Por
Carlos Alberto Montaner
De
todos es conocido el asco que le causa al pueblo cubano los
discursos de Fidel Castro, al punto que es en las horas que
duran los discursos de Castro, cuanto mas la población
ahorra electricidad, ya que la mayoría opta por apagar
el Televisor, ya que los trasmiten por todos los canales. Es
por eso que le pedimos disculpa al pueblo cubano, ya que por
esta única vez, vamos a mostrar como despedazar un discurso
de Castro. (N.E.)
Discurso pronunciado por el Presidente de la República
de Cuba Fidel Castro Ruz, en el acto por el Día Internacional
de los Trabajadores efectuado en la Plaza de la Revolución.
La Habana, 1º de mayo del 2003
Las palabras del Comandante pronunciadas el último primero
de mayo tienen todos los ingredientes para poder llevar a cabo
una exploración de ciertos aspectos inquietantes de su
personalidad, así como para analizar y refutar la totalidad
del discurso revolucionario. Ahí aparecen resumidos los
“logros” de la revolución, el enfrentamiento
con Estados Unidos, la defensa del “internacionalismo
proletario”, y las justificaciones finales del casi medio
siglo de aventura comunista en el Caribe.
Ilustres invitados;
Queridos compatriotas:
CUBA Y EL NAZI-FASCISMO
Nuestro pueblo heroico ha luchado 44 años desde una pequeña
isla del Caribe a pocas millas de la más poderosa potencia
imperial que ha conocido la humanidad. Con ello ha escrito una
página sin precedentes en la historia. Nunca el mundo
vio tan desigual lucha.
Castro tiene (y los cubanos padecen) lo que los sicólogos
llaman una “personalidad narcisista”. Necesita colocar
su ego por encima del resto de los mortales, urgencia que lo
precipita a adoptar actitudes de cruzado en perpetua búsqueda
de la realización de hazañas que despierten la
admiración universal.
Los narcisistas requieren y procuran la total sumisión
de sus subordinados o la derrota de sus adversarios. Eso los
lleva a entender las relaciones humanas como un perpetuo enfrentamiento.
La misión que Castro se ha asignado, y a la que irresponsablemente
ha arrastrado al pueblo cubano, es competir con Estados Unidos
y vencerlo.
Los que creían que el ascenso del imperio
a la condición de única superpotencia, cuyo poder
militar y tecnológico no tiene contrapeso alguno en el
mundo, produciría miedo o desaliento en el pueblo cubano,
no tienen otra alternativa que asombrarse ante el valor multiplicado
de este valeroso pueblo. Un día como hoy, fecha gloriosa
de los trabajadores, que conmemora la muerte de los cinco mártires
de Chicago, declaro, en nombre del millón de cubanos
aquí reunidos, que haremos frente a todas las amenazas,
no cederemos ante presión alguna, y estamos dispuestos
a defender la Patria y la Revolución, con las ideas y
con las armas, hasta la última gota de sangre.
Una
persona con las características psicológicas de
Castro no vacilaría en llevar a todo un pueblo a su destrucción
con tal de no ceder un milímetro, dado que cualquier
concesión se le antoja como un hecho personalmente humillante.
La transacción, la búsqueda de soluciones negociadas
y realistas a los conflictos, lejos de parecerle una conducta
razonable, le parece un acto de cobardía.
Es la misma mentalidad de Hitler, quien todavía arengaba
a sus tropas mientras los rusos entraban en Berlín, o
de Sadam Husein, que llevó insensatamente a su pueblo
al precipicio, cuando hubiera podido evitar la guerra con otro
tipo de comportamiento. Dentro de la mentalidad narcisista,
se justifica llevar a toda una sociedad al matadero con tal
de que el líder quede consagrado para la historia con
un gesto final heroico.
¿Cuál es la culpa de Cuba? ¿Qué
hombre honesto tiene razón para atacarla?
Con su propia sangre y con las armas arrancadas al enemigo,
su pueblo derrocó una cruel tiranía impuesta por
el gobierno de Estados Unidos, que poseía 80 mil hombres
sobre las armas.
Afirmar que la dictadura de Batista fue impuesta por
Estados Unidos es una falsedad total. El golpe militar de Batista
(10 de marzo de 1952) sorprendió a Estados Unidos, que
pocos días antes había firmado un acuerdo con
el gobierno de Prío.
Por el contrario, hay tres hechos propiciados por Estados Unidos
que desmoralizaron al gobierno de Batista y aceleraron su caída:
1) Los contactos de la CIA con el ’26 de Julio’
en Santiago de Cuba, por medio de Robert Wiecha, cónsul
norteamericano en esa ciudad, quien canalizó $50 000
dólares a los rebeldes.
2) La prohibición (el primer embargo) de vender armas
norteamericanas a la dictadura, decretada en abril de 1958.
3) Y la reunión entre Batista y un enviado del presidente
norteamericano Eisenhower, encuentro que tuvo lugar a mediados
de diciembre de 1958, y en el que el norteamericano le explicó
al dictador que había perdido todo vestigio de apoyo
en Washington y debía abandonar el poder.
Fue el primer territorio libre del dominio imperialista
en América Latina y el Caribe, y el único país
del hemisferio donde, a lo largo de la historia poscolonial,
torturadores, asesinos y criminales de guerra, que arrancaron
la vida a decenas de miles de personas, fueron ejemplarmente
sancionados.
La exageración y la mentira sin límites forman
parte de la sicopatología de las personalidades narcisistas.
Pueden afirmar cualquier cosa sin ruborizarse. Por ejemplo,
que los ‘esbirros’ batistianos ‘arrancaron
la vida a decenas de miles de personas’. Por supuesto
que los sicarios de Batista fueron responsables de numerosos
crímenes y atropellos, pero las muertes ocurridas en
esa contienda documentadas por los historiadores, batistianos
y antibatistianos, afortunadamente, no llegan a los dos millares.
Por otra parte, los juicios a que fueron sometidos los policías
y militares batistianos, fueran o no culpables, tras los que
muchos fueron fusilados o condenados a larguísimas penas
de presidio, desde el punto de vista del derecho penal constituyen
una vergüenza para cualquier persona con un mínimo
de sensibilidad. Más que condenas a pena de muerte fueron
asesinatos legitimados tras una pantomima judicial.
Recuperó
y entregó totalmente la tierra a los campesinos y trabajadores
agrícolas. Los recursos naturales y las industrias y
servicios fundamentales fueron puestos en manos del único
dueño verdadero: la nación cubana.
Realmente, expropió sus propiedades sin compensación
real a decenas de miles de laboriosos empresarios agrícolas
-entre ellos, a más de 40 000 colonos cañeros-,
y a empresarios pequeños, medianos y grandes que, en
la mayor parte de los casos, habían construido ese patrimonio
tras enormes esfuerzos personales y familiares a lo largo de
muchas generaciones. Esa bárbara e injusta supresión
de la propiedad privada fue responsable, entre otras cosas,
del empobrecimiento súbito del país y del éxodo
de una parte sustancial de la población que había
sido víctima de este expolio.
Como dato curioso y poco conocido, es conveniente recordar que
unas semanas antes de la expropiación de las tierras
que poseía la familia Castro en Oriente, y que regentaba
el hermano Ramón, éste, que conocía la
inmediatez de la aprobación de las leyes confiscatorias,
tuvo la ‘viveza criolla’ de hipotecarlas en una
institución bancaria privada -entonces existían-,
así que quien perdió la propiedad expropiada fue
el banco y no la familia Castro.
En menos de 72 horas, luchando incesantemente día
y noche, Cuba destrozó la invasión mercenaria
de Girón organizada por un Gobierno de Estados Unidos,
lo que evitó una intervención militar directa
de ese país y una guerra de incalculables consecuencias.
La Revolución contaba ya con el Ejército Rebelde,
más de 400 mil armas y cientos de miles de milicianos.
Lógicamente, un pequeño ejército de 1 500
hombres no podía derrotar a una fuerzas armadas que ya
contaban con cientos de miles de milicianos. Pero no es verdad
que fueran ‘mercenarios’, como despectivamente les
llama a los invasores: eran cubanos, entre los que predominaban
quienes habían simpatizado con la revolución en
sus inicios. Con la ayuda de Estados Unidos -ayuda muy limitada,
por cierto-, intentaban impedir la entronización del
comunismo en la Isla. El jefe político de esa invasión,
por cierto, fue el médico Manuel Artime, ex oficial de
Sierra Maestra que había trabajado en el Instituto de
Reforma Agraria tras el triunfo de la revolución.
Se enfrentó con honor, sin concesión
alguna, al riesgo de ser atacada con decenas de armas nucleares
en 1962.
Ese hipertrofiado sentido del honor llevó a Castro en
1962 a la criminal insensatez de pedirle a Kruschev que atacara
preventivamente a Estados Unidos, convencido de que los entonces
siete millones de cubanos hubieran muerto gustosamente en un
enfrentamiento nuclear. Para baldón de Castro se conserva
el telegrama enviado al entonces Jefe del Estado soviético.
