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| El Veraz. | San Juan, Puerto Rico |
Semblanza de Fidel Castro

Por José Ignacio Rasco

EL BINOMIO CASTRO REVOLUCIÓN

Sin duda alguna, Fidel Castro es una figura que ha traspasado los linderos nacionales. Igual que su revolución. Entre ambos fenómenos se produce un paralelismo increíble. La revolución es un autorretrato del propio Castro. El ha sido el actor y el autor de toda esa gran tragicomedia que ha sido conocida y reconocida en las cuatro esquinas del mundo.

Uno de los errores más nefastos que cometió la dirigencia política, -y las no políticas-, en Cuba fue no reconocer la potencialidad del causante. La subestimación del personaje facilitó el camino revolucionario. Castro ha resultado el actor teatral más notable del siglo XX con un innegable carisma y talento para la intriga, el suspenso y el engaño más refinados. Si Luis XIV podía decir que «L'etat c’est moi», Castro podría reclamar que «La Revolution c'est moi».

Castro y la revolución son mellizos, por no decir que son siameses. Castro se anticipó al descubrimiento de la clonación al lograr tal semejanza entre él y su hechura revolucionaria. Su omnipotencia ha sido tal que no se ha movido hoja del proceso revolucionario que él no la haya soplado. Aquí ha estribado también su estabilidad y su fortaleza, que con la improvisación y el cálculo, la alevosía y la traición, produjeron no una reforma, sino una verdadera revolución de las estructuras que se suponían más sólidas en la sociedad cubana. No fue revolución de «curitas y mercurocromo» como él mismo señaló. Pocas veces en la historia se ha vuelto del revés un país, de modo tan absoluto, como en el caso cubano.

Intentemos penetrar un tanto la personalidad compleja del dictador cubano. El hecho de haber conocido y tratado de cerca a Castro desde el bachillerato hasta graduarnos en la misma promoción de 1945 en el Colegio de Belén. Y luego convivir en la etapa universitaria, y aún algo después de su triunfo, me permite tener una visión muy personal del sujeto. Aunque todo lo que digo es verdad no creo tener toda la verdad. Otros han conocido diversas facetas de la escurridísima figura. Con algunos de ellos he podido corroborar mis apreciaciones. Trato, pues, de presentar el caso de acuerdo con mi experiencia, la que he de exponer del modo más objetivo posible.

TESTIGO DE CARGO: EL CASTRO QUE YO CONOCÍ

LA ETAPA BELEMITA

Recuerdo a Fidel cuando llegó al Colegio de Belén con un aspecto un tanto «aguajirado», de muchacho de campo, de tierra adentro. Entonces era bien retraído, tímido, un poco cortado por su situación familiar y social. Como es sabido, Fidel era hijo ilegítimo de Ángel Castro y de Lina Ruz, quien llegó a la finca en calidad de sirvienta y terminó siendo la señora de la casa. Don Ángel era un español rancio, que había desembarcado en Cuba como soldado español para pelear contra los independentistas cubanos. Luego de terminada la guerra regresó a España, pero más tarde volvió a Cuba para hacer fortuna -y la hizo- como terrateniente, al parecer, de poca ética en sus negocios. Se convirtió en un rico latifundista. Al decir de algunos era persona tosca, de modales rudos y duro con su hijo más rebelde, que era Fidel. Tal vez esta situación fue un factor en la decisión de enviarlo lejos, primero a Santiago de Cuba y luego a La Habana, a colegios privados de familias de clase media en su mayoría, pero que se caracterizan por su gran disciplina académica, su sólida formación moral y el amor a los deportes.

El recién llegado de Birán, provincia de Oriente, cargado ya de ambición y con tenacidad más gallega que cubana, (Fidel es el más gallego de todos los cubanos) llegó a brillar en los deportes. Sobresalió en campo y pista, en «basket ball» y en pelota. Resultó un «all star» del colegio.

Horas y días enteros de vacaciones los utilizaba para practicar los deportes. Si no encontraba catcher tiraba la pelota contra los muros del cabaret Tropicana que lindaba con los patios del colegio. Podía ganar las carreras largas de 400, 800 y 1000 metros a veces en una misma tarde.

Era un «caballo» de carrera. El único deporte que nunca pudo practicar fue el de salto de garrocha, en el que yo fui campeón intercolegial (entonces era bien flaco). Yo lo mortificaba bromeando cuando le decía que no podía saltar garrocha porque «es el único deporte que las mujeres no practican», (ahora sí por cierto) lo que le enfurecía transitoriamente. Luego el mismo lo comentaba con otros, pero ya en buen tono, cosa, por lo demás, muy rara puesto que carece de sentido del humor. No sabe reírse de sí mismo.

La gravedad solemne suele ser su modo ordinario de conversar. Anda muy ajeno al choteo cubano, no obstante ser ameno en su conversación, en la que gusta más de la hipérbole y del suspenso.

