| Human
Rights Watch
Ausencia
de mecanismos de monitoreo y de denuncia adecuados
El sistema carcelario de Cuba carece de mecanismos de supervisión
adecuados y no brinda a los presos medios efectivos para que
denuncien estos hechos.
Los funcionarios no se encargan de solucionar los casos de abuso
que se les presentan, con lo cual permiten que continúen
las deplorables condiciones y que los responsables de los abusos
gocen de tota impunidad.
Todo
esto constituye una violación de las obligaciones internacionales
de Cuba —en especial, considerando que Cuba es un estado miembro
de la Convención contra la Tortura— de ofrecer recursos
efectivos y confidenciales a las víctimas de violaciones
de derechos humanos.
No obstante, el gobierno cubano sostiene públicamente
que sus cárceles cuentan con un sistema de control y
de denuncia efectivos, y en marzo de 2009 informó a la
ONU que:
Los reclusos tienen derecho a presentar denuncias y peticiones
a las autoridades y a recibir una respuesta adecuada dentro
de un plazo razonable, de conformidad con la legislación
pertinente. La violencia y los malos tratos, físicos
o psicológicos, están absolutamente prohibidos
y constituyen delitos en virtud de la ley cubana. Todas las
cárceles están sujetas a un sistema de inspección
que es independiente de la autoridad encargada de su administración.
Tanto ex reclusos como familiares de personas que actualmente
se encuentran en prisión expresaron incertidumbre con
respecto a quién era responsable de controlar las condiciones
y de investigar las denuncias dentro de las cárceles,
e insistieron en que el control no era independiente ni efectivo.
Los presos manifestaron que no se les informaba su derecho a
efectuar denuncias ni cómo registrar los abusos.
Los disidentes con quienes hablamos dijeron que las denuncias
de abuso se enfrentaban por lo general con investigaciones insuficientes,
indiferencia o incluso represalias.
Alexander Santos Hernández, encarcelado en la cárcel
Cuba Sí!, en Holguín entre 2006 y 2008, expresó
sobre el funcionario que se suponía estaba a cargo de
recibir las denuncias:
“Es como si no existiera [un oficial de control interno] porque
[ante] cualquier denuncia, él le da la razón a
los oficiales. Nunca el control interno sanciona o llama la
atención a un oficial por cualquier tipo de violación”.
Digzan Saavedra Prat, un activista político que estuvo
encarcelado en Cuba Sí! en 2008 por “peligrosidad”, manifestó
que recurrió al supervisor interno de la cárcel
para pedirle ayuda una vez que un preso común lo amenazó.
El funcionario le respondió que no era su problema.
En tres casos, los ex presos políticos expresaron que
los mismos individuos responsables de monitorear los abusos
eran quienes propinaban las golpizas y hostigaban a los reclusos.
El ex preso político Víctor Yunier Fernández
Martínez manifestó que el supervisor interno de
la cárcel 1580, en La Habana —donde estaba preso por
una acusación de “peligrosidad”— “fue uno de los que
me amenazó y ordenó a varios oficiales que me
agredieran el 27 de septiembre del 2006”.
Como no tienen otro recurso frente a los abusos, los presos
políticos suelen iniciar huelgas de hambre y adoptar
otras medidas drásticas para llamar la atención
sobre su tratamiento.
Sin embargo, estos actos suelen redundar en represalias por
parte de los funcionarios
penitenciarios. Por ejemplo, Yordis García Fournier mantuvo
una huelga de hambre durante más de un mes en 2008 para
protestar por el trato injusto que recibía de las autoridades
carcelarias. Como castigo por no comer, los funcionarios penitenciarios
suspendieron las visitas familiares de García y lo sometieron
a reclusión en una celda de aislamiento. 
VIII.
Formas habituales de represión
Diversos actos diarios de represión castigan a los disidentes
y sus familias en todos los aspectos de sus vidas. El gobierno
recurre a las detenciones por períodos breves con el
fin de castigar a los disidentes por ejercer sus libertades
fundamentales y evitar que participen en actividades “contrarrevolucionarias”,
como reuniones no oficiales.
Los disidentes son víctimas de agresión verbal,
hostigamiento y golpizas por parte de agentes de seguridad y
grupos de civiles vinculados con el estado, y se llevan a cabo
“actos públicos de repudio” frente a sus hogares, lo
cual somete a disidentes y familiares a humillación e
incluso a ataques colectivos.
Los funcionarios del gobierno amenazan reiteradamente a los
disidentes con encarcelarlos si no abandonan sus actividades.
Son despedidos de sus empleos, se les niega acceso al empleo
y son multados, y generando graves perjuicios económicos
a sus familias. Asimismo, el gobierno prohíbe habitualmente
que los críticos ejerzan el derecho a viajar dentro y
fuera de la isla. Por último, los disidentes son objeto
de una vigilancia constante e invasiva y, con frecuencia, la
información obtenida se utiliza posteriormente en su
contra en procesos judiciales que son una farsa.
Detención por períodos breves
Las fuerzas de seguridad recurren habitualmente a detenciones
por períodos breves para castigar a los disidentes o
impedir su participación en eventos considerados “contrarrevolucionarios”.