Derrotó la guerra sucia extendida a todo
el país, a un costo de vidas superior al que pagó
por la guerra de liberación.
Soportó inconmovible miles de actos de sabotaje y ataques
terroristas organizados por el Gobierno de Estados Unidos.
¿No habíamos quedado en que la ‘guerra de
liberación’ contra Batista costó ‘decenas
de miles de muertos’? ¿La ‘guerra sucia’
contra Castro también costó decenas de miles de
muertos? Tampoco ese dato es cierto, naturalmente. Pero, en
cualquier caso, se trató de una verdadera guerra civil,
episodio que incluye la única rebelión campesina
que conoció la República, en el Escambray, saldada
con seis mil cadáveres, y no parece que existan grandes
diferencias entre los actos de sabotaje y los ataques terroristas
cometidos por la oposición en los años sesenta
y los que pusieron en fuga a Batista poco tiempo antes.
¿No recuerda Castro La Habana estremecida ‘la noche
de las cien bombas’, pocos meses antes de la huida del
dictador? ¿No recuerda los secuestros de aviones a cargo
del ’26 de Julio’, como el que terminó con
la vida de muchos pasajeros al accidentarse en la Bahía
de Nipe?
No es honesto silenciar que los protagonistas de esa ‘guerra
sucia’ en muchos casos fueron los mismos ex combatientes
de la lucha contra Batista quienes, sencillamente, continuaron
poniendo en práctica los mismos métodos empleados
en el anterior conflicto.
Frustró cientos de planes de asesinato contra
los líderes de la Revolución.
Lo que no le impidió al gobierno de Castro asesinar a
miembros de la oposición en el exilio, tal como le ocurriera
al ex Comandante de la revolución Aldo Vera, entre otros,
tiroteado en las calles de San Juan, Puerto Rico, en una operación
montada por los servicios secretos cubanos y a José Elías
de la Torriente, quien sufrió la misma suerte en Miami.
O asesinar a cuatro tripulantes de dos avionetas desarmadas
de ‘Hermanos al Rescate’, derribadas por aviones
Migs sobre aguas internacionales, como determinó el organismo
internacional que investigó el asunto con total imparcialidad.
En medio de un riguroso bloqueo y guerra económica
que han durado casi medio siglo, Cuba fue capaz de erradicar
en un año el analfabetismo que no han podido vencer en
más de cuatro décadas el resto de los países
de América Latina, ni tampoco Estados Unidos.
Llevó la educación gratuita al ciento por ciento
de los niños.
Posee el más alto índice de retención escolar
?más del 99 por ciento entre el preescolar y noveno grado?
de todas las naciones del hemisferio.
Sus alumnos de primaria ocupan el primer lugar del mundo en
conocimientos de lenguaje y matemáticas.
Ocupa igualmente el primer lugar mundial en maestros per cápita
y alumnos por aula. 
La totalidad de los niños con dificultades físicas
o mentales estudian en escuelas especiales.
La enseñanza de computación y el empleo de medios
audiovisuales de forma intensiva se aplica hoy a la totalidad
de los niños, adolescentes y jóvenes, en campos
y ciudades.
El estudio con una remuneración económica del
Estado se ha convertido, por primera vez en el mundo, en una
oportunidad para todos los jóvenes de 17 a 30 años
de edad que no estudiaban ni poseían empleo.
Cualquier ciudadano tiene la posibilidad de realizar estudios
que lo conduzcan desde el preescolar hasta la obtención
del título de Doctor en Ciencias sin gastar un solo centavo.
La nación cuenta hoy con más de 30 graduados universitarios,
intelectuales y artistas profesionales por cada uno de los que
existían antes de la Revolución. 
El nivel promedio de conocimientos de un ciudadano cubano alcanza
ya no menos de 9 grados.
No existe en Cuba ni siquiera el analfabetismo funcional.
Escuelas de formación de artistas y de instructores de
arte se han extendido a todas las provincias del país,
donde cursan estudios y desarrollan su talento y vocación
más de 20 mil jóvenes. Decenas de miles adicionales
lo hacen en escuelas vocacionales, que son canteras de las escuelas
profesionales.
Las sedes universitarias se extienden ya progresivamente a todos
los municipios del país. Jamás se produjo en ninguna
otra parte tan colosal revolución educativa y cultural,
que convertirá a Cuba, por amplio margen, en el país
con más conocimientos y más cultura del mundo,
aferrada a la profunda convicción martiana de que "sin
cultura no hay libertad posible".
Aún admitiendo cuanto de exagerado e hiperbólico
hay en esa descripción de la cantidad y calidad de la
educación bajo la dictadura comunista, y pasando por
alto que en 1958 Cuba ya tenía uno de los mejores niveles
educativos de América Latina, sería injusto negar
que el gobierno de Castro ha hecho un esfuerzo tremendo por
mejorar los estándares educativos de los cubanos.
Pero ese dato, lejos de exculpar a la revolución, lo
que consigue es incriminar al sistema, demostrando que el comunismo
conduce a la pobreza y al desastre. ¿Cómo y por
qué una población tan educada vive de una manera
tan miserable? ¿Por qué produce tan poco si los
economistas más solventes coinciden en que el ‘capital
humano’ es el componente más importante para la
creación de riquezas?
¿No es obvio que cuando esos cubanos bien educados emigran
hacia sociedades democráticas en las que existe un sistema
económico basado en la libertad y el mercado generalmente
se convierten en personas exitosas que logran alcanzar niveles
decorosos de vida?
Cuando comenzó la revolución el per cápita
de los cubanos era más alto, por ejemplo, que el de Chile.
Hoy Chile tiene cinco veces el per cápita de los cubanos.
Cuba es el único país del mundo en el que los
ingenieros y los médicos viven casi como pordioseros
y se desplazan a trabajar en bicicletas o a pie. Es el único
en el que los maestros y los técnicos medios viven en
condiciones materiales que en el resto del mundo occidental
sólo conocen los analfabetas.
Paradoja a la que conviene agregar otras dos observaciones urgentes:
la primera, es que la revolución ha convertido la educación
superior y la profesión docente en privilegios ideológicos.
Cuando se dice la obscenidad de que “la universidad es
para los revolucionarios”, se repite una variante de la
monstruosidad colonial, vigente hasta principios del siglo XIX,
de que “la universidad es para los blancos”.
Y cuando se reserva la profesión de la enseñanza
a quienes acreditan una militancia política comunista,
o simpatizante del comunismo, se empobrece tremendamente el
objetivo de la trasmisión de los conocimientos, que no
debe ser otro que enseñar a pensar con la propia cabeza,
siempre con espíritu críticamente constructivo.
¿Cómo puede ser ‘buena’, en suma,
una educación basada en el dogmatismo, la inflexibilidad
y la sujeción fanática a una doctrina, la marxista,
cuyo examen no se permite, y a la que ni siquiera dejan contrastar
la ideología con la desastrosa realidad del país?
La mortalidad infantil se ha reducido de 60 por
mil nacidos vivos a una cifra que fluctúa entre 6 y 6,5.
Es la más baja del hemisferio, desde Estados Unidos a
la Patagonia.
Las perspectivas de vida se han elevado en 15 años.
Enfermedades infecciosas y transmisibles como la poliomielitis,
el paludismo, el tétanos neonatal, la difteria, el sarampión,
la rubéola, la parotiditis, la tos ferina y el dengue
han sido eliminadas; otras como el tétanos, la meningitis
meningocócica, la hepatitis B, la lepra, la meningitis
por hemófilos y la tuberculosis, están totalmente
controladas.
Hoy en nuestro país mueren las personas de iguales enfermedades
que en los países más altamente desarrollados:
cardiovasculares, tumorales, accidentes y otras, pero de mucho
menor peso.
Una profunda revolución se lleva a cabo para acercar
los servicios médicos a la población, a fin de
facilitar su acceso a los centros de asistencia, preservar vidas
y aliviar dolores.
Profundos estudios se realizan para romper la cadena, mitigar
o reducir al mínimo los problemas de origen genético,
prenatales o asociados al parto.
Cuba es hoy el país con el más alto índice
de médicos per cápita; casi duplica el número
de los que la siguen detrás.
Los centros científicos laboran sin cesar para buscar
soluciones preventivas o terapéuticas contra las enfermedades
más graves.
Los cubanos dispondrán del mejor sistema médico
del mundo, cuyos servicios continuarán recibiendo de
forma absolutamente gratuita.
La seguridad social abarca al ciento por ciento de los ciudadanos
del país.
No es falso que en el casi medio siglo de experiencia comunista
la sanidad pública cubana ha mejorado notablemente en
extensión y calidad, pero eso es verdad en casi todo
el planeta.
