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Fue
en México, comenzando los 50 y mientras compartía
escenario con la orquesta de Dámaso Pérez Prado,
cuando un joven cantante llamado Bartolomé Maximiliano
Moré estrenó Locas por el mambo, una pieza suya
en la que decía:
¿Quién
inventó el mambo que me sofoca?/ ¿Quién inventó
el mambo,/ que a las mujeres las vuelve locas?/ ¿Quién
inventó esa cosa loca?/ /Un chaparrito con cara de foca/
Por supuesto, el «chaparrito con cara de foca» no
era otro que el mismo Dámaso Pérez Prado,
que ya imponía su nuevo ritmo en México, La Habana
y Nueva York. Lejos estaba Benny de imaginar que lo que para él
y otros muchos era un hecho indiscutible, se convertiría
en una de las más agudas y al parecer interminables polémicas
en la historia de la música popular cubana: la paternidad
del mambo.
Hoy, entre músicos que alegan su mejor derecho y musicólogos
empeñados en hurgar en la cuestión, la autoría
del mambo acoge al menos a cuatro nombres en pugna: el del gran
sonero Arsenio Rodríguez; el del compositor y pianista
Orestes López; el de su hermano Israel Cachao López,
bajista y también compositor; y el del propio Dámaso
Pérez Prado.
El vocablo mambo entró definitivamente en los predios de
la música popular cubana en 1935, cuando Orestes López
compuso un danzón titulado precisamente así y lo
llevó a la orquesta de Antonio Arcaño, que comenzó
a tocarlo al año siguiente. No obstante, la palabra figuraba
desde mucho antes en el léxico musicológico y por
eso los hermanos López la utilizaron para definir un nuevo
estilo mambear que llegó a ser conocido como el «danzón
de ritmo nuevo», una modalidad danzonera que varió
de modo fundamental la estructura del danzón clásico
al agregársele una coda donde, para deleite de los bailadores,
se daba mayor libertad a los músicos y se hacían
largas improvisaciones sincopadas.
Así, con el término mambear comenzó a definirse
cualquier tratamiento rítmico también llamado guajeo
o montuno que se caracterizara por conceder libertad, inspiración,
sabrosura, improvisación, polirritmia...
Por otro lado, según Arsenio Rodríguez, el gran
renovador del son en los años 30 y un profundo conocedor
de las tradiciones
afrocubanas, mambo es palabra de origen congo usada en las fiestas
de esa cultura. Algunos estudiosos plantean que Arsenio se inspiró
precisamente en el ritmo de tambores utilizado por estos negros
para hacer el primer diablo o mambo que se grabó en disco,
titulado So, caballo.
Una personalidad tan importante de la música del Caribe
como «Tite» Curet Alonso señala a Arsenio como
inventor del mambo. El respetado compositor boricua y no pocos
musicólogos afirman que para escribir sus primeros mambos
Pérez Prado se nutrió de esos diablos del conjunto
de Arsenio, portadores de una notable capacidad de improvisación
y donde se hacía una especie de contrapunteo que el ciego
llamaba masacote.
Helio
Orovio comenta que desde sus primeros números Arsenio usó
una base rítmica de origen congo que, mezclada con pasajes
instrumentales ejecutados por las trompetas, inspiradas en figuraciones
típicas de los sones montunos de los treseros orientales,
concedieron al nuevo género sus elementos definidores.
Por si faltaran pretendientes, alguna vez Odilio Urfé señaló
que «Una cosa es el guajeo sincopado, que es lo que hace
la mayoría de las orquestas, como la de Arcaño;
otra cosa es el diablo; y otra cosa es el mambo (...) La culminación
del verdadero mambo es el Manzanillo que ejecuta Joseito Valdés
con su Orquesta Ideal». Años después Urfé
diría que «...es el danzón Se va el matancero
(1949), de Israel López, Cachao, el que consagró
definitivamente el ritmo del mambo como el final de los danzones...»
Y mientras otros nombres se incorporaban a la controversia ¿qué
hacía Dámaso Pérez Prado?
Dámaso
Pérez Prado es una de las figuras más universales
de la música cubana. La fructífera carrera de este
pianista, compositor y director de orquesta culminó en
un lugar de privilegio que nadie le disputa: el de Rey del Mambo.
