| Human
Rights Watch
Actos
públicos de repudio
Los actos de repudio son demostraciones públicas llevadas
a cabo fuera de las viviendas de los disidentes.
Al
igual que otros ataques, estos actos tienen por objeto humillar
e intimidar
a personas que expresan disenso y, en reiteradas ocasiones,
han dado lugar a hechos de violencia colectiva. Aunque supuestamente
fueron planificados por civiles, las versiones de las víctimas
sugieren que funcionarios del gobierno colaboraron con los “comités
de defensa de la revolución” para llevar a cabo estos
actos.
Los actos de repudio pueden durar desde varias horas hasta un
día entero. De acuerdo con las víctimas, las tácticas
de los participantes incluyen proferir insultos y amenazas verbales
golpear cacerolas para hacer ruido, arrojar piedras contra las
casas y pintar los frentes con mensajes insultantes, irrumpir
en las viviendas en forma ilegal y agredir físicamente
a sus habitantes.
Si bien supuestamente estos actos son llevados a cabo por vecinos,
todas las víctimas de los actos de repudio aportan pruebas
que sugieren que son obra del gobierno. Muchos señalaron
que los participantes fueron transportados a sus hogares en
vehículos de propiedad del estado, como camiones militares
o autobuses públicos.
Las víctimas también manifestaron que nunca habían
visto a los participantes, quienes, por lo tanto, no tenían
forma de conocer sus actividades, ni mucho menos motivos para
denunciarlos. Además, las víctimas dijeron que
observaron que algunos participantes vestían uniformes
de fajina militar u otros uniformes del gobierno, lo cual sugería
que trabajaban para el estado.
Roberto Marrero la Rosa, defensor de derechos humanos de Camagüey,
dijo que él y su familia habían sido blanco de
tres actos de repudio en los últimos años.
Manifestó que los agitadores, quienes se transportaron
en autobús desde otros vecindarios, arrojaron piedras
contra su vivienda, gritaron insultos durante horas y lo llamaron
“mercenario” de Estados Unidos y “gusano”.
Los actos reiterados eran tan atemorizantes que la hija de Marrero
la Rosa decidió mudarse junto con su hijo a otro lugar.
Marco Antonio Lima Dalmau dijo que, cuando él y su familia
intentaron abandonar su hogar en Holguín durante uno
de estos actos de repudio en 2008, un grupo de personas los
golpearon violentamente.
No obstante, a pesar de las violaciones de derechos que representan
dichos actos de repudio, ninguna de las ocho víctimas
dijo que la policía había intervenido para protegerlos.
Asimismo, tampoco se detuvo a ninguna de las personas que participaron
en dichos actos, pese a que violaron la ley, al ingresar ilegalmente
en las casas o atacar a los residentes, y su comportamiento
claramente había “producido alarma”301, una de las amplias
categorías en virtud de las cuales las autoridades cubanas
deben detener a las personas.
Amenazas y advertencias
Además de la amenaza implícita impuesta por un
sistema legal diseñado para penalizar el disenso, el
gobierno amenaza explícitamente a los disidentes con
la posibilidad de prisión, violencia física y
otros castigos. En los casos de “peligrosidad”, estas amenazas
están contempladas en la misma ley. El Código
Penal establece que las personas involucradas en una “conducta
antisocial” deben recibir advertencias oficiales mediante las
cuales se les informa acerca de su “peligrosidad”.
El
propósito de estas advertencias es generar un cambio
de comportamiento “en prevención de que se incurra en
actividades socialmente peligrosas”. En el caso de los disidentes,
las advertencias indican que serán encarcelados inmediatamente
si no abandonan las actividades “contrarrevolucionarias”.
Marco Antonio Lima Dalmau, un disidente de Holguín, dijo
que había recibido más de una docena de advertencias
oficiales por “peligrosidad” desde el 2007, todas ellas por
haber participado en actividades pacíficas, como manifestaciones,
y sabía que podrían arrestarlo en cualquier momento.
Gabriel Díaz Sánchez, defensor de derechos humanos
en Bayamo, le contó a Human Rights Watch que agentes
de seguridad se presentaron en su hogar varias veces para advertirles
a sus familiares que lo acusarían de “peligrosidad” si
no abandonaba sus actividades.
Los disidentes informaron a Human Rights Watch que también
recibieron advertencias por estar desempleados, lo cual se considera
una forma de “conducta antisocial”. Tal como se analizó
anteriormente, a los disidentes se les niega el empleo en forma
sistemática a causa de sus opiniones políticas
y luego se los acusa de “peligrosidad” por estar desempleados.