También es cierto que el punto de partida de la revolución
en este campo era excepcionalmente alto, según todos
los índices publicados por la Organización Mundial
de la Salud. En todo caso, la propuesta implícita en
la exposición de los llamados ‘logros de la revolución’
constituye una intolerable perversidad moral: lo que el castrismo
nos está diciendo es que la dictadura, el paredón
y la miseria generalizada se justifican por la extensión
de la educación y la sanidad. Algo muy parecido a lo
que planteaban los racistas sudafricanos cuando afirmaban que
los negros de ese país no debían quejarse del
‘apartheid’, puesto que eran los ciudadanos africanos
de esa raza que tenían mejores condiciones de vida en
todo el continente.
Otros pueblos han accedido a la educación y la sanidad
universales, como Costa Rica, por ejemplo, en medio de una democracia
ejemplar que carece de ejércitos porque sí cumplieron
la promesa de convertir los cuarteles en escuela.
¿Y qué decir de España? Tras la llegada
de la democracia, a partir de 1977, la sanidad pública
se ha extendido a todos los habitantes del país, incluidos
los inmigrantes ilegales. Los hospitales y la medicina son excelentes
y gratis, lo que explica que Alicia Alonso y otros dirigentes
acudan a España a operarse, pero, a diferencia de Cuba,
no existe una medicina de calidad para quienes tienen dólares
o son miembros de la nomenclatura, pues desde el Rey hasta el
cantante Raphael, que acaba de recibir un trasplante de hígado
en un hospital del Estado, se atienden en las mismas instalaciones
que el obrero más pobre o que el desempleado, algo que
no sucede en Cuba, donde los miembros del Buró Político
o del Comité Central tienen acceso a unas clínicas
infinitamente mejor dotadas que las que atienden al pueblo llano.
Podrá decirse que España puede costearse ese tipo
de medicina porque es un país rico, pero eso implicaría
olvidar que en 1959 Cuba doblaba el per cápita de España
y tenía mejor sanidad. Eso sí, España no
ha cometido el disparate de desperdiciar miles de millones de
dólares en la innecesaria educación de un ejército
de médicos perfectamente prescindibles.
Con una población de 40 millones de habitantes, casi
cuatro veces los que tiene Cuba, España sólo cuenta
con el doble de médicos que la Isla, casi todos educados
en universidades públicas, prácticamente gratuitas,
y con ellos consigue uno de los más altos niveles de
esperanza de vida del planeta, acompañados de bajísimos
índices de morbilidad.
¿Para qué Cuba necesita 65 000 médicos,
el doble per cápita de los que tienen España o
Dinamarca, si no es para satisfacer la patológica necesidad
de competir que padece Castro? Según los expertos en
educación, la formación de un médico, desde
que comienza en la Facultad hasta que termina el adiestramiento,
cuesta $250 000 dólares. Eso quiere decir que si Cuba
hubiera educado a la mitad de los médicos que hoy tiene
-y que poseen, por cierto, una magnífica formación-,
y hubieran copiado los sistemas de sanidad publica de España
o Dinamarca, el país se habría ahorrado más
de ocho mil millones de dólares, una suma con la que
habrían podido solucionar el problema del agua potable
no sólo en La Habana, sino en todo el país.
El 85 por ciento de la población es propietaria
de la vivienda. Ésta está libre de todo impuesto.
El 15 por ciento restante paga un alquiler absolutamente simbólico,
que apenas se eleva al 10 por ciento del salario.
Es de un increíble cinismo tratar de pasar como ‘logro’
lo que constituye uno de los mayores problemas de los cubanos:
la falta de viviendas y la tremenda precariedad material de
muchas de ellas. Precariedad que se agrava por la imposibilidad
de reparar los inmuebles, dato que explica los constantes derrumbes
que se observan en todas las ciudades.
Y es un cruel sarcasmo decir que el 85% de los cubanos son ‘propietarios’
de las viviendas que habitan, cuando no pueden venderlas, transferirlas
libremente a quienes ellos decidan o comprar otras. Lo que define
la posesión real de un bien es la posibilidad de transmitirlo
con entera libertad, y eso en Cuba, sencillamente, no existe.
El uso de drogas alcanza a un ínfimo número
de personas, y se lucha resueltamente contra él.
La lotería y otras formas de juego lucrativo fueron prohibidos
desde los primeros años de la Revolución para
que nadie cifrara su esperanza de progreso en el azar.
Nuestra televisión, radio y prensa no practican la publicidad
comercial. Cualquier promoción está dirigida a
cuestiones de salud, educación, cultura, educación
física, deporte, recreación sana, defensa del
medio ambiente; a la lucha contra las drogas, contra los accidentes
u otros problemas de carácter social. Nuestros medios
de difusión masiva educan, no envenenan ni enajenan.
No se rinde culto ni se exaltan los valores de las podridas
sociedades de consumo.
Es cierto que no existe la publicidad comercial, pero esa limitación
autoimpuesta -la publicidad es una manera eficiente de informar-,
consecuencia de la ausencia de ofertas que compiten en calidad
y precio, no significa que la revolución ha optado por
la frugalidad, porque no es eso lo que se observa en las casas
de la cúpula dirigente.
Es el pueblo el que sufre los rigores de la escasez. En los
hogares de Fidel, Raúl, Ramiro Valdés -con su
piscina y gimnasio privados- y en los de otros centenares de
funcionarios privilegiados, no falta absolutamente ningún
artefacto moderno, desde videos, hasta computadoras, pasando
por automóviles, comidas y bebidas abundantes.
Por otra parte, si existe una actitud arrogante en estos ‘ingenieros
sociales’ es la de atribuirse la facultad de decidir en
nombre de todos lo que las personas deben consumir, y qué
artículos o productos son moralmente censurables.
Si Castro fuera capaz de meditar con una mínima serenidad,
y de observar los países ricos de su entorno, enseguida
comprobaría que lo que distingue a una sociedad rica
de una pobre es precisamente la cantidad, calidad y variedad
de los bienes y servicios que consume. Si hay dos conceptos
incompatibles son la prosperidad y la ausencia de consumo.
No existe culto a ninguna personalidad revolucionaria
viva, como estatuas, fotos oficiales, nombres de calles o instituciones.
Los que dirigen son hombres y no dioses.
Existe otra cosa infinitamente peor que todo eso: la obligatoriedad
de reconocer como verdades indiscutibles las opiniones del Máximo
Líder. ¡Eso si es culto a la personalidad y no
una pesada estatua de bronce! ¿Se quiere un mayor ejercicio
de vanidad y endiosamiento que obligar a todo un país
desde hace más de cuatro décadas a ‘aprender’
en los círculos de estudio las pintorescas ideas del
Comandante, un hombre que cree ‘saber’ de todo,
y sabe, en realidad, muy pocas cosas? Ni siquiera Stalin hizo
algo tan desmesuradamente egocéntrico.
No pensar como piensa Fidel es ser contrarrevolucionario. Opinar
que el Comandante es un hombre minuciosamente equivocado constituye
un delito de desacato. Decir públicamente que las ideas
de Castro sobre la historia de Cuba, o sobre el desarrollo económico,
son unos perfectos disparates, conduce al ostracismo o a la
cárcel. Y, por la otra punta, ‘ser revolucionario’
consiste en suscribir punto por punto las ideas y opiniones
de Castro, sin cuestionarlas, sin discutirlas, como si constituyeran
los libros sagrados de la secta: ¡Eso sí es culto
a la personalidad!
En nuestro país no existen fuerzas paramilitares
ni escuadrones de la muerte, ni se ha usado nunca la violencia
contra el pueblo, ni se realizan ejecuciones extrajudiciales,
ni se aplica la tortura. El pueblo ha apoyado en masa siempre
las actividades de la Revolución. Este acto lo demuestra.
¿Para qué necesita una dictadura ‘escuadrones
de la muerte’ cuando en 24 horas puede asesinar ‘legalmente’
a tres muchachos negros que intentaron robarse un bote? ¿Para
qué darle un tiro en la nuca al general Ochoa cuando
era posible ejecutarlo públicamente para dar un escarmiento
a los ‘perestroikos’, y, de paso, en una ceremonia
siniestra, obligar a todos los dirigentes a mancharse las manos
de sangre?
Los escuadrones de la muerte y los asesinatos extrajudiciales
surgen en las dictaduras en las que existe una disonancia entre
el sistema legislativo y jurídico y los métodos
represivos que se desean aplicar. ¿Para qué asesinar
extrajudicialmente a un detenido si en Cuba los pueden encarcelar
por el tiempo que les da la gana sin ni siquiera instruirlos
de cargos, y luego pueden juzgarlos y matarlos en cuatro horas.
Si Castro tiene a su alcance dictar las leyes que le da la gana,
y luego puede aplicar los castigos que cree conveniente sin
ninguna clase de limitación, ¿qué objeto
tiene crear escuadrones de la muerte? El Estado completo es
un gigantesco escuadrón de la muerte.
