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Por
Eugenio Yáñez
Fidel
Castro, como mediocre vedette de farándula superficial
y barata, necesita sentirse en el centro de las candilejas,
aunque ya solamente pueda ganarse chiflidos y abucheos a estas
alturas.
Después
del monumental conjunto de insensateces publicado durante los
últimos años en sus múltiples reflexiones,
donde entre las más comentadas —por absurdas—
estuvieron su anuncio del inicio de la guerra nuclear antes
de los cuartos de final del campeonato mundial de fútbol
del 2010 en Sudáfrica, y su “descubrimiento”
de que un conjunto de chicos malos dirige el mundo a su antojo,
para lo cual les basta con reunirse unos pocos días al
año, tomar las decisiones y lanzar las directivas correspondientes,
ahora parece que asume un estilo telegráfico o lapidario,
y ya ha publicado cinco “mini-reflexiones”, una
con un texto de 65 palabras, otra con uno de 53, y las otras
más breves todavía.
Pero
no piense el lector que al hacer más breves sus “reflexiones”
al Comandante no le queda mucha oportunidad para insensateces,
senilidad, ignorancia o cinismo: todo lo contrario, ahora logra
una concentración de dislates por renglón que
le envidiarían reconocidos ignorantes como Evo Morales
o Lázaro Barredo, el director de Granma.
En
la reciente “mini-reflexión”, titulada “Conductas
que no se olvidan”, Fidel Castro comienza con una declaración
que no hace dudar de su vergüenza, que hace rato ha demostrado
no tener, sino de su más elemental sanidad mental, cuando
señala que “el alemán más revolucionario
que he conocido fue Erich Honecker”.
Con
estas diez palabras, Fidel Castro lanza por la borda a Karl
Marx y Friedrich Engels, a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo,
a Ernest Thaelmann y Walter Ulbricht, y a otros ilustres no
comunistas alemanes en el campo de la política, que mucho
han hecho por el bien de Alemania y de la humanidad, entre los
cuales cabe destacar a Karl Kautsky, Eduard Bernstein, Konrad
Adenauer y Willy Brandt. Aunque posiblemente Fidel Castro, y
con seguridad muchos de sus adláteres que comentan en
estas páginas, no han de conocer demasiado sobre los
anteriormente mencionados.
Erich
Honecker carga sobre sus espaldas miles de muertos, asesinados
por las tropas de guardafronteras, tratando de cruzar el Muro
de Berlín o las fronteras de la Alemania “democrática”
para escapar hacia la libertad. También carga sobre sus
espaldas el refinamiento de la tenebrosa policía secreta
germano-comunista, la Stasi, que dejó pequeña
a la Gestapo, y logró el aberrante honor de poner a hijos
y padres a denunciarse entre sí, a los ciudadanos a denunciarse
entre sí, a denunciarse entre hermanos y esposos.
Ese
miserable es el alemán “más revolucionario”
que ha conocido Fidel Castro. Ese que cuando los alemanes del
este pudieron expresar libremente sus opiniones lo expulsaron
del poder, derribaron el Muro de la ignominia, acabaron con
el “paraíso proletario”, y votaron masiva
y libremente por unificar su patria dividida por la soberbia
y la prepotencia soviética.
Ese
miserable que Fidel Castro considera “el alemán
más revolucionario” que ha conocido, alegó
enfermedad y problemas de salud para escapar de la justicia,
y en 1993 se fue a vivir al Chile donde Augusto Pinochet continuaba
de jefe de las fuerzas armadas, aunque había renunciado
como jefe de estado tras un plesbicito donde los chilenos quisieron
dar paso a gobiernos democráticos civiles.
Fidel
Castro dice guardar hacia Honecker “el sentimiento más
profundo de solidaridad”, a la vez que ataca a otros,
cuando dice que su miserable admirado “pagaba amargamente
la deuda contraída por aquel que vendió su alma
al diablo por unas pocas líneas de Vodka”. Como
no parece que se esté refiriendo a Raúl Castro
en las frases anteriores en que menciona el vodka, hay que considerar
que podría estar hablando de Boris Yeltsin o de Mijail
Gorbachov: con las confusiones mentales de Fidel Castro en los
últimos tiempos es difícil poder hacerse juicios
exactos de lo que está hablando.
Para
el dictador cubano, hombres que tuvieron el coraje de denunciar
la mentira, la barbarie, la opresión y el mito del imperio
soviético, permitir que naciones europeas y asiáticas
aplastadas bajo las botas del Ejército Rojo pudieran
decidir libremente su destino, y posibilitaron que los pueblos
de la Unión Soviética pudieran escoger su futuro
votando libremente, sin tanques y KGB que los vigilaran, sin
“revoluciones” ni derramamientos de sangre, son
definidos como alguien que “vendió su alma al diablo
por unas pocas líneas de vodka”, mientras que el
carnicero del Muro de Berlín y “perfeccionador”
de la Stasi es “el alemán más revolucionario”
que él ha conocido.
Resulta
algo muy conveniente que Fidel Castro escriba sobre estas cosas.
Así, perfectamente, podemos tener muy clara la calaña
y la bajeza moral de los individuos que él considera
“revolucionarios”, y a la vez los verdaderos valores
y actitudes de quienes él considera que “venden
su alma al diablo” cuando propician y facilitan la libertad
de los pueblos.
Con
lo cual, teniendo claro a quiénes define Fidel Castro
de un lado y del otro, tenemos también una magnífica
imagen de los valores morales y humanos de quien establece y
proclama evaluaciones sobre otros como si fuera un Dios bajado
del Olimpo, y no un mediocre y decadente anciano padeciendo,
además de exagerada egolatría, de absoluto cinismo,
senilidad e ignorancia, todo a la vez.
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