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Hello,
Chano, Mr. Manteca… You’re the best, yes sir…
The best in drums!
Exclamaciones
como esa se repitieron hasta la saciedad aquella noche de 1947,
en el más crudo invierno neoyorquino, al concluir un concierto
de jazz en el Town Hall. La poderosa y rítmica influencia
de la música afrocubana había alcanzado su expresivo
cenit en las prodigiosas manos de un negro cubano bajito, feo
y guapetón, enamorado de la vida y las mujeres, pero sobre
todo de los tambores que hablaban por él —o a través
de él.
Era
Chano Pozo, apenas conocido por Luciano Pozo González,
a quien el público norteamericano amante del jazz rendía
el más merecido tributo de admiración.
Todo
había comenzado a inicios de ese año 47, cuando
Chano arribaba a Nueva York precedido de una bien merecida fama
en las tablas cubanas como Tamborero Mayor. Quiso la suerte —la
buena, por supuesto— que otro virtuoso de la música,
Dizzy Gillespie, necesitara de un percusionista para su banda
y le pidió ayuda a su padrino y amigo Mario Bauzá,
toda una autoridad en música afrocubana.
Refiere
Gillespie que "…Al dirigirme a Bauzá me dice
que conoce a un muchacho excepcional, pero que no
habla inglés. Así fue como tomé a Chano Pozo
y no me arrepentí nunca. Además, no me hizo falta
que supiera inglés: logramos entendernos perfectamente,
por el lenguaje de nuestros ancestros."
En
unión de ese gran maestro de los metales, Chano inicia
su consagración. Recorre con la banda diversas ciudades
estadounidenses y, entre gira y gira, va dando vida a una pieza
que sería un clásico del jazz latino —"Manteca"—,
a la vez que revoluciona la concepción rítmica de
la música popular norteamericana.
"Con
Chano habíamos tenido un éxito inmediato —decía
Gillespie. Pero lo importante: Chano cambió el gusto de
la música en los Estados Unidos, y me alegra tenido algo
que ver con ese fenómeno. Chano fue el factor decisivo
en el proceso de introducir e integrar la música cubana
en el jazz norteamericano. Chano Pozo fue un nuevo punto de partida."
¿Quién
era Chano Pozo?
Las
populares barriadas habaneras de Cayo Hueso, Pueblo Nuevo y Belén
se disputaron durante mucho tiempo la paternidad de Luciano Pozo
González, pero fue al famoso solar Pan con Timba al que
le asistía el mejor derecho. Fue con posterioridad que
la familia de Chano se radicó en Cayo Hueso, exactamente
en el solar El África, un sitio para respetar en La Habana
de entonces y donde ni siquiera la policía podía
entrar. Según testimonios de la época, allí
vivían alrededor de 200 hombres y sólo imperaba
una ley: la del más guapo.
Tal
marginalidad tenía, por fuerza, que marcar a fuego la personalidad
de Chano. Tras un breve lapso en el reformatorio de
Guanajay, el tamborero fue contratado por el senador Hornedo como
"guardaespaldas". Su juventud y temeridad le ganaron
bien pronto la simpatía del también dueño
del diario "El País", a quien en sus ratos libres
ofrecía conciertos con sus tres tambores.
Parece
que Hornedo comentó las excepcionales dotes del muchacho
con Amado Trinidad, a la sazón dueño de Radio Cadena
Azul, y éste le abrió las puertas de su emisora.
Allí Chano conoció a Rita Montaner, y "La Diva",
impresionada por su virtuosismo, se lo presentó a los músicos
más destacados del momento.
Hasta
ese minuto estelar de su vida, Chano Pozo había regalado
su arte dondequiera que hubiese ron, cueros bien templados y caderas
cimbreantes. Su presencia relumbraba en las comparsas de El Barracón,
La Sultana, La Jardinera, La Colombiana Moderna y La Mejicana.