Nacido
en Matanzas el 11 de diciembre de 1916, Dámaso se inició
en la música como pianista de orquestas danzoneras, las
famosas charangas. En 1942 se trasladó a La Habana y luego
de pasar por varias agrupaciones donde solía tocar por
$1.45 la noche, fue solicitado por el notable conjunto Casino
de la Playa, en el que comenzó a cobrar notoriedad como
arreglista.
Ninguna
escuela mejor para él que la capital cubana, pero ésta
también podía ser una jaula de oro en la que su
talento excepcional se viera enrejado por patrones de gusto
y de venta, como en efecto ocurrió cuando la división
latina de la disquera Peer prohibió contratar arreglos
de Dámaso por sus «extravagantes orquestaciones».
Fue entonces que Pérez Prado salió de Cuba hacia
la ciudad que estaba «en la región más transparente
del aire»: el DF mexicano.
Cuando
Dámaso se establece en México, en 1949, ya había
concebido el mambo, pues como afirma Radamés Giro estando
en la Casino de la Playa «las orquestaciones de Pérez
Prado ya tomaban un nuevo derrotero: era el mambo que cuajaba
en la mente del genial compositor cubano».
Famosísimas
bailarinas de la época danzaban al compás del exuberante
ritmo: María Antonieta Pons, Ninón Sevilla y “Tongolele”.
Otros artistas de fama mundial como Silvana Mangano, Brigitte
Bardot, Gingers Rogers y Fred Astaire, bailaron el sensual ritmo.
Era
la época de las guayaberas y los zapatos de dos tonos,
pero el propio Pérez Prado usaba ropa estrafalaria, sacos
largos y zapatos con plataforma para disimular sus l.58 m. de
estatura. Famosos fueron su bigote de chivera y el “bisoñé”
que usaba en los últimos años.
En
el año 1951, se instituyó en México el Disco
de Oro, y se otorgó por primera vez, así: Cantante,
Pedro Infante, cancionista, María Victoria, dúo,
Hermanas Hernández, Trío, Los Tres Diamantes, Conjunto
vocal, Hermanas Reyes, ORQUESTA DÁMASO PÉREZ PRADO,
canción Quinto Patio, de Luis Alcaraz, Compositor, José
Alfredo Jiménez.
Pero
si el mambo de Pérez Prado no era el de los danzoneros
hermanos López, ni el diablo del sonero Arsenio Rodríguez,
¿qué hizo entonces Pérez Prado?
Definiciones
musicológicas aparte, lo que hizo fue, en primer término,
nombrar su música con una palabra pegajosa y probada; y
en segundo, pero más importante lugar, realizar tan significativos
cambios de sonoridad, orquestación y formato, que dieron
como resultado algo musicalmente «nuevo» a partir
de elementos ya existentes. Y esa mezcla singular fue el mambo.
Comentando
un hecho que entonces era noticia a diferencia de los danzones
con «mambo», o a los sones con «diablo»
que de algún modo influyeron en el compositor matancero,
como también el jazz y el swing, el nuevo ritmo de Pérez
Prado traía algo vanguardista y renovador a la música
cubana: una sonoridad diferente que era expresión de una
nueva circunstancia: la vida de la ciudad moderna. 
Para
lograrlo, Pérez Prado trabajó arduamente en la melodía,
la armonía y el ritmo a través de una sección
de metales que se distinguía por el uso de saxofones inexistentes
en el son y el danzón y más propio de la jazz band,
mientras encargaba a la percusión cubana la base rítmica
esencial.
Todas las influencias y hallazgos anteriores pasaron por el fino
tamiz de una concepción renovadora que cristalizaría
hacia 1951, cuando Dámaso graba su segundo álbum
mexicano, Qué rico mambo, vende más de cuatro millones
de copias... Considerando la cifra, se explica uno el por qué
del litigio.
La
mejor definición del ritmo quizás la hizo, también
en 1951, el erudito Alejo Carpentier: «...el mambo presenta
algunos rasgos muy dignos de ser tomados en consideración:
1.
Es la primera vez que un género de música bailable
se vale de procedimientos armónicos que eran, hasta hace
poco, monopolio de compositores calificados de `modernos'; 
2.