No era buen estudiante, «un filomático», como decíamos en Cuba, que sólo sabía estudiar sin participar en otras actividades . Pero siempre sacaba sus notas con buenas calificaciones aunque sin pertenecer a los primeros de la clase. Estudiaba a última hora con vista a las pruebas. Entonces era capaz de dormir poco. Y se pasaba días y noches preparándose para los exámenes. Con su prodigiosa memoria era capaz de aprenderse, al pie de la letra, cualquier texto. Como alarde solía arrancar las páginas de un libro una vez que las archivaba en su memoria. Era un verdadero «computer». Luego podías preguntarle lo que decía el libro de sociología, por ejemplo, en la página 50, y te la repetía con punto y coma. Recuerdo que en el último año le quedaron varias asignaturas pendientes del primer semestre. La norma entonces era que si no pasabas las asignaturas en el examen del colegio no podías ir al del Instituto para obtener el título «oficial» que daba el Ministerio de Educación. Fidel retó al inspector del año, el P. Larrucea, para que lo dejara examinar todas las materias pendientes y que si sacaba 100 (el máximo) en las pruebas de Belén podía ir al examen del Instituto. Parecía imposible que lo hiciera en tan pocos días, pero lo logró. Si no recuerdo mal las asignaturas examinadas eran Francés, Lógica e Historia de América.

Algo similar hizo después en la Universidad, pues se atrasaba en los cursos por sus actividades políticas, pero luego se ponía al día, con noches de insomnio, y era capaz de sacar más de una docena de asignaturas, «por la libre», aprendiéndose los códigos de memoria.

Otra cosa que parecerá absurdo a muchos es la timidez inicial que padecía para la tribuna. En Belén había una Academia Literaria, «La Avellaneda», en la que el ilustre P. Rubinos daba clases de oratoria. Pero para ser miembro de la Academia había que pasar una prueba que consistía en hablar durante 10 minutos, sin papeles, sobre un tema que se le daba al aspirante una hora antes. Pues bien, Fidel falló tres veces la prueba antes de pasarla. El profesor decía, viéndole sufrir en el podium: «si le pones cascabeles en las rodillas nos da un concierto de música». Tanto era su nerviosismo. De más está decir que pronto venció con creces sus timideces oratorias iniciales.

En un debate oratorio público que tuvimos en el colegio sobre la Democracia, a Fidel le tocó justificar la necesidad del «dictador bueno». Pero, en otra ocasión similar, fue un defensor de la enseñanza privada, mientras que a mí me tocó convertirme en abogado de la enseñanza estatal, en un debate que fue moderado por el Dr. Ángel Fernández Varela, entonces profesor del colegio, y en el que participaron también Valentín Arenas, Ricardo Díaz Albertini, Jorge Sardiña, Francisco Rodríguez Couceiro y otros. Por cierto que en la crónica sobre el acto del periódico comunista «Hoy», el periodista se burló de Fidel a quien llamó despectivamente «el casto Fidel» al abogar por la educación privada y católica. ¡Ironías de la vida!

Entre las «locuras» de Fidel en el colegio, quiero recordar la apuesta que hizo con Luis Juncadella de que era capaz de tirarse de cabeza en bicicleta andante, a toda velocidad, contra una pared en las amplias galerías del colegio. Y lo hizo, al precio de romperse la cabeza y terminar inconsciente en la enfermería. Siempre he visto este absurdo episodio como una prefiguración de su ataque al Moncada en su afán de notoriedad. Sólo que en el Moncada embarcó a mucha gente, y, en el momento decisivo, él no chocó contra el cuartel.

Hijo de un padre rico Fidel siempre tenía dinero en el bolsillo, pero el dinero para él, no significaba nada, sólo era un medio para el poder. Lo único que le interesaba era el poder.

Dos profesores de Belén, el P. Manuel Foyaca de la Concha y el P. Miguel Ángel Larrucea, tuvieron temprano conocimiento de la personalidad de Castro. La opinión de Foyaca tenía un gran valor pues era un sociólogo cubano bien avanzado, nada reaccionario, que incluso había sido acusado de izquierdista por algunos católicos derechistas. Foyaca detectó y denunció enseguida el cariz comunista del Ejército Rebelde y de la Reforma Agraria promulgada. Larrucea nunca simpatizó con el díscolo belemita al que ya en Quinto Año de Bachillerato tuvo que quitarle violentamente una pistola que escondía bajo su camisa.

Un profesor ilustre, famoso orador y conferencista internacional, el P. Alberto de Castro y Rojas, que nos enseñaba Historia de Cuba, llegó a tener una íntima amistad con el chico de Birán. Y durante la etapa de la Sierra, en un popular programa de televisión que trasmitía en Caracas, defendió mucho a su antiguo discípulo, pero tan pronto llegó a La Habana, a principios de 1959, se dio cuenta del sesgo que tomaban las cosas y se espantó de lo que venía sobre Cuba.