Varias decenas de disidentes que fueron víctimas de este
tipo de detenciones arbitra rias
relataron a Human Rights Watch que no recibieron ninguna
explicación sobre su detención, y fueron encerrados
en condiciones inhumanas durante horas, o incluso días,
junto con presos que ya habían sido condenados. Estas
prácticas contradicen la Constitución de Cuba
y las normas internacionales que regulan el tratamiento de prisioneros.
Desde que Raúl Castro asumió el poder en reemplazo
de Fidel Castro en 2006, la cantidad de detenciones arbitrarias
ha aumentado en forma significativa. La Comisión Cubana
de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN),
una respetada organización de derechos humanos de Cuba,
documentó 325 detenciones arbitrarias por parte de las
fuerzas de seguridad en 2007.
En
la primera mitad de 2009, documentó 532. Dichas detenciones
se llevan a cabo sistemáticamente para evitar que las
personas ejerzan su derecho de reunión en forma pacífica.
El uso generalizado de la detención arbitraria se encuentra
codificado en la leyes cubanas, las cuales facultan —y en algunas
instancias obligan— a los funcionarios del gobierno a llevar
a cabo arrestos. De acuerdo con la Ley de Procedimiento Penal,
las autoridades y la policía deben detener a cualquier
persona que cometa un “delito contra la seguridad del Estado”,
cuyos actos “hayan producido alarma o... se cometen con frecuencia
en el territorio del municipio” o cuando “existan elementos
bastantes para estimar fundadamente que el acusado tratará
de evadir la acción de la justicia”.
Estas
definiciones subjetivas permiten a los funcionarios interpretar
que un amplio espectro de acciones pueden justificar una detención.
En diciembre de 2008, el gobierno de Cuba arrestó en
forma preventiva a más de 30 personas en los días
previos al Día Internacional de los Derechos Humanos
(10 de diciembre). Muchas de ellas fueron arrestadas cuando
intentaban viajar a La Habana para participar en pequeñas
reuniones de grupos no oficiales o en actividades de oposición
programadas para ese día, en el cual se conmemoraba el
60º aniversario de la firma de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos.
Entre los disidentes detenidos estaban Belinda Salas, Lázaro
Joaquín Alonso Román,
Marlene Bermúdez y Roberto Marrero de la Rosa, quienes
fueron blanco de ataques el 9 de diciembre de 2008 en La Habana,
luego de usar las computadoras en la Sección de Intereses
de los Estados Unidos para revisar el correo electrónico.
Salas lidera una
organización no oficial de mujeres, la Federación
Latinoamericana de Mujeres Rurales de Cuba, y su esposo, Alonso,
es un ex preso político. Según Bermúdez
y Marrero—defensores de derechos humanos de Camagüey— ocho
agentes de seguridad atacaron a los disidentes y los golpearon
violentamente sin motivo aparente. Alonso recibió numerosos
golpes en la ingle, el rostro y la cabeza, hasta quedar inconciente.
Los agentes desgarraron las camisas de Bermúdez y Salas,
y los dejaron semidesnudos. Alonso, Bermúdez y Marrero
fueron detenidos, para luego ser puestos en libertad después
del 10 diciembre, sin que se presentaran cargos en su contra.
Marta Díaz Rondon, una defensora de derechos humanos,
dijo que la habían detenido seis veces en los últimos
años, siempre antes de reuniones y encuentros programados
con otros disidentes. Díaz dijo que “Cada vez que va
a llevarse a cabo una actividad, como una manifestación
pacífica, toman medidas represivas. No se nos permite
vernos ni viajar”.
En
marzo de 2009, contó que la habían detenido cuando
intentaba visitar a Jorge Luís García Pérez
—también conocido como Antúnez— quien estaba realizando
una huelga de hambre en su hogar a modo de protesta para exigir
que cesaran los abusos contra presos políticos.
En Cuba Oriental, tres disidentes manifestaron haber sido víctimas
de una práctica que denominaron secuestros, mediante
la cual agentes vestidos de civil los detuvieron, los trasladaron
a lugares desconocidos, los interrogaron y posteriormente los
liberaron. Marco Antonio Lima Dalmau, un periodista y defensor
de derechos humanos de Holguín, quien fue víctima
de uno de estos “secuestros” en 2009, dijo que nunca pudo saber
siquiera a qué sector de las fuerzas de seguridad de
Cuba pertenecían sus captores, y no se le entregó
ningún registro de su detención.
Golpizas y uso excesivo de la fuerza
Los disidentes que participan en actos considerados “contrarrevolucionarios”
son habitualmente víctimas de ataques, golpizas y uso
excesivo de la fuerza por parte de los agentes de seguridad.
Los ataques son llevados a cabo tanto por funcionarios del gobierno
como por miembros de grupos de civiles afines al gobierno, los
“comités de defensa de la revolución” (CDR) y
las “brigadas de respuesta rápida”.