Por ejemplo, Enyor Díaz Allen, un disidente en Guantánamo,
dijo que recibió tres advertencias oficiales de enero
a marzo de 2009 por estar desempleado. La segunda vez, dijo,
un capitán de policía le advirtió que si
no conseguía trabajo, se lo acusaría de “peligrosidad”
y se lo enviaría a prisión por cuatro años.
El periodista Juan Carlos Hernández, quien dijo que había
recibido alrededor de 15 citaciones y advertencias desde 2005,
sostuvo que:
[Cuando se les antoja] te hacen una [advertencia oficial]. O
sea, eso es un mecanismo que ellos tienen para que en determinado
momento, por esa cantidad de advertencias, ellos digan “Ya no
te advertimos más, ya te lo hemos dicho varias veces,
ahora sí vamos a cumplir”. Y te sacan de circulación
por lo menos cuatro años. Así es como funciona.
Las
advertencias oficiales no son la única manera en que
se intimida a los disidentes.
En
algunos casos, los funcionarios del gobierno y los grupos de
ciudadanos vinculados con el estado amenazan a los disidentes
con agresiones, violaciones sexuales, e incluso la muerte.
Rufina Velásquez González dijo que, cuando intentaba
caminar con sus padres —Ramón y Bárbara— de Santiago
a La Habana en 2007, para generar conciencia acerca de las violaciones
de derechos humanos y los presos políticos, su familia
se enfrentó en Holguín y Camagüey con “brigadas
de respuesta rápida”.
Los
miembros de la brigada los amenazaron con bates de madera, piedras
y barras de metal envueltas en periódicos, y les dijeron
que los golpearían si no regresaban.
A Rufina Velásquez y a su madre las amenazaron con violarlas,
y las llamaron “putas” y “rameras”. Los agentes de seguridad
que estuvieron presentes en varias de estas confrontaciones
no intervinieron para frenar o desarmar a los miembros de la
brigada.
Cuatro disidentes manifestaron que funcionarios del gobierno
amenazaron expresamente con matarlos por sus opiniones políticas.
Alexander Santos Hernández dijo que un mayor de la policía
le dijo que la próxima vez que lo viera en su motocicleta,
lo atropellaría con el automóvil. El agente dijo
que utilizaría sus conexiones dentro del gobierno para
esconder las pruebas del asesinato.
Tres disidentes que relataron a Human Rights Watch que recibían
constantemente amenazas de que serían encarcelados finalmente
fueron detenidos y condenados luego de comunicarse con nosotros.
Juan Luís Rodríguez Desdín, Rodolfo Bartelemí
Coba y Enyor Díaz Allen fueron encarcelados meses después
de hablar con Human Rights Watch. Rodolfo Bartelemí Coba,
defensor de derechos humanos, le contó a Human Rights
Watch en marzo de 2009 que había recibido seis advertencias
oficiales por “peligrosidad” el año anterior. La más
reciente se debía a que había intentado asistir
a una reunión en Guantánamo del Comité
ciudadano contra los malos tratos, un grupo no oficial que se
reúne para compartir información sobre las violaciones
de derechos humanos en la región.
Durante su entrevista, dijo que tenía miedo de que lo
arrestaran en cualquier momento. Diezdías después,
fue detenido y encarcelado para cumplir una condena del año
1994, por la cual se le había otorgado la libertad condicional
algunos años antes.
Juan Luís Rodríguez Desdín —un ex preso
político que había cumplido una condena de dos
años por “peligrosidad”— relató a Human Rights
Watch en marzo de 2009 que había recibido amenazas por
parte de las autoridades en varias ocasiones. A pesar de las
advertencias, Rodríguez no abandonó su trabajo
a favor de los derechos humanos.
En
mayo de 2009, fue arrestado y condenado a dos años más
en prisión por “desorden público”.
Dado que, a menudo, luego de dichas advertencias y amenazas
el encarcelamiento y los ataques se concretan efectivamente,
representan una fuente de intimidación y temor significativos
en la comunidad de disidentes, y contribuyen a generar un clima
en el cual los disidentes temen ser agredidos o detenidos en
cualquier momento.
Vigilancia invasiva
Los disidentes y no disidentes de quienes se sospecha que tienen
tendencias “contrarrevolucionarias” están sujetos a varias
formas de vigilancia constante por parte del gobierno y los
grupos de civiles vinculados con el gobierno. El gobierno utiliza
varios métodos para monitorear las actividades y comunicaciones
de los disidentes, como por ejemplo intervenir los teléfonos
y las cuentas de correo electrónico; colocar dispositivos
de escucha escondidos; observar, fotografiar y filmar reuniones
de grupos de la sociedad civil; allanar las viviendas clandestinamente
y asignar agentes de seguridad que vigilan cada uno de sus movimientos.
