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Por
Vicente Echerri
El
epígrafe que encabeza la sección de este diario
donde han ido apareciendo artículos acerca de Fulgencio
Batista y su época —"60 años sin democracia"—
ya es de suyo tendencioso, pues obliga a aceptar que el 10 de
marzo de 1952 se quebró en Cuba el proceso democrático
para inaugurar una época que, sin solución de
continuidad, llega hasta la fecha. Esa premisa falsa —puesto
que no puede sostenerse en los hechos— sirve para reafirmar
un lugar común del análisis sobre la historia
contemporánea de Cuba: que el régimen castrista
es una consecuencia necesaria de la situación política
que le antecedió, lo cual de paso responsabiliza a Batista
del colapso de la república y de todo lo que vino después.
Sin ánimo de disculpar a nadie —todos los protagonistas
de la historia tienen su cuota de responsabilidad—, el
golpe de Estado del 10 de marzo, que interrumpió el orden
constitucional, no significó un quiebre dramático
de la democracia cubana, si por democracia entendemos no sólo
un siste ma
electoral, sino también un repertorio de derechos y libertades.
El golpe de Estado usurpó las funciones ejecutivas y
legislativas al inaugurar un gobierno de facto, pero dejó
intacto el poder judicial, que en Cuba gozaba de gran prestigio
e independencia, y no afectó, salvo por cortos períodos
de censura, la libertad de prensa, ni la libertad de reunión
y asociación, ni disolvió los partidos políticos
que siguieron existiendo como entidades autónomas, ni
lesionó, desde luego, los derechos económicos
de la ciudadanía.
Aunque en 1952 Batista no gozaba de la popularidad que había
llegado a tener en los años 30 y 40 (incluso la que aún
tenía cuando fue electo senador por Las Villas en 1948
encontrándose ausente del territorio nacional), el golpe
fue recibido por la opinión pública sin mayor
oposición, al extremo de que algunos brotes de resistencia
(como el que intentó organizar Rolando Masferrer en la
Universidad de La Habana) no encontraron respaldo, al menos
en ese momento. Los jóvenes con inquietudes o aspiraciones
políticas, vinculados a un partido en ascenso, como era
el Partido del Pueblo Cubano (al que las encuestas daban por
ganador en los comicios de junio de ese año) es lógico
que se sintieran frustrados
y estafados (como fue el caso de Fidel Castro), pero fueron
más las personas que miraron con alivio que un nuevo
orden viniera a ponerle fin a la inseguridad pública
que se había vivido bajo los gobiernos "auténticos"
y a la impunidad que en ellos llegó a disfrutar el gangsterismo
y la corrupción. La banca, así como las empresas
agrícolas, industriales y mercantiles, le dieron un voto
de confianza a Batista por creer que se inauguraba un régimen
que traería consigo la estabilidad que el medro siempre
necesita.
Así comienza lo que podría llamarse la "dictadura"
de Fulgencio Batista, un período que se extiende hasta
las elecciones del 1 de noviembre de 1954 o, si se quiere, hasta
la toma de posesión del nuevo gobierno el 24 de febrero
de 1955, cuando el Congreso, que había sido disuelto
el 10 de marzo, reanuda sus funciones y, en consecuencia, deja
de existir el Consejo Consultivo (que había fungido como
una suerte de poder legislativo desde abril de 1952), del mismo
modo que quedan sin efecto los Estatutos Constitucionales para
que la Constitución de 1940 vuelva a entrar en vigor.
No es cierto, pues, que la Constitución cubana se quedara
en un limbo legal de 1952 a 1959, ni que la revolución
castrista se hiciera para reponerla. En los últimos cuatro
años del gobierno de Batista la Co nstitución
tuvo plena vigencia, aunque los comicios en que Batista saliera
electo en 1954 hayan estado afectados por un cierto nivel de
fraude, no mucho mayor que el de algunos otros que le habían
antecedido, ni muy diferente de lo que ocurría, y todavía
ocurre, en América Latina y en otros países del
tercer mundo. (Por ejemplo, la llamada "brava electoral"
de Mario García Menocal en las elecciones de 1916, por
la cual retuvo la presidencia otro cuatrienio y que diera lugar
a la revolución de La Chambelona; o la "prórroga
de poderes" con que Gerardo Machado extendió su
magistratura fueron expedientes mucho más escandalosos
que las elecciones con que Batista quiso legitimar su mandato
en 1954).
Tampoco a estas elecciones de 1954 Batista concurrió
sin oposición. Aunque el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo)
y el Partido Socialista Popular (comunista) no participaron
de la consulta pública y se dedicaron más bien
a boicotearla, y otros partidos tradicionales —como el
Liberal— integraban la coalición gubernamental,
el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), que era
todavía inmensamente popular, sí concurrió,
llevando como candidato presidencial al ex presidente Ramón
Grau San Martín.
Éste,
adu ciendo
falta de confianza en la limpieza de las elecciones, fue al
retraimiento dos días antes de celebrarse éstas,
sin tiempo para que su nombre y el de su partido no aparecieran
en las boletas y, en consecuencia, muchos candidatos del autenticismo
salieron electos en distintas instancias del gobierno y la mayoría
de ellos tomó posesión de sus cargos. De los 18
escaños reservados en el Senado a la minoría (de
una totalidad de 59) casi todos, si no todos, fueron a manos
de los candidatos auténticos. Nombres de políticos
tan reconocidos como Manuel Benítez, Francisco Grau Alcina,
Miguel Suárez Fernández, Eduardo Suárez
Rivas, Arturo Hernández Tellaheche y Julio Tarafa serían
senadores de la oposición en ese Congreso que también
contaría, entre los representantes a la Cámara,
a connotados oposicionistas, como los líderes sindicales
Conrado Béquer y Conrado Rodríguez (que años
después protagonizaron una huelga de hambre en el propio
Capitolio nacional) y al conocido comentarista radial Juan Amador
Rodríguez.