Lo acaban de decir Castro y su inefable Canciller Perez Roque:
a los últimos tres fusilados los mataron para ‘mandar
un mensaje’, ‘para evitar una estampida’,
en suma, para escarmentar. ¿Qué tienen que ver
esos crímenes con la justicia? Los esbirros de Batista
hacían lo mismo: asesinaban a un revolucionario y le
colocaban un niple sobre el pecho. ¿Para qué?
Para escarmentar, para mandar mensajes a la oposición
y para atemorizar a la sociedad. Exactamente igual que hace
el gobierno de Castro.
¿Cómo se puede decir que en Cuba no se tortura?
¿Qué son las continuas palizas que reciben los
presos políticos en las cárceles? ¿Cómo
murieron los presos políticos –entre otros muchos-
Alfredo Carrión y Francisco Pico? ¿Ignora el Comandante
las celdas ‘tapiadas’, en las que colocan a algunos
presos por años, sin ver la luz, con una alimentación
de animales? ¿Nadie le contó lo que son las ‘gavetas’,
en donde encierran, apretujados a muchos presos? Sería
útil que antes de mentir de esa forma tan burda leyera
los informes de ‘Amnistía Internacional’
o de Pax Christi.
¿Ha olvidado Castro el hundimiento del bote ’13
de marzo’ y sus 32 muertos, muchos de ellos niños
de brazos? En Cuba, en diferentes épocas, se ha ametrallado
balseros, o se ha ejecutado alzados con la misma indiferencia
por la vida humana que uno pudiera encontrar en las más
despiadas dictaduras de derecha.
Años luz separan nuestra sociedad de lo que
ha prevalecido hasta hoy en el mundo. Se cultiva la fraternidad
y la solidaridad entre los hombres y los pueblos dentro y fuera
del país.
Es increíble oír hablar de ‘fraternidad’
y ‘solidaridad’ a un gobernante que ha impulsado
los actos de repudio, maltratando a ciudadanos indefensos que
a veces sólo habían cometido el ‘delito’
de querer abandonar el país. Un gobernante que ha perseguido
a sus compatriotas por ser homosexuales, por tener ciertas creencias
religiosas, por dejarse crecer las cabelleras. Un gobernante
que ha reducido a sus adversarios a la condición de animales,
motejándolos de ‘gusanos’, como hizo Hitler
con los judíos.
¿Es una buena muestra de esa fraternidad prohibirles
a los ‘revolucionarios’ que les dirijan la palabra
a sus familiares si eran desafectos al sistema o si decidían
emigrar? ¿Esa es la definición de ‘solidaridad’
que defiende Castro: romper los lazos de padres e hijos, separar
hermanos, impedir o castigar la amistad entre personas que tienen
puntos de vista diferentes?
¿O la solidaridad consiste en prohibirles a los cubanos
entrar en las instalaciones reservadas para turistas o para
los miembros de la nomenclatura, versión cubana de la
Sudáfrica de los ‘supremacistas’ blancos
de aquel país?
Se educa a las nuevas generaciones y a todo el pueblo
en la protección del medio ambiente. Los medios masivos
de difusión se emplean en la formación de una
conciencia ecológica.
No parece que la masiva destrucción de los árboles
frutales, la creación de los pedraplenes -verdadero ecocidio-,
o el maltrato inclemente de las reservas de agua potable del
país sean muestras de esa vocación ‘verde’
que proclama el Comandante.
Por el contrario: Cuba es hoy un país acosado por plagas
que parecían erradicadas, y en el que uno de los aspectos
que más destacan los turistas es el hedor y la suciedad
de las ciudades o la falta de higiene, rasgos mucho más
propios de un país del cuarto mundo que del paraíso
que Castro, indiferente a la realidad, pretende ‘vender’
a su auditorio.
Nuestro país defiende con firmeza su identidad
cultural, asimila lo mejor de las demás culturas y combate
resueltamente contra todo lo que deforma, enajena y envilece.
Por eso en Cuba han internado en campos de castigo a quienes
cultivaban la música rock, a quienes leían a Albert
Camus o a Mario Vargas Llosa. Por eso han expulsado de las universidades,
o les han vedado la entrada, a quienes querían pensar
con cabeza propia.
¿Cómo es posible decir que se defiende con firmeza
la identidad cultural propia si los cubanos no pueden leer la
literatura de sus exiliados Reinaldo Arenas, Lidia Cabrera o
Zoé Valdés -por citar tres nombres de escritores
notables entre varios centenares de creadores malditos y proscritos-,
o escuchar la música de Ernesto Lecuona interpretada
por Paquito D’Rivera?
¿Quién es el sabio que determina ‘lo que
deforma, enajena y envilece’? Seguramente, un burócrata
dogmático y de mente estrecha, que es quien decide los
libros buenos y malos, la pintura o la música revolucionarias
o ‘imperialistas’. ¿Y de esa actitud inquisitorial
se ufana el Comandante?
El desarrollo del deporte sano y no profesional
ha conducido a nuestro pueblo a los más altos índices
de medallas y honores a nivel mundial.
Las investigaciones científicas, al servicio de nuestro
pueblo y de la humanidad, se multiplicaron centenares de veces.
Producto de este esfuerzo, importantes medicamentos salvan vidas
en Cuba y en otros países.
Jamás se investigó ni elaboró arma biológica
alguna, lo cual estaría en absoluta contradicción
con la formación y la conciencia en que ha sido educado
y se educa nuestro personal científico.
En ningún otro pueblo se enraizó tanto el espíritu
de solidaridad internacional.
Nuestro país apoyó a los patriotas argelinos en
su lucha contra el colonialismo francés, a costa de afectar
las relaciones políticas y económicas con un país
europeo tan importante como Francia.
Enviamos armas y combatientes para defender a Argelia contra
el expansionismo marroquí cuando el rey de ese país
quiso apoderarse de las minas de hierro de Gara Yebilet, en
las proximidades de la ciudad de Tinduf, al sudoeste de Argelia.
El personal completo de una brigada de tanques montó
guardia a solicitud de la nación árabe de Siria
entre 1973 y 1975 frente a las Alturas del Golán, cuando
esa parte del territorio fue injustamente arrebatada a aquel
país.
El líder de la República del Congo recién
alcanzada su independencia, Patricio Lumumba, acosado desde
el exterior, recibió nuestro apoyo político. Asesinado
éste por las potencias coloniales en enero de 1961, prestamos
ayuda a sus seguidores.
Cuatro años después, en 1965, sangre cubana se
derramó en la zona occidental del lago Tanganyika, donde
el Che, con más de cien instructores cubanos, apoyaron
a los rebeldes congoleses que luchaban contra mercenarios blancos
al servicio de Mobutu, el hombre de Occidente, cuyos 40 mil
millones de dólares robados no se sabe en qué
bancos europeos están guardados, ni en poder de quién.
Sangre
de instructores cubanos se derramó entrenando y apoyando
a los combatientes del Partido Africano para la Independencia
de Guinea y Cabo Verde que, bajo el mando de Amílcar
Cabral, luchaban por la independencia de estas antiguas colonias
portuguesas.
Otro tanto ocurrió durante diez años ayudando
al MPLA de Agostinho Neto en la lucha por la independencia de
Angola. Alcanzada esta, y a lo largo de 15 años, cientos
de miles de voluntarios cubanos participaron en la defensa de
Angola frente al ataque de las tropas racistas sudafricanas
que, en complicidad con Estados Unidos y utilizando la guerra
sucia, sembraron millones de minas, arrasaron aldeas completas
y asesinaron a más de medio millón de hombres,
mujeres y niños angolanos.
En Cuito Cuanavale y en la frontera de Namibia, al sudoeste
de Angola, fuerzas angolanas y namibias y 40 mil soldados cubanos
asestaron un golpe definitivo a las tropas sudafricanas, que
contaban entonces con siete bombas nucleares suministradas o
ayudadas a producir por Israel con pleno conocimiento y complicidad
del gobierno de Estados Unidos. Esto significó la inmediata
liberación de Namibia, y aceleró tal vez en veinte
o veinticinco años el fin del apartheid.
A lo largo de casi 15 años, Cuba ocupó un lugar
de honor en la solidaridad con el heroico pueblo de Viet Nam,
en una guerra bárbara y brutal de Estados Unidos, que
mató a cuatro millones de vietnamitas, aparte de la cifra
de heridos y mutilados de guerra; que inundó su suelo
de productos químicos que han causado incalculables daños
aún presentes. Pretexto: Viet Nam, un país pobre
y subdesarrollado, situado a 20 mil kilómetros de Estados
Unidos, constituía un peligro para la seguridad nacional
de ese país.