La vigilancia está a cargo de agentes de seguridad y
grupos de civiles vinculados con el gobierno, quienes pueden
trabajar juntos o en forma independiente. Decenas de disidentes
manifestaron que los agentes de seguridad estaban permanentemente
ubicados fuera de sus viviendas y los seguían a todas
partes; mientras que los “comités de defensa de la revolución”
—grupos de civiles que se encuentran en cada vecindario y cuya
función es proteger la revolución contra todo
tipo de amenazas— vigilaban constantemente a sus vecinos para
detectar comportamientos sospechosos y denunciarlos ante los
agentes de seguridad del estado.
Los disidentes dijeron que una vez que los “marcaban” como sospechosos,
eran constantemente vigilados por estos grupos. La disidente
Rufina Velásquez González dijo que, cuando viajaba
de su hogar a Las Tunas para asistir a reuniones de grupos no
oficiales que buscaban alternativas al gobierno:
El Estado siempre estaba persiguiéndome por donde yo
viajaba. Ellos sabían en las casas en las que yo estaba.
Eso lo hace sentir a uno como vigilado. Yo llegaba a una estación
a reservar un pasaje para acudir a otra provincia y ellos me
decían que la Seguridad del Estado había estado
preguntando por mí, que yo qué había hecho,
que adónde iba.
Roberto Marrero la Rosa dijo que de las ocho viviendas ubicadas
en su calle en Camagüey, seis estaban habitadas por personas
que tenían cargos oficiales en el CDR, desde el presidente
hasta el jefe de propaganda, y que todos monitoreaban su comportamiento.
Rodolfo Bartelemí Coba, un defensor de derechos humanos
en Guantánamo, afirmó que lo seguían cada
vez que salía de su vivienda.
El gobierno de Cuba también ha utilizado informantes
que se hacen pasar por disidentes para espiar las actividades
de los grupos no oficiales que critican al estado.
En
los juicios contra los 75 disidentes en 2003, los fiscales se
basaron en el testimonio de infiltrados que se habían
hecho pasar por opositores del gobierno para dar testimonio
de las actividades contrarrevolucionarias de sus ex colegas.
Muchos de los informantes habían estado trabajando en
forma clandestina junto con los disidentes durante décadas
y se habían ganado su máxima confianza. En los
juicios contra diez disidentes llevados a cabo en abril de 2004,
un hombre que hasta ese momento se hacía pasar por periodista
confesó ser un agente del gobierno y declaró en
contra de otros activistas políticos no violentos.
Denegación de empleo y dificultades económicas
La Constitución de Cuba le otorga al gobierno la facultad
de organizar, gestionar y controlar toda la actividad económica,
y de ubicar a los trabajadores de acuerdo con “las exigencias
de la economía y la sociedad”.
El estado dirige prácticamente todas las fuentes de empleo,
la afiliación al único sindicato oficial —la Central
de Trabajadores de Cuba o CTC— y el acceso a los programas de
capacitación para trabajadores.
Los funcionarios del gobierno recurren habitualmente a este
control para negar empleos a aquellas personas que no comparten
sus posturas ideológicas. Varios disidentes de toda Cuba
comentaron que era difícil conseguir trabajo sin afiliarse
a la CTC, y que muchos no deseaban afiliarse debido a que se
encuentra bajo el control directo del gobierno. Tanto disidentes
como no disidentes también informaron a Human Rights
Watch que los empleadores se comunicaban con los “comités
de defensa de la revolución” y con la policía
para verificar las opiniones políticas de los posibles
empleados y su lealtad al gobierno antes de contratarlos.
Decenas de disidentes denunciaron haber sido despedidos a causa
de sus opiniones o su participación en grupos de la sociedad
civil no autorizados. Eduardo Pacheco Ortíz —un ex preso
político que cumplió una condena de dos años
por “peligrosidad” y monitorea los derechos humanos en Matanzas—
dijo que, desde su liberación en agosto de 2008, lo han
despedido de un trabajo tras otro. Afirmó que cada vez
que los empleadores se enteraban de sus opiniones políticas,
lo despedían.
Víctor Yunier Fernández Martínez —quien
también había sido condenado en razón de
su “peligrosidad” por pertenecer a un grupo político
no autorizado en La Habana y fue liberado en febrero de 2009—
señaló que lo habían despedido de dos trabajos
como mecánico de automóviles porque lo consideraban
“contrarrevolucionario”.