A petición mía Alberto de Castro ha escrito un Informe sobre sus relaciones con Castro desde los días de CONVIVIO, círculo de estudios que había fundado en el colegio en 1942. Del largo resumen que me envió de Castro (ningún parentesco con Fidel) transcribo literalmente lo que resulta más atinente para nuestro análisis. Dice así:

«Su finalidad (la de Convivio): agrupar muchachos inteligentes y varoniles, con madera de jefes, y comprometerlos a estudiar y defender a ultranza los valores básicos de la cultura española y ajustar sus ideales políticos a la tradición histórica-jurídica de los pueblos hispanos. La rigurosa selección se hizo entre los jóvenes más prometedores que estaban cursando ya los últimos años del bachillerato.

Desde su fundación Fidel Castro fue invitado para figurar como miembro activo del CONVIVIO. Aceptó con entusiasmo, pero no asistía con formalidad a las reuniones. Creía suplir este incumplimiento con sus frecuentes consultas privadas al Padre Alberto.

En 1945, cuando Fidel se graduó de bachiller, hizo expresamente un viaje de La Habana a Santiago de Cuba para pedirle al Padre Alberto que lo nombrara Presidente del CONVIVIO, pues deseaba figurar como líder para abrirse paso en la Universidad. Alberto le contestó: «Yo no nombró al Presidente, lo eligen ustedes mismos». Y los miembros de CONVIVIO eligieron por unanimidad a José Ignacio Rasco.

No obstante, Fidel siguió figurando como miembro de CONVIVIO y cuando años más tarde él se convirtió en uno de los líderes estudiantiles más influyentes de la Universidad, siguió tratando a sus compañeros de CONVIVIO con gran consideración.

A raíz del triunfo de la Revolución Cubana, apenas Fidel entró en La Habana, preguntó a los Jesuitas por el paradero del Padre Alberto. Enterado de que vivía en Caracas (donde se había convertido en una de las figuras más destacadas de la televisión venezolana), le envió pasaporte diplomático con el nombramiento de Comisionado Cultural at large en Europa y en América y le rogó que fuera a La Habana para consultarle. Al verlo llegar al Havana Hilton, interrumpió el mitin que estaba celebrando, lo abrazó estrechamente y le preguntó: ¿Y CONVIVIO? Alberto le contestó: en estos momentos el abanderado de CONVIVIO eres tú, confío en que cumplas su ideario.

Esta primera entrevista duró varias horas y durante ella Fidel recibía, en presencia del Padre Alberto, a todo el mundo y despachaba los asuntos urgentes. Alberto cayó en la cuenta de los equívocos ideológicos que ya se podían detectar en Fidel y tuvo muestras de su crueldad (por la manera en que resolvió el caso de los aviadores) y puso sobreaviso a los superiores de la Compañía de Jesús en Cuba.

El 23 de enero de 1959 Fidel se presentó en Caracas. El gobierno venezolano nombró al Padre Alberto para formar parte del comité de recepción. Fidel no perdió el tiempo y enseguida se encerró con Alberto en un cuarto muy privado y comenzó a darle cuenta de todos sus proyectos: quería luchar contra el imperialismo americano buscando el apoyo de Rusia ¿Para qué esa lucha -le objetó Alberto- si semejante actitud no entra para nada en el ideario de CONVIVIO? Y añadió: me temo que por ese camino te vas a convertir en prisionero de tu propia victoria. Porque eres joven e inexperto y los rusos zorros viejos, que no tardarán en pasarte la cuenta. ¿Acaso eres tú comunista? Fidel afirmó tajantemente. «Por mi honor que ni soy ni seré jamás comunista. Eso no lo olvide, para su buen gobierno, aunque las apariencias me hagan aparecer como tal. Sólo por conveniencias de momento. Pero quiero acabar con las clases privilegiadas y no decepcionar al pueblo cubano. Le juro que me inspiro en el Evangelio. Yo necesito su concurso.

«Confidencialmente a mí Cuba me resulta muy estrecha, por eso, aunque de hecho mando, como líder de la Revolución, todavía no he querido aceptar ninguna responsabilidad de gobierno. Mi aspiración suprema es poder sentarme a gobernar el mundo entero en una misma mesa con el americano, el ruso y el chino. Yo como representante del bloque de naciones iberoamericanas».