Hay mambos (...) de una invención extraordinaria, tanto
desde el punto de vista instrumental como desde el punto de
vista melódico;
3.
Pérez Prado, como pianista de baile, tiene un raro sentido
de la variación, rompiendo con esto el aburrido mecanismo
de repeticiones y estribillos;
4. Toda la audacia de los ejecutantes norteamericanos del jazz
ha sido dejada atrás por (...) el más extraordinario
género de la música bailable de nuestro tiempo».
A
estas alturas éste pudiera parecer un conflicto atizado
por ciertos puristas de los «orígenes» de las
cosas, pero fueron los propios protagonistas quienes echaron leña
a la hoguera. Antonio Arcaño, por ejemplo, dijo en una
ocasión que «Pérez Prado se alejó completamente
del verdadero mambo que creó López (Orestes), pues
con lo que el salió a la calle, y lo que avala al principio,
es la palabra mambo, que ya estaba hecha en Cuba». De ahí
podría concluirse que lo tomado por Dámaso fue la
palabra y no el ritmo. El propio Arcaño, sin embargo, trató
después de zanjar la cuestión con una salomónica
sentencia: «López fue el precursor y Pérez
Prado el creador».
Dámaso, entretanto, aprovechó la altura de su trono
para desentenderse de la controversia. Quizás él
mismo, sabiendo de dónde provenía «todo»
lo que vertió en el mambo y que su paternidad no era total,
prefirió moverse por ramas más anecdóticas
... aunque siempre insistió en que él había
creado algo nuevo.
En
la memoria visual de los cinéfilos hay una imagen que,
como el final de Casablanca, la promesa de Scarlet O'Hara o la
escalera de Potemkim, pertenecen a la galería de lo inolvidable:
es Anita Ekberg, en La dulce vida, moviendo caderas y nalgas al
ritmo de Patricia, uno de los mambos de Pérez Prado.
Pero
antes de llegar al cine italiano, el mambo ya había ganado
carta de ciudadanía mundial y, como muchas veces, la ruta
comenzó por Nueva York, adonde llegó por primera
vez Pérez Prado en 1952. Según Radamés Giro
«...fue tal el arraigo de este género en Nueva York,
que en 1953 el pianista y orquestador cubano Joe Loco organizó
una gira que abarcó las principales ciudades de los Estados
Unidos a la que denominó Mambo-USA, la que repitió
en 1954 con un mayor número de músicos:Machito y
sus Afrocubans, Tito Rodríguez, Damirón,Facundo
Rivero, César Concepción...»
A
la fiebre del mambo sucumbieron renombrados músicos norteamericanos,
al punto que comenzó a hablarse de una «escuela neoyorquina
del mambo», la cual aclimataría la música
«salvaje» y de «arranques caníbales»
delmatancero a un gusto mucho más mediatizado en el que
medraba la edulcorada concepción de los ritmos latinos
de Xavier Cugat.
Músicos
como los dos Titos -Puente y Rodríguez - hicieron aportes
tan significativos que Strom Roberts asegura que «Si Pérez
Prado simboliza el impacto que el mambo tuvo sobre gran parte
del público estadounidense, Tito Puente y Tito Rodríguez
simbolizaron su logro de creatividad». Pero el mambo no
sólo ejerció su embrujo sobre la música latina,
sino que también hizo aportes al jazz norteamericano.
En
reconocimiento a esa mutua influencia quedan, entre otros muchos
testimonios, el Mambo a la Kenton, que Dámaso dedicó
a Stan, y Viva Prado, que aquél compuso a quien siempre
reconoció como creador del mambo. Otro tanto, dicho sea
de paso, hicieron Artie Shaw y Dizzie Gillespie.
Sea
obra de quien sea, lo cierto es que el mambo, junto al cha-cha-chá
y el rock-and-roll, fueron la bomba musical de los 50. Su onda
expansiva estremeció todas las latitudes y el responsable
no fue otro que Dámaso Pérez Prado... El Rey del
Mambo estableció así una monarquía, eterna
y única, capaz de convertirlo no sólo en uno de
los músicos populares más influyentes del siglo,
sino también en el hombre a cuyo simple antojo el mundo
entero exclamaba ¡Uhhh!
Y todo gracias a esa cosa loca llamada mambo. |