Fernández
dijo que, cuando lo despidieron del segundo trabajo, su jefe
le dijo que no tenía opción: emplear a un miembro
de la “oposición” le generaba problemas a su negocio.
Desde ese momento, afirmó Fernández, ha sido rechazado
para varios puestos, y los empleadores le dicen expresamente
que no lo contratan por motivos políticos.
Los disidentes afirmaron que la negación del empleo somete
a sus familias a profundos padecimientos económicos.
Fernández dijo que, sin un trabajo, debía recurrir
a la ayuda de toda su familia para comer. Gertrudis Ojeda Suave
—una ex activista política encarcelada por su “peligrosidad”
y madre soltera de tres hijos— dijo que no puede conseguir trabajo
dado que ha sido catalogada como disidente. Cuando se postuló
para un trabajo de limpieza de pisos en un hospital estatal,
le dijeron que no era fiable por sus opiniones políticas.
Sin una fuente regular de ingresos, dijo, es común que
sus hijos vayan a dormir sin haber cenado.
Como se expuso anteriormente, el gobierno utiliza con frecuencia
el desempleo como
justificación para condenar a los disidentes en virtud
de la disposición de “peligrosidad” social, lo cual hace
que la negación del trabajo, además de perjudicar
a las familias, sea también peligrosa.
Multas
Además de incluir, en la práctica, a los disidentes
en listas negras, el gobierno les impone mayores dificultades
económicas al aplicar multas de alto valor. Los disidentes
dijeron que les aplicaron multas por ejercer derechos civiles
y políticos básicos, y por establecer pequeños
emprendimientos por cuenta propia, sin autorización del
gobierno.
El
Código Penal de Cuba prevé diversas multas para
violaciones específicas de la ley, y otorga a los jueces
una amplia discreción para establecer el monto.321 La
ley cubana establece que, al determinar el monto, los jueces
deben tener en cuenta el salario que percibe el infractor, “cuidando
de no afectar, en cuanto sea posible, la parte de sus recursos
destinados a atender sus propias necesidades y las necesidades
de las personas a su abrigo”.
Según la ley, aquellas personas que no pueden pagar las
multas deben ser encarceladas durante un plazo que les permita
cancelar su deuda.
Sin embargo, las multas asignadas a los disidentes suelen ser
tan cuantiosas que, cuando las pagan, luego tienen dificultades
para satisfacer sus necesidades básicas. René
Velásquez Gonzáles dijo que le aplicaron una multa
de 750 pesos por vender pizza y refrescos sin permiso en Las
Tunas, lo cual equivale al doble de su salario mensual. Dijo
que necesitaba tres trabajos para pagar la multa en tiempo y
forma y evitar ir a prisión, y sólo le quedaban
unas pocas horas para dormir de noche.
Ramon Sánchez Ramírez dijo que, tras los huracanes
de 2008, varios disidentes en Guantánamo fueron condenados
por acaparamiento, debido a tenían en su poder alimentos
básicos, como tomates o repollo.
Afirmó que les aplicaron una multa de entre 500 y 3.000
pesos; esta última cantidad equivale al salario de casi
un año.
Represalias contra familias
El gobierno de Cuba castiga a familias enteras por las actividades
de oposición de uno de sus miembros. Los familiares de
los presos políticos y los disidentes se enfrentan a
amenazas, pérdida del trabajo, denegación de servicios
sociales básicos y humillación pública,
entre otras formas de discriminación y abuso.
Poco tiempo después de que su esposo fuera encarcelado
en 2003 por trabajar como periodista independiente, Rebeca Rodríguez
Souto fue expulsada de un centro educativo para adultos en el
cual había estado tomando clases. Cuando le preguntó
el motivo a unas de las autoridades de la escuela, esta le respondió
que funcionarios del gobierno habían ordenado que fuera
expulsada por ser la esposa de un “mercenario” y porque tenía
“ideas contrarias al gobierno”.
Rodríguez
dijo que nunca había expresado sus opiniones políticas
en la escuela.
Algunos disidentes en Sancti Spíritus, Matanzas, Guantánamo
y Holguín dijeron que sus hijos habían sido expulsados
de la escuela o habían sufrido humillaciones por parte
de sus maestros a causa de las actividades u opiniones políticas
de sus padres. Según Eduardo Pacheco Ortíz, a
su hija la echaron de la escuela sin explicación alguna
luego de que lo encarcelaran por “peligrosidad” en 2008.
Ramona Sánchez Ramírez contó que a su hija
le prohibieron continuar con sus estudios universitarios y un
maestro se burló de su nieto frente a todos sus compañeros
como resultado del trabajo de Sánchez a favor de los
derechos humanos.