La difusión de sus dones a través de la radio le
permitiría ingresar a Los Dandys de Belén, lo que
terminaría por consagrarlo en ese festivo ámbito.
Durante
su tránsito por aquella emisora, Chano funda la Orquesta
Azul. Los contratos se traducen en dinero, y éste en trajes
a la medida,
diversiones y prendas, entre ellas un medallón de Santa
Bárbara de oro de 18 quilates, con la corona de la virgen
en rubíes. Y como buen hijo de Changó, su presencia
y sus tambores son constantes en las fiestas que honran a su padre
tutelar.
La
tragedia
Acompañado
de su última mujer, Caridad Martínez, Cacha, arriba
Chano Pozo a los Estados Unidos en 1947. Poco después ocurre
su encuentro con Gillespie. A partir de ese instante ambos músicos,
en unión del no menos genial Charlie Parker, se encargan
de revolucionar el bebop. Meses después, el hombre de los
tres tambores, como también solían calificarlo,
da a conocer "Manteca" y se consagra para siempre.
El
colega Leonardo Padura recreó de forma magistral las últimas
horas de Chano Pozo:
"Mientras
cubría el camino entre el apartamento neoyorquino y el
Río Café and Longue, el más grande de los
tamboreros cubanos miraba sin entusiasmo las infinitas luces de
la ciudad, algunas de las cuales servían para resaltar
su nombre: MANTECA, CHANO POZO CON LA BANDA DE DIZZY GILLESPIE.
Pero, con los pies ateridos por el frío de New York, Chano
Pozo no podía impedir que su corazón se le hubiera
ido hasta La Habana: a esa misma hora, en Cayo Hueso, Pueblo Nuevo
y Belén, los altares tapizados de rojo se habrían
llenado de ofren das
y velas esperando el 4 de diciembre de 1948, y los tambores ya
estarían llorando su salvaje plegaria de bienvenida al
guerrero Changó. Esa noche faltaría su magnífico
tambor y Chano Pozo se devanaba los sesos pensando en la mejor
manera de homenajear a su irascible padre africano…"
Al
llegar al club, Chano había descubierto ya la forma de
honrar a Santa Bárbara. Depositó una moneda en la
victrola y el explosivo ritmo de "Manteca" caldeó
el local. Los presentes le vieron danzar al compás de la
ancestral música. Cuentan que estaba como poseído;
entretanto, entraba al salón un hombre apodado El Cabito
(Eusebio Muñoz), a quien su participación en la
II Guerra Mundial había convertido en un sicótico.
Refieren
los testigos que en uno de los tantos giros de Chano, El Cabito
sacó una pistola y del primer disparo le atravesó
el corazón. Acto seguido se aproximó al caído
y le vació el resto del cargador. Después dejó
caer el arma junto al cadáver y no opuso resistencia cuando,
minutos más tarde, un corpulento policía neoyorquino
irrumpió en la escena atraído por los disparos.
Tras
lo ocurrido circularon numerosas versiones: unos sostenían
que había sido por problemas de faldas; otras, que El Cabito
era un producto clásico de la sociedad norteamericana de
postguerra; sin embargo, la tesis al parecer más acertada
es que aquella había sido la respuesta del ex militar al
reclamo público que le había hecho Chano para que
le pagara una pequeña suma que le debía. En el momento
de su asesinato, Chano Pozo tenía en la billetera 1 500
dólares, y la deuda de El Cabito sólo ascendía
a 15 dólares. ¿Cuestión de hombría?

Nada
más apropiado para concluir esta reseña del Tamborero
Mayor que lo expresado por Don Fernando Ortíz al conocer
el trágico suceso:
"Chano
Pozo fue un revolucionario entre los tambores del jazz, su influjo
fue directo, inmediato, eléctrico (…) Por el tambor de
Chano Pozo hablaban sus abuelos, pero también hablaba toda
Cuba. Debemos recordar su nombre para que no se pierda como el
de tantos artistas anónimos que durante siglos han mantenido
el arte musical de su genuina cubanía."
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