Pocos meses después Alberto (sin perder del todo la esperanza de hacer recapacitar a Fidel) celebró con él una última entrevista. Lo recibió en Cojímar y lo retuvo desde la diez de la mañana hasta la cuatro de la madrugada. A todo el que recibía (entre otras audiencias estaban la del Embajador americano Bonsal y el Ministro del Estado Agramonte) le decía que el Padre Alberto era la persona a quien más él debía en este mundo. Esto resultaba muy comprometido y, por desgracia, trascendió a Venezuela, donde la prensa comenzó a publicar que el Padre Alberto de Castro era la eminencia gris del gobierno. Pero recordemos sus palabras en la entrevista de despedida con Fidel:

«Fidel, te lo advierto con cariño: estás completamente desenfocado. Vuelve a la cordura. Cuba es uno de los países mejor conseguidos y de más alto nivel de vida de toda la América hispana. Además está situada en el área del dólar, con un cambio del peso a la par. Tú dices que es una colonia económica de los americanos. Eso no es más que una frase boba. Es demagógico y nada pragmático calificar eso de «imperialismo». Si te pones a coquetear con los rusos vas a dejar a Cuba en grave riesgo de convertirse en plaza fuerte paupérrima de Rusia. Dices que quieres convertirla en una Holanda o una Suiza. ¿Y cómo? No seas iluso. Tú me dices que tu «comunismo» no tiene nada que ver con el modelo ruso, porque es autóctono y está inspirado en la doctrina del Evangelio.

De mí no esperes ningún tipo de colaboración. Como sacerdote y amigo estaré siempre dispuesto a hacerte un favor personal. Pero ideológicamente nos separa un abismo. Creo que todavía estás a tiempo, el pueblo cree en ti y está dispuesto a ayudarte. No lo traiciones.

Después de esta despedida, Fidel, que es muy empecinado, envió por lo menos un par de mensajes a Alberto, para que fuera a Cuba a colaborar. Pero Alberto ni le contestó. Se limitó a no hablar mal de Fidel en público, para no amargarlo, por si algún día lo necesitaba como sacerdote».

EN LA COLINA UNIVERSITARIA

El contacto con la Colina Universitaria cambió radicalmente la actitud de Castro. Sin los contrapesos morales y religiosos que moderaban su conducta colegial, se sintió libre de toda atadura o compromiso. Inicia una etapa anárquica en su vida en la que pierde la poca o mucha fe que había adquirido en los claustros belemitas. Le entra una fiebre de publicidad, de darse a conocer por sus extravagancias, rarezas y aventuras. Suelta toda timidez o sentido de la moderación; el narcisismo y la megalomanía se apoderan de su persona.

Su primer discurso. en plan de líder universitario, fue el 27 de noviembre de 1947, aniversario del fusilamiento de los estudiantes de medicina durante la colonia. Para preparar el discurso se pasó tres días en mi casa. Quería que lo ayudase a redactarlo. Así fue. Le di un contenido que, según Pardo Llada, resultaba demasiado martiano. Se aprendió el discurso de memoria y lo ensayó varias veces.

En esta etapa su afición por las pistolas se desató. Se afilió al grupo gangsteril de la UIR (Unión Insurreccional Revolucionaria), que dirigía Emilio Tro, rival de otro grupo pandillero, el MSR (Movimiento Socialista Revolucionario) que comandaba Rolando Masferrer. En verdad Castro procuraba evitar roces peligrosos entre ambos grupos contendientes, y a veces coqueteaba con ellos y sus líderes. Tan pronto era perseguidor como perseguido. Todos estos afanes peligrosos le daban cierta jerarquía machista entre algunos dirigentes estudiantiles. Se le consideró autor o cómplice del asesinato, o tentativa de asesinato, de algunos líderes universitarios, entre otros, de Manolo Castro, Justo Fuentes y Leonel Gómez, pero, en verdad, las pruebas no aparecieron nunca. El propio sospechoso con frecuencia dejaba correr el rumor y la intriga. Tuvo un fuerte altercado con Francisco Venero, policía universitario, cuando éste trató de desarmarlo. Según algunos, lo fusiló más tarde en la Sierra Maestra. También se le acusó del atentado a Óscar Fernández Cabral, sargento de la policía universitaria, el 6 de junio de 1948.

En cierta ocasión viajábamos en un auto con varios amigos y Fidel nos pidió que lo lleváramos. Y al cruzarnos con otro vehículo, el propio Fidel de pronto se agachó y dijo: «creía que esa gente me iba a matar pues son muy vengativos». A la sorpresa siguió el silencio y el agachado estudiante se bajó pocas cuadras después. Nunca pudimos lograr que nos explicara aquella actitud.

Cuando fundamos, en 1948, el Movimiento Pro-Dignidad Estudiantil, con Valentín Arenas, Pedro Romañach, Pedro Guerra y otros compañeros, en un afán de adecentamiento y reformas universitarias, Fidel mostró algún interés en él, aunque dijo estar comprometido con otros grupos. Me cuenta un amigo común que en cierta reunión de la FEU alguien sugirió liquidar a varios líderes para abortar el Movimiento, pero Fidel adujo que esos dirigentes amigos y condiscípulos de él éramos «intocables», no obstante andar en bandos opuestos. Sin embargo, las amenazas de muerte contra varios de nosotros, y de nuestros familiares, nunca cesaron.