Sangre cubana se derramó junto a la sangre de ciudadanos
de varios países latinoamericanos, y junto a la sangre
cubana y latinoamericana del Che, asesinado por instrucciones
de los agentes de Estados Unidos en Bolivia, cuando se encontraba
herido y prisionero y su arma había sido inutilizada
por un balazo en el combate.
Sangre cubana de obreros de la construcción que estaban
ya a punto de concluir un aeropuerto internacional que era vital
para la economía de una pequeñísima isla
que vivía del turismo, se derramó combatiendo
en defensa de Granada, invadida por Estados Unidos con cínicos
pretextos.
Sangre cubana se derramó en Nicaragua cuando instructores
de nuestras Fuerzas Armadas entrenaban a los bravos soldados
nicaragüenses que enfrentaban la guerra sucia organizada
y armada por Estados Unidos contra la Revolución sandinista.
Y no he citado todos los ejemplos.
Pasan de dos mil los heroicos combatientes internacionalistas
cubanos que dieron su vida cumpliendo el sagrado deber de apoyar
la lucha de liberación por la independencia de otros
pueblos hermanos. En ninguno de esos países existe una
propiedad cubana.
Ningún otro país en nuestra época cuenta
con tan brillante página de solidaridad sincera y desinteresada.
Es absolutamente cierto que los cubanos han participado en todas
esas batallas que Castro describe, y en otras que prefiere ocultar.
Pero sería interesante saber cuándo y cómo
la sociedad cubana lo autorizó a llevar a cientos de
miles de jóvenes a esos mataderos.
¿Tenía algún sentido que, en medio de las
mil dificultades que padecía la sociedad cubana, una
pobre isla del tercer mundo, nada menos que 400 000 jóvenes
fueran a combatir a África a lo largo de 15 años,
en la guerra más larga jamás librada fuera de
su territorio por un país de ese continente? ¿Cuántos
recursos humanos y materiales se emplearon en esas hazañas
bélicas tan apreciadas por Castro?
Jamás hubo un debate público, ni siquiera dentro
del Partido Comunista, en el que alguien pudiera exponer la
insensatez de convertir a los cubanos en la punta de lanza de
unas guerras que no se hacían para liberar a unos pueblos
del yugo colonial blanco, sino con el objeto de expandir el
campo comunista en África o en América Latina,
esfuerzo que el tiempo demostró que resultaría
totalmente estéril.
Y la prueba de esta afirmación está clarísima
en la guerra entre Somalia y Etiopía, donde el gobierno
de Castro cambió de bando cuando Etiopía se acercó
más al mundo controlado por Moscú, y Castro mandó
sus mejores tropas, dirigidas por el general Ochoa, a aplastar
a sus antiguos aliados somalíes.
No eran colonialistas blancos los que mataron los cubanos en
el Ogaden, sino soldados negros somalíes. Como no eran
mercenarios blancos los adversarios en Angola, sino angolanos
negros de tribus o partidos diferentes a los apoyados por el
gobierno cubano.
Las otras aventuras imperiales de Castro, en las que no se detiene,
son las subversivas. Bajo su dirección la Isla se convirtió
en un portaviones revolucionario en el que aterrizaban y desde
el que despegaban toda clase de guerrilleros y terroristas,
desde ‘Carlos el Chacal’, hoy preso en París
tras incontables asesinatos, hasta tupamaros uruguayos, dedicados
a desestabilizar una de las democracias más respetables
de América, o etarras vascos que con cerca de mil asesinatos
estremecían a la sociedad española en el momento
en el que la nación intentaba consolidar la democracia.
La Cuba de Castro adiestró y envió guerrilleros
y terroristas a cincuenta destinos, incluidas pacíficas
islas como Jamaica, o países convulsionados como Colombia.
Participó de secuestros para conseguir fondos, y no fue
ajena al tráfico de estupefacientes.
Estados Unidos, es verdad, financió y entrenó
a guerrilleros y terroristas cubanos que actuaron en la Isla,
pero ¿es eso diferente a lo que hizo el gobierno de Castro
con los guerrilleros y terroristas puertorriqueños llamados
‘macheteros”, o con los comunistas radicales negros
norteamericanos que en la década de los sesenta intentaron
en Estados Unidos el camino de la insurrección.
De ahí la inmensa sensación de cinismo que se
desprende del discurso victimista de Castro cuando pretende
presentar el enfrentamiento de Cuba con Estados Unidos como
la permanente agresión de un Goliat malvado contra un
gallardo David dedicado a cuidar enfermos y a educar niños
desvalidos.
La verdad es que la Cuba de Castro, desde la creación
de la Tricontinental en 1966, y aún antes, constituye
el país más intervencionista de la historia contemporánea.
El que ha participado en más aventuras militares. El
que más se ha inmiscuido en los asuntos internos de otras
naciones, desde la remota Zanzíbar, hasta la próxima
República Dominicana, y todo ello, para mayor agravio,
con la intención de crear dictaduras crueles, ineficaces
e improductivas como la que existe en Cuba.
Cuba predicó siempre con su ejemplo. Jamás
claudicó. Jamás vendió la causa de otro
pueblo. Jamás hizo concesiones. Jamás traicionó
principios. Por algo hace sólo 48 horas fue reelecta
por aclamación, en el Consejo Económico y Social
de las Naciones Unidas, como miembro por tres años más
de la Comisión de Derechos Humanos, integrando ese órgano
de manera ininterrumpida durante 15 años.
No sé si Castro recuerda la posición de su gobierno
durante la invasión soviética a Checoslovaquia
en 1968: la aplaudió con entusiasmo, pese a ser evidente
el atropello imperialista de una superpotencia contra un pequeño
país. ¿No es eso ‘vender la causa de otro
pueblo’?
No sé si ha olvidado el apoyo diplomático y político
que el gobierno de Castro les dio a los militares de la Junta
argentina, a principios y mediados de los años setenta,
unos criminales responsables del asesinato de veinte mil opositores.
¿Por qué lo hizo? Porque Argentina y la URSS tenían
las mejores relaciones económicas y políticas
y el país austral formaba parte de los no-alineados.
¿No es eso una flagrante ‘concesión’
al enemigo a expensas de los amigos?
Y luego queda por establecer de qué principios habla
el Comandante. ¿La democracia que decía defender
cuando peleaba en Sierra Maestra o el comunismo que luego les
impuso a los cubanos de manera inconsulta?
Más de medio millón de cubanos cumplieron
misiones internacionalistas como combatientes, como maestros,
como técnicos o como médicos y trabajadores de
la salud. Decenas de miles de estos últimos han prestado
servicios y salvado millones de vidas a lo largo de más
de 40 años. En la actualidad, tres mil especialistas
en Medicina General Integral y otros trabajadores de la salud
laboran en los lugares más recónditos de 18 países
del Tercer Mundo, donde mediante métodos preventivos
y terapéuticos salvan cada año cientos de miles
de vidas, y preservan o devuelven la salud a millones de personas
sin cobrar un solo centavo por sus servicios.
Sin los médicos cubanos ofrecidos a la Organización
de Naciones Unidas en caso de obtener esta los fondos necesarios
—sin los cuales naciones enteras y hasta regiones completas
del África Subsahariana corren el riesgo de perecer—,
los imprescindibles y urgentes programas de lucha contra el
SIDA no podrían realizarse.
El mundo capitalista desarrollado creó abundante capital
financiero, pero no ha creado el más mínimo capital
humano que el Tercer Mundo desesperadamente necesita.
Cuba ha desarrollado técnicas para enseñar a leer
y escribir por radio con textos hoy elaborados en cinco idiomas:
creole, portugués, francés, inglés y español,
que ya están siendo puestos en práctica en algunos
países. Está a punto de concluir un programa similar
en español, de excepcional calidad, para alfabetizar
por televisión. Son programas ideados por Cuba y genuinamente
cubanos. No nos interesa la exclusividad de la patente. Estamos
en disposición de ofrecerlos a todos los países
del Tercer Mundo, donde se concentra el mayor número
de analfabetos, sin cobrar un solo centavo. En cinco años
los 800 millones de analfabetos, a un costo mínimo, podrían
reducirse en un 80 por ciento.
Es encomiable que Cuba, responsablemente, preste ayuda a otros
pueblos más necesitados, pero la decisión de brindar
ese tipo de costosa solidaridad debe ser el resultado de la
voluntad popular y no de la decisión inconsulta de un
solo hombre al que le da la gana de disponer a su antojo de
las pocas riquezas creadas por el pueblo cubano.
¿Por qué los pobres cubanos deben hacer un sacrificio
mayor que el que hacen, por ejemplo, los noruegos, un pueblo
rico que dedica al capítulo de ayuda externa el porcentaje
del PIB más alto del mundo? ¿Qué derecho
tiene Castro a imponerles a todos los cubanos unos sacrificios
que él no sufre en su pellejo, porque done lo que done
Cuba, o preste lo que preste, a él o a su familia jamás
les va a faltar nada en la mesa?
