera
o bastarda de justicia social, y comenzó a deteriorarse
desde su origen.
Los
factores contradictorios contribuyeron a ese deterioro: el fracaso
en la concretización de su modelo ideal y los éxitos
en la exclusión de sus enemigos tradicionales. Las exitosas
campañas represivas, por momentos de verdadero terror,
apuntaron hacia el exterminio o la segregación de una
clase social, y lo lograron. De forma similar y diversa el comunismo
y el fascismo habían empleado el mismo recurso, y con
anterioridad los imperios coloniales y esclavistas, aunque con
distintos argumentos. Pronto Cuba se vio libre de ``explotadores
capitalistas''.
Por
años se prefirió ignorar a los disidentes, catalogar
como ``vicios del pasado'' todos los intentos de crítica
e identificar con la ``sociedad anterior'' a quienes se oponían
al sistema. La permanencia en el poder fue erosionando esos
argumentos. El golpe más formidable ocurrió con
la crisis que culminó en el puente marítimo Mariel-Cayo
Hueso, cuando miles que eran niños en 1959 o nacidos
después de esta fecha, y trabajadores carentes de propiedades,
decidieron o se vieron forzados a abandonar el país.
Ello obligó al gobierno a recurrir a una difamación
menos política y más vulgar. El ataque frontal
a los ``enemigos de clase'' se sustituyó por las vejaciones
y los epítetos. Las palabras más repetidas fueron
``prostitutas'', ``homosexuales'' y ``proxenetas'' (claro que
en sus versiones más crudas).
El
albañil Zapata y el médico Ferrer son por edad
``hijos de la revolución'', por el color de su piel pertenecen
a esa raza que precisamente la revolución triunfante
proclamó que iba a reivindicar y darle la posibilidad
de una integración plena, pero también seres humanos
que individualmente, y sin ponerse de acuerdo, posiblemente
sin siquiera conocerse, decidieron pensar y actuar por ellos
mismos. Esto último puede llegar a convertirse en un
delito en Cuba. Como hasta el momento ha sido imposible cambiar
la ley, lo que el régimen ha decidido es convertir en
delincuentes a las víctimas.
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