Castro nunca pudo ganar la presidencia estudiantil de la Escuela de Derecho ni de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria). Su amor por la urna apenas se probó en alguna delegatura de curso. Su actuación básica operaba más detrás de las bambalinas que en las candidaturas electorales. Siempre andaba muy vinculado a elementos marxistas. Sin duda la mayor influencia que pesó sobre él fue la de Alfredo Guevara, comunista de partido, con gran poder de persuasión. Otros que giraban en la órbita fidelista eran Baudilio Castellanos, Benito Besada, Walterio Carbonell, Álvarez Ríos, Mario García Incháustegui, Lionel Soto, Luis Más Martín, Núñez Jiménez, Leonel Alonso, Flavio Bravo y otros simpatizantes del comunismo.

Para cierto público, ajeno a la universidad, el nombre de Fidel Castro se iba dando a conocer como el de un joven intrépido que a ratos alborotaba la opinión pública, en comparecencias radiales, en un artículo de prensa, o en alguna de sus aventuras, como cuando logró traer la histórica campana de la Demajagua a la Universidad de La Habana. Pero para algunos estudiantes su fama se reducía al tríptico de botellero, gángster y comunista. Se decía que tenía una botella (empleo del gobierno que se cobraba, pero no se trabajaba) en el Ministerio de Educación, pero en realidad nunca se supo de prueba suficiente. Lo del amor por el gatillo era vox populi y lo de comunista ya era asunto polémico. Recuerdo que en 1958, se me invitó a una reunión de directores de bancos, para que explicara la personalidad de Fidel. Para gran escándalo de algunos señores (que vendían bonos del 26 de julio) desarrollé el tema tríptico: comunista, gángster y botellero. Solamente tres o cuatro de ellos me dieron la razón. Los demás defendieron al sujeto en cuestión. Uno fue miembro luego del gobierno, pero todos murieron en el exilio totalmente desengañados.

Ruly Arango, otro amigo y condiscípulo del colegio y de la universidad, durante un tiempo fue «room mate» de Fidel en el Hotel Vedado cerca de la Universidad. Ruly trataba de catequizar al neoescéptico ex-alumno de los jesuitas, que antes se santiguaba en los juegos de baloncesto y hacía promesas y rezos en la capilla para ganar en toda competencia. Me acuerdo que una vez Ruly lo invitó a asistir a un retiro espiritual, de un día, en la Agrupación Católica Universitaria (ACU). Fidel se apareció muy tarde, pero pudo conversar al final con el grupo y también con el famoso P. Felipe Rey de Castro, el fundador y director de la ACU. Su comentario sobre el estudiante revolucionario: «Muchacho de grandes cualidades de liderazgo, pero muy desorientado. En algo me recuerda a Manolo Castro, (otro dirigente estudiantil de muchos años y bien conocido en aquellos días), pero creo que es más ambicioso y temible que Manolo, el otro Castro» (sin relación familiar).

En la Plaza Cadenas, junto a la Facultad de Derecho, un buen día en 1948, me encontré con Fidel. Durante dos horas estuvimos conversando. Me contó de sus lecturas de Malaparte, Hegel, Lenin y Marx. En aquellos días pensaba en la necesidad de dar un golpe de estado. Y me asombró su conocimiento de la dialéctica hegeliana y de la estrategia leninista. Ya se sabía de memoria el ¿Qué hacer? de Lenin. Y me dio una clase sobre la plusvalía de Marx. Entonces me dijo que había tomado cursillos de esos temas en Carlos III (sede del Partido Comunista) y trató de convencerme, con celo apostólico, que yo debería asistir y comprar los libros «que allí se venden tan baratos».

Otras veces se jactaba de saberse el Mein Kampf de memoria. A través de sus lecturas aprendió el poder de la mentira repetida como arma esencial de la propaganda. También recitaba párrafos enteros de discursos de Primo de Rivera y de Mussolini, así como del libro ¿Qué hacer? ya mencionado, que lo aplicó en Cuba fielmente desde el propio año 59.

Otra anécdota histórica. En la antesala del examen oral de la asignatura de Propiedad y Derechos Reales, Castro pronunció una filípica contra la propiedad privada de una violencia increíble. Nunca lo había visto tan frenético y ante testigos, compañeros de clase, disparatar de ese modo, haciéndose eco de la interpretación de Marx sobre la plusvalía. Señaló que esa asignatura, y todo el Derecho Romano, debía eliminarse del curriculum, ya que «la propiedad es un robo» como decía Proudhon.

Luego continuó con un ataque despiadado al capitalismo, a la industria azucarera cubana «controlada» en su totalidad por los intereses norteamericanos (lo cual desde luego, no era cierto) por lo que era necesario una revolución radical para «expulsar al gringo» y controlar toda la estructura productiva por el Estado. Fidel apelaba a Walterio Carbonell para que corroborara lo que el decía. Y Walterio asentía más con la cabeza que con las palabras. Walterio era un comunista de partido, hombre bueno y sencillo, negro criollo, que se incorporó a la revolución y luego fue defenestrado como tantos otros por alguna diferencia con el partido.