Cuando la URSS y el campo socialista desaparecieron,
nadie apostaba un solo centavo por la supervivencia de la Revolución
Cubana. Estados Unidos arreció el bloqueo. Surgieron
las leyes Torricelli y Helms-Burton, esta última de carácter
extraterritorial. Nuestros mercados y fuentes de suministros
fundamentales desaparecieron abruptamente. El consumo de calorías
y proteínas se redujo casi a la mitad. El país
resistió y avanzó considerablemente en el campo
social. Hoy ha recuperado gran parte de sus requerimientos nutritivos
y avanza aceleradamente en otros campos. Aun en esas condiciones,
la obra realizada y la conciencia creada durante años
obraron el milagro. ¿Por qué resistimos? Porque
la Revolución contó siempre, cuenta y contará
cada vez más con el apoyo del pueblo, un pueblo inteligente,
cada vez más unido, más culto y más combativo.
No. La razón por la que los cubanos, tras ver como se
contraía su capacidad de consumo en un cincuenta por
ciento, pudieron ‘resistir’ fue porque se liberalizó
el envío y recibo de divisas y los exiliados comenzaron
a sostener a sus familias con cientos de millones de dólares.
El país ‘resistió’ porque se permitió
que existiera cierta producción y comercialización
privadas de alimentos. Resistió, porque surgieron los
‘paladares’ y se despenalizó la tenencia
de dólares. Resistió, porque, al menos por un
tiempo, se toleró la existencia de ‘cuentapropistas’
y se alentó el turismo. Resistió, porque el gobierno
se asoció a capitalistas extranjeros que trajeron formas
de producir bienes y servicios más eficientes que las
que aportaban los comunistas.
Resultado que debió indicar al Comandante que la solución
del país estaba donde se observaba el alivio: en los
métodos capitalistas y en el mercado, dado que el socialismo
sólo mejora cuando deja de serlo y adopta modos capitalistas
de producir y asignar recursos. Pero, lejos de aprender de la
experiencia, como se supone que hacen las personas inteligentes,
el Comandante, tan pronto la crisis tocó fondo, retomó
los modos de conducir la economía más rígidos
y centralistas del recetario comunista.
Cuba, que fue el primer país en solidarizarse
con el pueblo norteamericano el 11 de septiembre del 2001, fue
también el primero en advertir el carácter neofascista
que la política de la extrema derecha de Estados Unidos,
que asumió fraudulentamente el poder en noviembre del
año 2000, se proponía imponer al mundo. No surge
esta política movida por el atroz ataque terrorista contra
el pueblo de Estados Unidos cometido por miembros de una organización
fanática que en tiempos pasados sirvió a otras
administraciones norteamericanas. Era un pensamiento fríamente
concebido y elaborado, que explica el rearme y los colosales
gastos en armamento cuando ya la guerra fría no existía
y lo que ocurrió en septiembre estaba lejos de producirse.
Los hechos del día 11 de ese fatídico mes del
año 2001 sirvieron de pretexto ideal para ponerlo en
marcha.
El 20 de septiembre de ese año, el presidente
Bush lo expresó abiertamente ante un Congreso conmocionado
por los trágicos sucesos ocurridos nueve días
antes. Utilizando extraños términos habló
de «justicia infinita» como objetivo de una guerra
al parecer también infinita:
«El país no debe esperar una sola batalla, sino
una campaña prolongada, una campaña sin paralelo
en nuestra historia.»
«Vamos a utilizar cualquier arma de guerra que sea necesaria.»
«Cualquier nación, en cualquier lugar, tiene ahora
que tomar una decisión: o están con nosotros o
están con el terrorismo.»
«Les he pedido a las Fuerzas Armadas que estén
en alerta, y hay una razón para ello: se acerca la hora
de que entremos en acción.»
«Esta es una lucha de la civilización.»
«Los logros de nuestros tiempos y las esperanzas de todos
los tiempos dependen de nosotros.»
«No sabemos cuál va a ser el derrotero de este
conflicto, pero sí cuál va a ser el desenlace
[...] Y sabemos que Dios no es neutral.»
¿Hablaba un estadista o un fanático incontenible?
Dos días después, el 22 de septiembre, Cuba denunció
este discurso como el diseño de la idea de una dictadura
militar mundial bajo la égida de la fuerza bruta, sin
leyes ni instituciones internacionales de ninguna índole.
«...La Organización de Naciones Unidas, absolutamente
desconocida en la actual crisis, no tendría autoridad
ni prerrogativa alguna; habría un solo jefe, un solo
juez, una sola ley.»
Meses más tarde, al cumplirse el 200 Aniversario de la
Academia de West Point, en el acto de graduación de 958
cadetes celebrado el 3 de junio del 2002, el presidente Bush
profundizó en su pensamiento a través de una encendida
arenga a los jóvenes militares que se graduaban ese día,
en la que están contenidas sus ideas fijas esenciales:
«Nuestra seguridad requerirá que transformemos
a la fuerza militar que ustedes dirigirán, en una fuerza
que debe estar lista para atacar inmediatamente en cualquier
oscuro rincón del mundo. Y nuestra seguridad requerirá
que estemos listos para el ataque preventivo cuando sea necesario
defender nuestra libertad y defender nuestras vidas.»
«Debemos descubrir células terroristas en 60 países
o más...»
«Los enviaremos a ustedes, a nuestros soldados, a donde
ustedes sean necesarios.»
«No dejaremos la seguridad de América y la paz
del planeta a merced de un puñado de terroristas y tiranos
locos. Eliminaremos esta sombría amenaza de nuestro país
y del mundo.»
«A algunos les preocupa que sea poco diplomático
o descortés hablar en términos del bien y el mal:
No estoy de acuerdo. [...] Estamos ante un conflicto entre el
bien y el mal, y América siempre llamará al mal
por su nombre. Al enfrentarnos al mal y a regímenes anárquicos,
no creamos un problema, sino que revelamos un problema. Y dirigiremos
al mundo en la lucha contra el problema.»
En el discurso que pronuncié en la Tribuna Abierta que
tuvo lugar en la Plaza de la Revolución «Antonio
Maceo» de Santiago de Cuba el 8 de junio del 2002, ante
medio millón de santiagueros, expresé:
«Como puede apreciarse, en el discurso (de West Point)
no aparece una sola mención a la Organización
de las Naciones, ni una frase referida al derecho de los pueblos
a la seguridad y a la paz, a la necesidad de un mundo regido
por normas y principios.»
"La humanidad conoció, hace apenas dos tercios de
siglo, la amarga experiencia del nazismo. Hitler tuvo como aliado
inseparable el miedo que fue capaz de imponer a sus adversarios.
[...] Ya poseedor de una temible fuerza militar, estalló
una guerra que incendió el mundo. La falta de visión
y la cobardía de los estadistas de las más fuertes
potencias europeas de aquella época dieron lugar a una
gran tragedia.»
«No creo que en Estados Unidos pueda instaurarse un régimen
fascista. Dentro de su sistema político se han cometido
graves errores e injusticias ?muchas de las cuales perduran?,
pero el pueblo norteamericano cuenta con determinadas instituciones,
tradiciones, valores educativos, culturales y ?ticos que lo
harían casi imposible. El riesgo está en la esfera
internacional. Son tales las facultades y prerrogativas de un
presidente y tan inmensa la red de poder militar, económico
y tecnológico de ese Estado que, de hecho, en virtud
de circunstancias ajenas por completo a la voluntad del pueblo
norteamericano, el mundo está comenzando a ser regido
por métodos y concepciones nazis.»
«Los miserables insectos que habitan en 60 o más
naciones del mundo, seleccionadas por él, sus íntimos
colaboradores, y en el caso de Cuba por sus amigos de Miami,
no importan para nada. Constituyen los ‘oscuros rincones
del mundo’ que pueden ser objeto de sus ‘sorpresivos
y preventivos’ ataques. Entre ellos se encuentra Cuba
que, además, ha sido incluida entre los que propician
el terrorismo.»
Mencioné por primera vez la idea de una tiranía
mundial un año, 3 meses y 19 días antes del ataque
a Iraq.
En los días previos al inicio de la guerra, el presidente
Bush volvió a repetir que utilizaría, si fuese
necesario, cualquier medio del arsenal norteamericano, es decir,
armas nucleares, armas químicas y armas biológicas.
Antes se había producido ya el ataque y ocupación
de Afganistán.
¿Qué hay en los párrafos anteriores? La
vanidad narcisista de quien desea ser reconocido como un estadista
clarividente capaz de prever el futuro. Algo muy difícil
de aceptar en un político que en 1959 no fue capaz de
ver algo tan obvio como que la alianza con la URSS y la adscripción
de Cuba al campo comunista era, además de un crimen,
una solemne estupidez que traería al país una
interminable catarata de pesares e inconvenientes, porque ya
en esa época era evidente la superioridad total del mundo
occidental.