El
24 de febrero de 2008, la periodista y defensora de derechos
humanos Ana Margarita Perdigón Brito, junto con su padre
y su hermano, participaron en una manifestación pacífica
y poco masiva en Sancti Spíritus para conmemorar el aniversario
de un incidente ocurrido en 1996, en el cual el gobierno de
Cuba disparó contra dos aviones pertenecientes a una
organización con sede en Miami.
La periodista contó que los agentes de seguridad dispersaron
la concentración, les dieron “una golpiza salvaje” a
los participantes, y la llevaron, junto con su padre y su hermano,
a una delegación policial. Allí, los agentes de
policía arrojaron a su padre contra una pared y la sujetaron
fuertemente por el cuello, hasta que perdió el conocimiento.
Alexander Santos Hernández, un disidente de Holguín,
dijo que fue víctima de un ataque en junio de 2006 por
parte de ocho miembros de una “brigada de respuesta rápida”
—un grupo integrado por civiles afines al gobierno—. El grupo,
liderado por un oficial de rango del departamento de policía
local, lo atacó en la vía pública sin que
mediara ningún tipo de provocación, y amenazaron
con encarcelarlo o matarlo si no abandonaba sus actividades
“contrarrevolucionarias”.
En cuatro oportunidades distintas, en Matanzas, Holguín
y Las Tunas, diversos disidentes relataron a Human Rights Watch
que casi no lograron escapar cuando automóviles intentaron
atropellarlos deliberadamente. Las víctimas dijeron que,
durante los ataques o después de estos, los conductores
o pasajeros les gritaron comentarios que sugerían que
estaban siendo atacados a causa de sus actividades políticas.
Juan Francisco Sigler Amaya, un defensor de derechos humanos
y hermano de dos presos políticos, dijo que un automóvil
trató de atropellarlo en enero de 2006, cuando se trasladaba
en bicicleta hacia la plantación de azúcar en
la cual trabajaba, en la provincia de Matanzas:
[A]l auto que venía detrás, de color verde oscuro,
no pude ni leerle la matricula. Cuando yo venía en la
bicicleta, tenían las luces prendidas, pero sentí
que estaban acelerando y apagaron las luces a gran velocidad.
Con mi instinto de conservación, lo que atiné
fue a dar un timonazo, que fue lo que [me] salvo la vida....
Casi me corto la barriga con el machete que llevaba, porque
di tres vueltas con la bicicleta. [Las personas que se encontraban
en el automóvil] me gritaban; dos hombres y una mujer,
diciéndome horrores: “¡Contrarrevolucionario! ¡Te
vamos a matar!”. Luego arrancaron y se desaparecieron.
Los disidentes también denunciaron un patrón de
uso excesivo de la fuerza por parte de la policía y los
agentes de seguridad del estado durante los arrestos. El 31
de agosto de 2008, Yordis García Fournier e Isael Poveda
Silva, miembros del grupo político no oficial Jóvenes
por la Democracia, se dirigieron a una delegación policial
en Guantánamo para visitar a Enyor Díaz Allen,
otro miembro del mismo grupo que había sido detenido
arbitrariamente el día anterior.
Como
la policía se negó a permitirles la visita, García
y Poveda se pararon afuera de la delegación y comenzaron
a gritar consignas a favor de los derechos humanos y en contra
de Castro. Sin ninguna advertencia —según contaron posteriormente
a sus familiares— la policía les lanzó gases lacrimógenos
y, luego de salir precipitadamente de la delegación,
les propinaron reiterados golpes y patadas, pese a que ellos
no se defendieron.
García
y Poveda fueron luego condenados a un año, y un año
y cuatro meses de prisión, respectivamente, por incurrir
en desacato a la autoridad.
Los
disidentes y los familiares que intentaron asistir a los juicios
de personas detenidas por motivos políticos manifestaron
que eran sistemáticamente víctimas de hostigamiento,
amenazas y, al menos en cuatro casos, agresiones físicas.
El simple hecho de intentar presenciar la administración
de justicia los puso en peligro.
Cuando el periodista
Raymundo Perdigón Brito fue condenado por “peligrosidad”
en diciembre de 2006, su familia asistió al juicio. Cuando
la familia de Perdigón abandonó el tribunal en
Sancti Spíritus, varios miembros de la “brigada de respuesta
rápida” se aglomeraron alrededor de ellos, y los golpearon
mientras la policía observaba, según relató
su hermana.
En septiembre de 2008, Ramona Sánchez Ramírez,
una defensora de derechos humanos, intentó asistir a
la apelación de un par de disidentes en Guantánamo.
Los disidentes, quienes habían proferido consignas en
contra del gobierno en público, habían sido condenados
por desacato. Sánchez dijo que, dado que las autoridades
no la dejaban ingresar al juicio, se sumó a una manifestación
pacífica fuera de la sede del tribunal, junto con disidentes
y amigos del acusado. Sin que mediara ninguna advertencia ni
provocación, un grupo de agentes de seguridad, funcionarios
judiciales y miembros de una “brigada de respuesta rápida”
agredieron a los manifestantes con palos y otras armas. Sánchez
contó que los golpearon pese a que no opusieron resistencia.
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