Estábamos en tercer año de la carrera, cuando andábamos en los líos de una asamblea para hacer una constitución universitaria. Me tropecé con Fidel y acordamos una cita para analizar los problemas de la universidad. Por sugerencia suya nos debíamos reunir fuera de la universidad, en una casa del centro de La Habana (creo que estaba en la calle Lealtad). La entrevista se convirtió en una conversación sin mayor importancia. Pero lo que me llamó la atención fue la copiosa literatura marxista de libros, folletos y revistas almacenados. Y el lugar resultó el local «donde duerme» Alfredo Guevara. Algún material era publicado en Cuba, pero la mayor parte provenía del extranjero y se repartía para América Latina. Un grupo de Pro-Dignidad Estudiantil descubrió en los locales de la FEU parte de la literatura preparada para enviar a diversos países. Se produjo una reyerta y tuvo que intervenir la policía universitaria.

La participación de Castro en la Asamblea Constituyente Universitaria fue más de bambalinas que de actuación pública; allí estuvo aliado a elementos gangsteriles y socialistoides que nos combatían en todas las formas, incluso con amenazas de muerte para nosotros o nuestras familias. Terminamos la Universidad en 1950. A Castro todavía le quedaron algunas asignaturas pendientes, pero pronto terminó sin apelar para ello a las pistolas como se ha dicho erróneamente.

En el año 1952 el golpe de estado del 10 de marzo dio comienzo a la dictadura batistiana, que rompió el orden constitucional y desencadenó un trágico proceso de violencia y sangre.

Nuestras discrepancias con Fidel aumentaron. Él entendía que la única forma de lucha era la del alzamiento y el hostigamiento violento por medio del terror, de la bomba indiscriminada y de los atentados personales, lo que culminó con el desastroso e irresponsable ataque al Cuartel Moncada y al de Bayamo. Nosotros creíamos en la posibilidad de la vía electoral. Nos enrolamos en el Partido de Liberación Radical que formamos con Amalio Fiallo, Manuel Artime y algunos veteranos de los asaltos a los cuarteles de Santiago de Cuba y de Bayamo que, con muy buena fe, habían participado en esos afanes belicistas. Pero todos aquellos esfuerzos fracasaron por la intransigencia del gobierno y de la oposición. Las grandes mayorías se tornaron apáticas y desinteresadas de toda política; Castro aprovechó la oportunidad para lanzar el movimiento guerrillero y para desarrollar una increíble propaganda en favor del Ejército Rebelde y de su caudillo máximo. Fue, para Cuba, el pírrico triunfo de las armas sobre las urnas.

En verdad se impuso una técnica de guerrilla psicológica, con una publicidad bien orquestada que logró crear un clima de inseguridad y de desestabilización que el barbudo de la Sierra supo promover y capitalizar desde el principio. Grupos opositores de magnitudes superiores fueron ignorados y destruidos por la mítica leyenda heroica de la Sierra, del Robin Hood. Muchos elementos civiles fueron rindiéndose a los úcases y deseos del líder que boicoteaba toda negociación pues quería «todo el poder para los soviets», aunque todavía aseguraba a la prensa que él no era comunista, mientras ya el Ejército Rebelde recibía lecciones de adoctrinamiento marxista-leninista. Y el New York Times y Mr. Mathews le servían a Castro de sonora caja de resonancia.

EN EL NUEVO RÉGIMEN

En 1959, a partir de enero, la euforia y la confusión se enseñoreaban del panorama cubano. Los dueños del periódico Información estaban bien preocupados por la situación. Sabiendo de mi conocimiento del líder revolucionario me pidieron que fuera a Santiago de Cuba a otear el ambiente. Yo era entonces ejecutivo y columnista del periódico, así que me fui acompañado por Fernando Alloza, un gran reportero, republicano español, que había sido dirigente comunista en sus años mozos, por lo que era un magnífico detector de los síntomas que otros todavía no querían reconocer. Allí supimos de los primeros y horrorosos fusilamientos dirigidos por Raúl Castro. Hablamos con muchos amigos, con gran cautela, pues el embullo, aun entre la gente más anticomunista, era desconcertante. Uno de los pocos que analizaba muy preocupadamente la situación era el Dr. Fermín Peinado, profesor universitario, dirigente católico y que había sido comunista también en su juventud. Para él no había dudas de la fuerte tendencia marxista de muchos dirigentes del 26 de julio. Volvimos a La Habana, y dos de los dueños del periódico Información, José Ignacio Montaner y Pedro Basterrechea, nos pidieron que tratáramos de ir a Santa Clara para ver a Castro antes de que se presentara en La Habana. Y así lo hicimos.