Cuando este ‘genio’ de la predicción optó
por el comunismo, ya estaban en fulgurante camino los ‘milagros’
económicos de Alemania y Japón, mientras resultaba
evidente el fracaso de los satélites comunistas. Ni siquiera
tenía que ‘predecir’ el mejor camino para
la sociedad cubana: hubiera bastado con que hubiese sido capaz
de observar lo que ocurría a su alrededor.
Quien hoy se ufana de adivinar el futuro político del
mundo, es el mismo que en 1979, envalentonado por sus triunfos
en África y en Nicaragua, le vaticinó al historiador
venezolano Guillermo Morón que en una década todo
el Caribe sería un ‘mare nostrum’ cubano.
Exactamente diez años más tarde caía el
Muro de Berlín, comenzaba a deshacerse la URSS y se daban
los primeros pasos para sacar del poder a los sandinistas pocos
meses más tarde.
Este titán del análisis económico, el es
mismo que en 1991, en una reunión realizada en Cozumel
con Salinas de Gortari, Gaviria, Carlos Andrés Pérez
y Felipe González, explicó resueltamente cómo
el mundo Occidental se encontraba a las puertas de una catástrofe
imparable que acabaría dándoles la razón
a los comunistas. Lo que sucedió, en cambio, es que a
partir de ese momento el mundo desarrollado experimentó
una de las décadas más felices en el terreno económico
que recuerda la humanidad.
Y ahora Castro vuelve a equivocarse cuando pronostica una ‘tiranía
mundial’ dirigida por Estados Unidos. A partir del 11
de septiembre quienes únicamente tienen que temer la
represalia norteamericana y el cambio de régimen”
son los gobiernos que albergan y alientan terroristas, como
Afganistán, o las dictaduras que amenazan a sus vecinos
o poseen armas de destrucción masiva, como Irak, circunstancias
que Washington relaciona con la seguridad del país.
Hoy los llamados "disidentes", mercenarios a sueldo
pagados por el Gobierno hitleriano de Bush, traicionan no sólo
a su Patria sino también a la humanidad.
¿Mercenario el poeta Raúl Rivero? ¿Mercenaria
Beatriz Roque Cabello? ¿Mercenarios y traidores, nada
menos que a la ‘humanidad’, los jóvenes periodistas
y bibliotecarios independientes que, junto a quienes defendían
el ‘Proyecto Varela’ trataban de ampliar los márgenes
de participación de la sociedad cubana?
¿Por qué discrepar de la disparatada conducción
del país que Castro dirige es traicionar a la patria?
¿Por qué proponer otro modo más racional
de organizar la sociedad es una forma de traición? ¿Por
qué hay que creer la portentosa estupidez de que peligra
el destino de Cuba como nación si los cubanos, como los
holandeses o los chilenos tienen diversos partidos políticos
y sostienen múltiples puntos de vista sobre los problemas
del país?
Ante los planes siniestros contra nuestra Patria
por parte de esa extrema derecha neofascista y sus aliados de
la mafia terrorista de Miami que le dieron la victoria con el
fraude electoral, nos gustaría saber cuántos de
los que desde supuestas posiciones de izquierda y humanistas
han atacado a nuestro pueblo por las medidas legales que en
acto de legítima defensa nos vimos obligados a adoptar
frente a los planes agresivos de la superpotencia, a pocas millas
de nuestras costas y con una base militar en nuestro propio
territorio, han podido leer esas palabras, tomar conciencia,
denunciar y condenar la política anunciada en los discursos
pronunciados por el señor Bush a los que hice referencia
en los que se proclama una siniestra política internacional
nazi-fascista por parte del jefe del país que posee la
más poderosa fuerza militar que fue concebida jamás,
cuyas armas pueden destruir diez veces a la humanidad indefensa.
No es falta de información ni incapacidad para el análisis
lo que ha motivado estas críticas desde la izquierda
contra los atropellos del castrismo, sino la decisión,
muy razonable, de no admitir otra vez la coartada y el chantaje
del antiamericanismo para condonar los abusos contra los demócratas
de la oposición o el asesinato judicial de los muchachos
que intentaron secuestrar un bote.
Muchos de quienes hoy han criticado a Castro, desde Saramago
hasta Chomsky, desde Almodóvar hasta Serrat, han condenado
ardorosamente la guerra de Irak y al presidente Bush. Pero les
parece, y tienen razón, que las dos posturas no son incoherentes:
es perfectamente posible pensar que Estados Unidos no debió
atacar a Irak, y sostener, simultáneamente, que la dictadura
cubana no debe encarcelar a los demócratas de la oposición
por sostener opiniones distintas a las del gobierno, ni fusilar
a nadie, aunque sólo sea porque la pena de muerte debe
ser erradicada en todas las circunstancias.
Lo que no es aceptable, cuarenta y cuatro años después
de establecida la tiranía cubana, es seguir invocando
la conducta de Washington para acallar las críticas.
El mundo entero se ha movilizado frente a las espantosas
imágenes de ciudades destruidas e incendiadas por atroces
bombardeos, niños mutilados y cadáveres destrozados
de personas inocentes.
Dejando a un lado a los grupos políticos oportunistas,
demagogos y politiqueros de sobra conocidos, me refiero ahora
fundamentalmente a los que fueron amistosos con Cuba y luchadores
apreciados. No deseamos que los que la atacaron de forma a nuestro
juicio injusta, por desinformación o falta de análisis
meditado y profundo, tengan que pasar por un dolor infinito
si un día nuestras ciudades están siendo destruidas
y nuestros niños y sus madres, mujeres y hombres, jóvenes
y ancianos destrozados por las bombas del nazi-fascismo, y conocen
que sus declaraciones fueron cínicamente manipuladas
por los agresores para justificar un ataque militar contra Cuba.
Esto es el colmo de la manipulación emocional: ahora
resulta que el ataque militar de Estados Unidos a Cuba depende
del apoyo de personas como Saramago o Joaquín Sabina,
pese a que en el párrafo anterior quedaba en claro que
inútilmente “el mundo entero se ha movilizado”
contra la guerra desata por Estados Unidos.
Es interesante averiguar por qué si Estados Unidos ignoró
“al mundo entero”, incluidos Saramago y Joaquín
Sabina, cuando decidió atacar a Irak, ahora esas mismas
voces van a impedir que suceda lo mismo en Cuba.
¿No será que lo que busca Castro con esos apoyos,
que incesantemente recaba por medio del infatigable ‘Instituto
de Amistad con los Pueblos’, es el aval de personas prestigiosas
para legitimar sus actos más condenables?
El daño humano no puede medirse sólo
por las cifras de niños muertos y mutilados, sino también
por los millones de niños y madres, mujeres y hombres,
jóvenes y ancianos que quedarán traumatizados
por el resto de la vida.
Respetamos totalmente las opiniones de los que por razones religiosas,
filosóficas o humanitarias se oponen a la pena capital,
que los revolucionarios cubanos también aborrecemos por
razones más profundas que las que han sido abordadas
por las ciencias sociales sobre el delito, hoy en proceso de
estudio en nuestro país. Llegará el día,
en que podamos acceder a los deseos tan noblemente expresados
aquí en su brillante discurso por el pastor Lucius Walker,
de abolir esta pena. Se comprende la especial preocupación
sobre el tema, cuando se sabe que la mayoría de las personas
ejecutadas en Estados Unidos son afronorteamericanas y latinas,
no pocas veces inocentes, especialmente en Texas, campeona de
la pena capital, donde fuera Gobernador el presidente Bush y
donde nunca se ha perdonado una sola vida.
La Revolución Cubana fue puesta en el dilema de proteger
la vida de millones de compatriotas sancionando con la pena
capital legalmente establecida a los tres principales secuestradores
de una embarcación de pasajeros ?estimulados por el gobierno
de Estados Unidos, que trata de alentar el potencial delictivo
de carácter común para asaltar barcos o aeronaves
con pasajeros a bordo, poniendo en grave peligro la vida de
éstos, creando condiciones propicias para una agresión
a Cuba, desatando una ola de secuestros ya en pleno desarrollo
que había que parar en seco?, o cruzarnos de brazos.
No podemos vacilar jamás, cuando se trata de proteger
la vida de los hijos de un pueblo decidido a luchar hasta el
final, en arrestar mercenarios que sirven a los agresores y
aplicar los castigos más severos a terroristas que secuestren
naves o embarcaciones de pasajeros, o que cometan hechos de
similar gravedad, que sean sancionados por los tribunales de
acuerdo con leyes previas.
Es posible, ciertamente, que Castro decidiera ‘parar en
seco’ los intentos de secuestrar aviones o embarcaciones,
dando un escarmiento terrible en las personas de los tres jóvenes
ejecutados, pero ese tipo de ‘ejemplos’ es exactamente
lo que repugna a cualquier persona con sentido de la justicia.
