| Por
Reynaldo González
Su
voz tenía mucho de tierra, del agridulce de la vega tabacalera
y del aroma de los jazmines montañosos.
Se
unió a quienes, sin saberlo, protagonizaban una aventura
cultural: cambiaban la manera de disfrutar la música en
un pueblo eminentemente melómano.
Como ellos, componía y cantaba los temas que la existencia
le ofrecía, sus alegrías y sinsabores, con la naturalidad
de quien respira.
Cantante nacida en 1895 en Guanajay, a unos treinta kilómetros
de La Habana. Creció en la capital cubana, y muy joven
se destacó como cantante y por su belleza inscribió
su nombre en aquel grupo de fundadores. Desde que en 1911 debutó
en el Politeama Grande, ya fue imprescindible.
Pasó
a ser la intérprete por antonomasia de los grandes de la
trova cubana, trabajó mucho por difundirla a través
de las emisoras, desde los augurales días de Radio Cadena
Suaritos hasta los memorables de Radio Progreso, y la llevó
a las casas de grabación de Estados Unidos.
Veinte
Años
Qué
te importa que te ame
si tú no me quieres ya
El amor que ya ha pasado
no se debe recordar.
Fui
la ilusión de tu vida
un día lejano ya,
hoy represento el pasado
no me puedo conformar.
Si
las cosas que uno quiere
se pudieran alcanzar
tú me quisieras lo mismo
que veinte años atrás.
Con
qué tristeza miramos
un amor que se nos va
es un pedazo del alma
que se arranca sin piedad. |
Las misteriosas posibilidades de su voz se unieron primero
a Rafael Zequeira, luego al legendario Ignacio Piñeiro
y, ya en su madurez más decantada, a Lorenzo Hierrezuelo.
Se
cuenta que su amiga de la niñez Guillermina Aramburu
tuvo un buen matrimonio durante 20 años, al cabo
de los cuales su esposo la traicionó. Guillermina
que escribía canciones desde joven... le entregó
a María Teresa su creación Veinte
Años, para que la cantara con la promesa
de que nunca dijera que había sido escrita por ella;
esto provocó que la mayoría de las personas
desconocieran hasta hace muy poco, que la generalidad de
los textos de las canciones de María Teresa, son
de Guillermina.
La canción fue un éxito arrasador y el binomio
a partir de ese momento dio a luz a una gran parte de las
canciones más hermosas de la época: Porque
me siento triste, No me sabes querer y muchas más.
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También
se cuenta que la época de silencio de María
Teresa, alrededor de los años 1927 y 1935 se debió,
a que al regresar de Nueva York, donde fue con el Sexteto
Occidente a grabar para la Columbia, consultó un
Ifá, buscando saber qué camino seguir (en
Ifá, están atrapados los secretos y sabidurías
que marcan los preceptos éticos de la estructura
social Yoruba y se obtienen, a través del Ekuele
y los Ikines, sistemas adivinatorios) pues la Cantante era
fiel creyente de La Regla de Ocha en la que estaba iniciada
como hija de Ochún.
La
letra le dijo que debía dejar de cantar y su abstinencia
no se hizo esperar, privó al publico de sus interpretaciones
por casi 10 años, tiempo en el cual obtuvo una dispensa
del Panteón Yoruba y continuó su brillante
carrera
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Quienes
amamos el modo peculiar de cantar de María Teresa Vera
y los irrefutables segundos de Lorenzo, recibimos conmovidos esos
números tocados por la nostalgia.de pasado y de presente,
de tiempo que nos dibuja el sentido y adiestra el entendimiento.
Es
como si paladeáramos una comida casera, una tarde de mayo
acariciada por los mejores vientos de la Isla.
Quienes
amamos el modo peculiar de cantar de María Teresa Vera
y los irrefutables segundos de Lorenzo, recibimos conmovidos
esos números tocados por la nostalgia.de pasado y de
presente, de tiempo que nos dibuja el sentido y adiestra el
entendimiento. Es
como si paladeáramos una comida casera, una tarde de
mayo acariciada por los mejores vientos de la Isla.
En su voz no solo están guardados algunos de los temas
más queridos de la música cubana, sino su cadencia
auténtica, sin traición, sin engolamiento.
El virtuosismo de María Teresa Vera consistió, exactamente,
en cuidar que el sentido dado a la pieza por su compositor no
resultara enrarecido
con añadidos y divismos. Por eso esas piezas son, también,
documentos de las arcas musicales de Cuba, algo que sentimos palpitar
en mucho de lo compuesto luego, pues constituyen una raíz
poderosa y saludable.
Las páginas musicales que le escuchamos son, además
de un regalo al oído, prototipos de una manera de comprender
la música entre nosotros. Los "cantores" la aprendieron
en las bodegas de esquinas, en el patio comunero, en la velada
improvisada, con una copa de ron y la ansiedad de la conquista
amorosa, y constituyen el corazón de una sensibilidad colectiva.
El
acompañamiento, con una fuerza que sin debilitarse permite
la expresión de las voces, es el que supieron hacer y establecieron
en lo más acendrado del gusto. Con esas páginas
aprendemos mientras disfrutamos al oírlas en la voz que
las hizo memorables.
Quienes escuchan un disco de María Teresa se acercan al
producto genuino que fue ella misma, entregada a una profesión
que le
aromó la existencia. Su inimitable interiorización
de las esencias cubanas me despierta envidia.
Como me gustaría no haberla escuchado tanto para hacerlo
por primera vez y descubrir la almendra pura de la Isla.
Y
devolverme a las extensas joyas del archivo de una gran cantante
popular -y ella lo fue en el sentido más amplio y definitivo
del vocablo- justo cuando las raíces del son y otros ritmos
que conformaron el acervo de la trova tradicional se refrescan
y exaltan como herencia cuya continuidad palpita en las multitudes.
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