Pese a la renuencia de la extrema izquierda, representada sobre
todo por los ortodoxos, de reconocer la legitimidad del gobierno
que se instauraba, algunos de sus líderes y portavoces
más destacados (José Pardo Llada, Manuel Bisbe,
Aramís Taboada) entre otras personalidades firmaron una
carta abierta al Congreso, el mismo día de su inauguración,
en la que pedían la excarcelación de los presos
políticos que, en ese momento, casi se limitaban a los
asaltantes del cuartel Moncada. Este documento (que también
incluía entre sus signatarios a Cosme de la Torriente
y a Jorge Mañach) venía a ser un reconocimiento
tácito de la legitimidad que estos mismos señores
le negaban al régimen. Fue ese congreso el que promulgó
el indulto de Castro y su cuadrilla en mayo de 1955, indulto
que Batista no tardó en ratificar.

Sin embargo, el elemento revolucionario —que en Cuba ha
sido peor que cualquier otra ideología— se negó
a funcionar dentro del marco legal que le permitía la
constitución vigente (un marco del cual haría
uso Carlos Márquez Sterling, con un gran sentido patriótico,
en las elecciones de 1958). Los revolucionarios —tanto
de la vertiente castrista, como de la ortodoxa, de los auténticos
financiados por el ex presidente Carlos Prío desde el
exilio, como de los radicales de la Federación Estudiantil
Universitaria, a los que lideraba ese exaltado que fue José
Antonio Echevarría— se propusieron derribar al
gobierno por la fuerza. El resultado fue una guerra civil en
que el régimen cayó en la trampa que le tendieron
los revolucionarios: la de responder al terror con el terror.
En reacción a los sabotajes y acciones subversivas (llevadas
a cabo sobre todo por el Movimiento 26 de julio, luego del desembarco
de Castro en Oriente), Batista le dio rienda suelta a sus matones
que, como siempre ocurre, ayudarían a robustecer el fervor
revolucionario, a aumentar la sensación de inestabilidad
y a desacreditar totalmente a un gobierno que, por otra parte,
podía exhibir una larga lista de méritos.
No obstante, es una fabricación llamarle al gobierno
de Batista, incluso en su última etapa, una tiranía.
De haberlo sido, Fidel Castro nunca habría llegado al
poder ni el foco revolucionario habría prosperado con
tanta facilidad. Las tiranías, como hemos visto muy bien
después, operan de otra manera y tienen mucha mayor eficacia
en la erradicación de sus enemigos. Tampoco podría
catalogarse con toda propiedad de "dictadura" a partir
de 1955, cuando el régimen usurpador del 10 de marzo
del 52 se aviene a un marco constitucional, aunque la consulta
pública a través de la cual reingresamos en la
democracia estuviera marcada de irregularidades. Creo que los
cubanos vivimos ese último período de Batista
(1955-1959) en una democracia precaria, afectada por la corrupción
y la violencia (violencia que se generaba en la actividad revolucionaria
y a la que el gobierno respondía con gruesos desmanes),
pero democracia al fin y al cabo, no peor de lo que han sido,
por ejemplo, algunos gobiernos colombianos de las últimas
décadas, cuya legitimidad nadie ha puesto en duda, pese
a haber estado minados por el narcotráfico, el soborno
político y las ejecuciones extrajudiciales.
El gobierno de Batista, con todos sus defectos, no tendría
—necesariamente— que haber sido derrocado por una
acción revolucionaria, ni dar paso a la tiranía
más larga que haya habido en suelo americano, de no haber
sido por la inmadurez de nuestra clase política y por
la exaltación del ideal revolucionario que inculcó
en la psique de por lo menos dos generaciones de cubanos antes
de 1959 la fe en un recurso de violencia que superaba —por
valor, por honestidad, por incorruptible celeridad— los
lentos y tortuosos métodos de la democracia. El triste
resultado salta a la vista.
Batista era —con corrupción y matones— mil
veces preferible a todo lo que vino después. Comparar
ambos regímenes en la vida de nuestra república
es como comparar un resfriado y un cáncer, la diferencia
que puede haber entre un mal transitorio de un organismo sano
y una incurable enfermedad. Si los cubanos hubieran creído
en la democracia y en sus instrumentos, Castro nunca habría
llegado al poder, y de Batista —que sólo adelantó
unas semanas su salida (se habría
ido de todos modos el 24 de febrero de 1959 cuando Andrés
Rivero Agüero hubiera tomado posesión)— hoy
pocos se acordarían. Después de él habríamos
tenido no menos de una decena de presidentes y, con todas las
flaquezas de nuestra democracia, habríamos avanzado mucho
en todos los órdenes.
La inmortalidad de Batista —y que a más de medio
siglo de concluido su paso por el poder aún lo discutamos
con tanta vigencia y pasión depende tan sólo de
la parálisis que trajo a la vida cubana la revolución
castrista. Cuando yo era niño, en esa década del
50 que, pese a todo, fue próspera y feliz, nadie, ni
los más viejos, discutía con pasión los
gobiernos de Tomás Estrada Palma o José Miguel
Gómez. Cincuenta años después, y pese a
sus controvertidas gestiones, ya pertenecían por entero
a la historia.
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