Las leyes no se promulgan y las penas no se infligen para escarmentar
o dar ejemplos, sino para sancionar de manera proporcionada
y ajustada a derecho los delitos cometidos.
Por otra parte, los 75 demócratas sentenciados a larguísimas
penas por escribir artículos o poemas, por prestar libros
o por pedir un referéndum, no han sido castigados para
impedir una invasión norteamericana sino, primero, por
algo que el gobierno oculta: para tenerlos de rehenes y, en
su momento, plantear el intercambio por cinco espías
cubanos presos en Estados Unidos, proyecto que ya no tiene ninguna
posibilidad de llegar a buen puerto; y, segundo, porque Castro
le temió al crecimiento de la sociedad civil cubana y
quiso eliminarla de raíz.
Ni siquiera Cristo, que expulsó a latigazos
a los mercaderes del templo, dejaría de optar por la
defensa del pueblo.
Hacia Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, siento un sincero
y profundo respeto. Comprendo y admiro su noble lucha por la
vida y por la paz. Nadie se opuso tanto y tan tenazmente como
él a la guerra contra Iraq. Estoy absolutamente seguro
de que nunca habría aconsejado a los chiítas y
sunnitas dejarse matar sin defenderse; tampoco aconsejaría
algo parecido a los cubanos. Él sabe perfectamente bien
que este no es un problema entre cubanos; es un problema entre
el pueblo de Cuba y el gobierno de Estados Unidos.
Es tan provocadora y desvergonzada la política del gobierno
de los Estados Unidos, que el pasado día 25 de abril
el señor Kevin Whitaker, Jefe del Buró Cuba del
Departamento de Estado, le dijo al jefe de nuestra Sección
de Intereses en Washington que la Oficina de Seguridad Doméstica,
adscrita al Consejo de Seguridad Nacional, consideraba que los
continuados secuestros desde Cuba constituían una seria
amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, y solicitaba
al gobierno cubano tomar todas las medidas necesarias para evitar
hechos de esta naturaleza, cual si no fueran ellos quienes provocaron
y estimularon esos secuestros y no fuéramos nosotros
los que, para proteger la vida y la seguridad de los pasajeros
y conociendo desde hace rato los criminales planes de la extrema
derecha fascista contra Cuba, tomamos medidas drásticas
para impedirlo. Filtrado por ellos ese contacto del día
25, ha creado gran alboroto en la mafia terrorista de Miami.
Todavía no comprenden que sus amenazas directas o indirectas
contra Cuba no le quitan el sueño a nadie en nuestro
país.
Quienquiera que conozca la historia de los episodios migratorios
de Camarioca, Mariel y el ‘balserazo’ de 1995 sabe
que tradicionalmente Castro ha buscado el alivio coyuntural
de sus problemas domésticos lanzando una oleada de refugiados
sobre las costas norteamericanas. De donde se deduce que es
Castro, con esa irresponsable y conflictiva manera de actuar,
quien crea problemas a sus vecinos.
La hipocresía de la política occidental
y de un numeroso grupo de líderes mediocres es tan grande,
que no cabría en el lecho del Océano Atlántico.
Cualquier medida que Cuba adopte en aras de su legítima
defensa, es publicada entre las primeras noticias de casi todos
los medios de difusión masiva. Sin embargo, cuando denunciamos
que bajo el mandato de un jefe de gobierno español decenas
de etarras fueron ejecutados extrajudicialmente sin que nadie
protestara ni lo denunciara ante la Comisión de Derechos
Humanos de Naciones Unidas, y otro jefe de gobierno, en un momento
difícil de la guerra de Kosovo, aconsejó al Presidente
de Estados Unidos arreciar la guerra, multiplicar los bombardeos
y atacar los objetivos civiles, que causarían la muerte
de centenares de inocentes e inmenso sacrificio a millones de
personas, la prensa sólo dice: «Castro arremetió
contra Felipe y Aznar». Del contenido real, ni una palabra.
Es por lo menos curiosísimo que el editor de Granma y
dueño de Prensa Latina se queje de la falta de objetividad
de los medios de comunicación occidentales o de la manipulación
de la información.
En Miami y en Washington se discute hoy dónde,
cómo y cuándo se atacará a Cuba o se resolverá
el problema de la Revolución.
En lo inmediato se habla de medidas económicas que endurezcan
el brutal bloqueo, pero no saben todavía cuál
escoger, con quiénes se resignan a pelearse y qué
efectividad puedan tener. Les quedan muy pocas. Las han gastado
casi todas.
Un cínico rufián mal llamado Lincoln, y Díaz-Balart
como apellido, íntimo amigo y consejero del presidente
Bush, declaró a una cadena televisiva de Miami las enigmáticas
palabras siguientes: "No puedo entrar en detalles, pero
estamos tratando de romper este círculo vicioso."
¿A cuál de los métodos para manejar el
círculo vicioso se refiere? ¿Eliminarme físicamente
a partir de los sofisticados medios modernos que han desarrollado,
tal como el señor Bush les prometió en Texas antes
de las elecciones? ¿O atacar a Cuba al estilo de Iraq?
Si fuese el primero, no me preocupa en absoluto. Las ideas por
las cuales he luchado toda la vida no podrán morir y
vivirán durante mucho tiempo.
Si la fórmula fuese atacar a Cuba como a Iraq, me dolería
mucho por el costo en vidas y la enorme destrucción que
para Cuba significaría. Pero tal vez sea ese el último
de los ataques fascistas de esta administración, porque
la lucha duraría mucho tiempo, enfrentándose los
agresores no sólo a un ejército sino a miles de
ejércitos que constantemente se reproducirían
y harían pagar al adversario un costo en bajas tan alto,
que estaría muy por encima del presupuesto de vidas de
sus hijos que el pueblo norteamericano estaría dispuesto
a pagar por las aventuras y las ideas del presidente Bush, hoy
con apoyo mayoritario pero decreciente, mañana reducido
a cero.
El propio pueblo norteamericano, los millones de personas con
elevada cultura que allí razonan y piensan, sus principios
éticos básicos, decenas de millones de computadoras
para comunicarse, cientos de veces más que al final de
la guerra de Viet Nam, demostrarán que no se puede engañar
a todo el pueblo, y quizás ni siquiera a una parte del
pueblo, todo el tiempo. Un día pondrá camisa de
fuerza a quienes sea necesario antes de que puedan poner fin
a la vida en el planeta.
En nombre del millón de personas aquí reunidas
este Primero de Mayo, deseo enviar un mensaje al mundo y al
pueblo norteamericano:
No deseamos que la sangre de cubanos y norteamericanos sea derramada
en una guerra; no deseamos que un incalculable número
de vidas de personas que pueden ser amistosas se pierdan en
una contienda. Pero jamás un pueblo tuvo cosas tan sagradas
que defender, ni convicciones tan profundas por las cuales luchar,
de tal modo que prefiere desaparecer de la faz de la Tierra
antes que renunciar a la obra noble y generosa por la cual muchas
generaciones de cubanos han pagado el elevado costo de muchas
vidas de sus mejores hijos.
En realidad, Castro no debe temer una invasión norteamericana
-como aclaró el secretario de Defensa Rumsfeld- si no
alberga terroristas que pongan en peligro la seguridad de Estados
Unidos, no amenaza a sus vecinos y no produce o adquiere armas
de destrucción masiva. Las satrapías domésticas
no están en la mirilla del Pentágono. Es decir,
Castro debe renunciar para siempre a comportamientos que tuvo
en el pasado, amparado por la URSS y en la atmósfera
enrarecida de la Guerra Fría, y entonces nada tiene que
temer.
Nos acompaña la convicción más profunda
de que las ideas pueden más que las armas por sofisticadas
y poderosas que estas sean.
Digamos como el Che cuando se despidió de nosotros:
¡Hasta la victoria siempre!
Hay que pensar en derrota más que en victoria. Se puede
asegurar que este episodio -los últimos fusilamientos
y el encarcelamiento de los demócratas de la oposición-
lo que garantiza es el fin acelerado del castrismo, probablemente
tras la desaparición física del Comandante.
Es prácticamente imposible que Raúl Castro pueda
administrar el país dentro del modelo de dictadura comunista
organizada verticalmente, con un caudillo omnipotente a la cabeza.
Lo que vamos a contemplar, de ahora en adelante, es el agravamiento
constante de la crisis económica, una disminución
sustancial de las inversiones extranjeras (ya muy escasas, por
cierto), el rechazo político generalizado en los circuitos
internacionales, y una absoluta deslegitimación interna
y externa del gobierno cubano.
La consecuencia de este estado de cosas es previsible: la dictadura,
tras la muerte de Castro, se verá precipitada a abrir
los cauces políticos y a propiciar una evolución
hacia otro tipo diferente de sistema, o tendrá que colocarse
en un bunker como el de Corea del Norte, elección que
acabaría conduciendo al país hacia un baño
de sangre..