El 6 de enero -dos días antes de que el «Máximo Líder» llegara a la capital- nos entrevistamos con él en un rincón del Gobierno Provincial de Santa Clara. Allí conversamos a solas con Castro, Alloza y yo. De vez en cuando interfería Celia Sánchez que cortaba la entrevista pues Fidel tenía que salir para Cienfuegos a un mitin público.

Luego de preguntarme por Estela, y de amenazar con ir a casa a comerse un arroz con pollo, me comenzó a criticar a Belén, a la oratoria de Rubinos y a «toda las boberías que nos enseñaban allá». Añadió que no tenía la menor intención de visitar el colegio, que los curas le habían negado el permiso a algunos empleados para ir al Moncada. Por cierto, varios de los que fueron murieron en el asalto. Fidel oscilaba entre un afecto jacarandoso y momentos iracundos. Nos hizo una apología del papel que habían jugado los comunistas en la lucha contra Batista y echó pestes contra los Estados Unidos. Se burló con ironía y sarcasmo de figuras políticas muy vinculadas a la revolución, muchas de las cuales integrarían el Gabinete con Urrutia. Trató de refutar nuestras observaciones críticas y, en algún momento, perdió la ecuanimidad. No obstante se quiso retratar con nosotros y enviar un saludo al pueblo de La Habana, de su puño y letra, a través de Rasco y Alloza. Nos dijo que fuéramos a oírlo a Cienfuegos. Cosa que hicimos. Allí dio un mitin público, de madrugada, con un tiempo friolento, y desbarró incoherentemente contra los Estados Unidos, el embajador norteamericano y otros elementos «contrarrevolucionarios». Volvió a hablar de los imaginarios 20,000 muertos de Batista. Hablaba inconexamente, balanceándose como si estuviera algo borracho.

Pero al salir de la entrevista de Santa Clara, antes de ir para Cienfuegos, pudimos ver a muchos compañeros comunistas de la universidad. Allí nos encontramos también con otros amigos no comunistas, algunos de los cuales, bajaban de la Sierra. Entre ellos, Manolo Artime y Pardo Llada, que estaban aterrados de la penetración comunista y de la fría crueldad de los jefes implacables.

Regresamos a La Habana. Allí hablamos con obispos, embajadores, políticos y amigos. Pero entonces tampoco «nadie escuchaba». En el campamento de Columbia, donde ocurrió el fenómeno calculado de la paloma, salimos preocupados con el discurso de nuestro antiguo compañero de aulas.

El discurso del 8 de enero de 1959 en Columbia no era el clásico discurso criollo del triunfo, de fiesta y alegría. Nada de reconciliación ni de apaciguamiento, en un momento en que todo el mundo quería convivir en paz y unión. Fue una típica pieza dialéctica de guerra, de amenaza y divisionismo, a pesar de aquello de ¿armas para qué? Sólo para desarmar a cualquier competidor. Un ataque violento al Directorio Revolucionario, contra Rolando Cubelas y Faure Chomon.

Un querido profesor de Belén, embobado con la revolución, al día siguiente del discursito de la paloma me dijo, al ver mis observaciones de aguafiesta: «Tienes el diablo metido en el cuerpo, le tienes envidia a tu compañero de curso... tú le ganarías en el colegio... pero ahora él es quien va a triunfar...»

Aquel profesor, deslumbrado muchos años con la revolución, al fin murió en el exilio. Así andaban los ánimos pasionales por aquellos días. Aun los más doctos sucumbían ante el hechizo carismático de Fidel y de la paloma que cayó sobre sus hombros, que algunos blasfemos decían que era el Espíritu Santo.

El 22 de enero frente al Palacio Presidencial, Fidel convocó a una gran concentración donde la gente masivamente pedía «¡paredón! ¡paredón!» para los batistianos, «asesinos de 20,000 cubanos». Erizaba ver aquella multitud fanatizada y engañada por una demagogia bien calculada y, alrededor del líder, algunos «burgueses» ya en el gobierno o aspirando a entrar, con caras hoscas: engreídos, pretendiendo ser más jacobinos que nadie; confundidos con el triunfo que pronto los defraudaría.

A la salida de Palacio Castro se encontró conmigo y de sopetón me dijo: «Tú vienes también a Venezuela, ¿verdad?» «No pensaba», le contesté, «y además, no he sido invitado como periodista». Y dio órdenes entonces a algún ayudante para que me pusieran en la lista. Así fue.

La organización y la salida de aquel viaje fue todo con gran desorden y atraso. Al llegar a Maiquetía, la escalerilla del avión se desbarató por el peso de la aglomeración de visitantes y visitados y caímos todos al suelo. Una de las azafatas se fracturó alguna costilla y tuvimos que llevarla, junto con otros al hospital más cercano en La Guaira. Así que salimos de allí en ambulancia. En este viaje un miliciano murió víctima de las hélices de un avión.