Decenas
de familiares de presos políticos y disidentes dijeron
que los habían despedido de sus trabajos o les habían
negado empleo a causa de su relación con personas consideradas
“contrarrevolucionarias”. Luego de que el disidente Yordis García
Fournier fuera condenado por desacato en septiembre de 2008,
tres de sus hermanos fueron despedidos de su trabajo. A dos
de ellos les dijeron explícitamente que los estaban castigando
por su relación con un preso político.
Como se menciona en otra sección de este informe, la
pérdida del ingreso somete a las familias a profundos
padecimientos económicos, y expone a las personas desempleadas
a la posibilidad de que se las acuse de “peligrosidad”.
Restricciones para viajar
El gobierno de Cuba también discrimina a los disidentes
al otorgar visas de viaje. El gobierno de Cuba prohíbe
a sus ciudadanos tanto salir de Cuba como regresar al país
sin obtener antes un permiso oficial. Viajar sin autorización
puede dar lugar a un proceso penal.
Como Human Rights Watch concluyó en su informe, Familias
deshechas: El costo humano de las restricciones de Estados Unidos
y Cuba para viajar, estas restricciones proporcionan al gobierno
cubano una poderosa herramienta para castigar a los desertores
y silenciar a los críticos.
En mayo de 2008, Yoani Sánchez, autora de un blog, recibió
un premio periodístico otorgado en España. Si
bien el gobierno emitió inicialmente una visa de salida
para Sánchez, antes de la fecha en que estaba programada
su partida el trámite de su visa fue paralizado sin ningún
tipo de explicación, por lo cual no pudo recibir el premio
en persona.
En
octubre de 2009, volvieron a negarle autorización para
salir del país para recibir otro premio que le había
concedido la Universidad de Columbia, en Nueva York.
En febrero de 2008, cuatro presos políticos que habían
sido detenidos en el marco de la ola represiva de 2003 fueron
liberados con la condición de que viajaran inmediatamente
a España. Pedro Pablo Álvarez Ramos —uno de los
cuatro presos liberados— afirmó que les dijeron expresamente
que, a cambio de su libertad, no se les permitiría regresar
jamás a Cuba.
El
21 de noviembre de 2008, y por segundo año consecutivo,
se denegó al cantante de rap Bian Oscar Rodríguez
Galá —miembro del grupo los Aldeanos, cuyas letras han
criticado abiertamente al gobierno de Castro— la autorización
para salir de Cuba con el fin de participar en una competencia
internacional de música, organizada anualmente. El pedido
de visa de salida de Rodríguez, quien se había
clasificado luego de ganar una competencia de rap en Cuba, fue
denegado pese a haber presentado todos los documentos necesarios.
A Juan Juan Almeida García se le ha denegado el derecho
a salir de Cuba para recibir
tratamiento médico por una enfermedad degenerativa poco
común desde 2003.
Almeida,
de 44 años, quien sufre de espondilitis anquilosante,
había sido autorizado a viajar a Bélgica en los
años noventa para recibir tratamiento, el cual no estaba
disponible en Cuba.
Ha solicitado varias veces al año que se le permita salir
de Cuba para recibir tratamiento médico en el extranjero,
pero todas sus solicitudes han sido denegadas sin explicación.
Durante su visita más reciente a una oficina de inmigración,
un agente le dijo que la negación de la autorización,
en su caso, provenía del “alto mando” del gobierno.
Según
contó la hija de Almeida a Human Rights Watch, como resultado
de no haber recibido tratamiento durante más de seis
años, su salud se ha deteriorado considerablemente. Se
ve forzado a dormir sentado en una silla, ya que el dolor en
las articulaciones y en los huesos le impide dormir acostado,
y no puede caminar sin ayuda. Su hija gestionó un tratamiento
médico gratuito en agosto de 2009 en California, pero
volvieron a negarle a Almeida la visa de salida.
El gobierno también ha adoptado fuertes medidas para
impedir el desplazamiento de ciudadanos dentro de Cuba, a través
de una aplicación más enérgica de la ley
de 1997, conocida como Decreto 217.
Este
decreto, cuyo propósito es limitar la migración
a La Habana, exige a los cubanos obtener autorización
del gobierno para mudarse a la capital del país.337 Según
un funcionario cubano, se produjeron aproximadamente 20.000
casos de expulsión forzada de personas de La Habana por
la policía desde 2006 hasta agosto de 2008.338 Los disidentes
dijeron que eran detenidos arbitrariamente o se les prohibía
salir de su provincia de origen, en especial en los períodos
previos a la celebración de encuentros de grupos de la
sociedad civil no autorizados, de los cuales el gobierno desconfía.
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