El entusiasmo popular fue desbordante. Se veía a Castro como un nuevo Bolívar, lo que aumentaba su megalomanía afirmando públicamente que la nueva Sierra Maestra debería ser Los Andes.

En la Embajada de Cuba, en Caracas, nos reunimos con él, el P. Alberto de Castro y Celia Sánchez, a ratos, en un cuarto de baño, pues era el único espacio libre de gente que quedaba en la Embajada. Allí Castro me juró que no era comunista, sino «humanista» y como «prueba» me mostraba las medallitas que llevaba en una cadena al cuello, todo lo cual «se la habían regalado varias mujeres y hasta una monjita» en su cabalgata de Oriente a La Habana. Y echó pestes de algunos comunistas. Pero cantinfleó bastante al tratar de justificar algunas medidas revolucionarias adoptadas de corte totalitario y comunistoide. Nos pidió que lo ayudáramos en sus luchas, sin más precisión.

En Venezuela pudo engañar a casi todo el mundo menos al sagaz Rómulo Betancourt, ex-comunista, que detectó, y nos confesó, la peligrosidad de Castro.

Pocos días después me llamó Castro para que le preparara un proyecto de ley sobre la prensa, a fin de acabar con los subsidios y botellas que recibían muchos periódicos en Cuba a costa del erario público. Yo me reuní con algunos periodistas amigos, miembros del Bloque de Prensa, y elaboramos un modesto esquema, totalmente democrático y liberal, que le entregué personalmente a Castro y que debió ir al cesto de basura rápidamente. Pero lo más interesante del caso fue que me pidió que se lo entregara en el Hotel Hilton donde tenía uno de los lujosos asientos de su poder. Lo esperaba en el «lobby» del Hotel, repleto de gentes importantes, del viejo y nuevo régimen, que querían ver a Fidel para interceder por los presos y por otros amenazados con el paredón. Pero Castro entró al salón sin saludar a ninguno de los personajes que allí estaban. Y se dirigió a un guajirito infeliz, su compañero en la Sierra. Lo abrazó, lo agasajó y gritó para que todos oyeran que «con éstos son con los que hay que gobernar, no con la partida de arribistas que están aquí». Y le dijo a Celia que le diera todos sus teléfonos y que él podía visitarlo aún cuando estuviera en una reunión en Palacio.

Luego de tantas zalemas y desprecio me pidió a mí y a otros, que lo acompañáramos a su despacho. Cuál no sería mi asombro cuando tan pronto entramos en el ascensor le ordenó a su ayudante que prendiera a ese guajirito -creo que su apellido era Rodríguez- que antes había saludado con tanta emoción.

Pero, eso sí, ordenó «que fuera el Che quien lo hiciera». El Che, consternado, cumplió y lo encerró en La Cabaña sin dar explicaciones. Pero para muchos revolucionarios aquella decisión fue absurda e incomprensible. Se trataba de un capitán de la Sierra. Las protestas no se hicieron esperar.

Poco días después tuve que ir a Palacio con un grupo de profesores y alumnos de la Universidad de Villanueva, para protestar contra aquella absurda Ley 11 que era un ataque directo a la Universidad de Villanueva y a otras universidades privadas. La ley desconocía y anulaba los títulos y exámenes habidos durante la insurrección contra Batista. Llegué una hora antes de la cita para imponerle a Castro de la injusta situación que, desde luego, no quiso resolver, no obstante sus palabras al grupo que vino a reclamarle.

Mientras llegaban los visitantes, presididos por Mons. Boza Masvidal, a la sazón nuestro rector de la Universidad de Villanueva, Fidel se burlaba de su Ministro de Hacienda (Rufo López Fresquet) por sus impuestos a la crónica social. Luego llegó el Che Quevara quejándose de lo absurdo de prender al capitancito guajiro de la Sierra «ya que no era batistiano, ni latifundista, sino que había sido compañero diario en la lucha, que nos hacía café...»

De pronto Castro se abalanza sobre el Che, lo agarra por la solapa y le dice «pero Che no seas comemierda, ¿no te acuerdas de quién era ese en la loma...? Era el anticomunista más definido que teníamos allá...» El Che, pausadamente, le advirtió «Fidel, las cosas no se pueden hacer así, hay que ir poco a poco...» A lo que Castro respondió: «Mira Che, haz lo que quieras, lo dejas que se pudra en La Cabaña, lo fusilas o lo largas para el exilio... pero no quiero verlo más...»

Este diálogo que pude escuchar indica también la gran capacidad de Fidel para la mentira y la hipocresía, así como su cinismo frío y cruel. El sentido de compañerismo o de amistad no habita en él. Al mismo tiempo indica la capacidad de sumisión del Che ante Castro.

Menos implacable que su jefe, Guevara montó al desgraciado compañero de armas en un avión, unos días más tarde, hacia New York. Al llegar al aeropuerto «La Guardia» el infeliz capitancito sacó su revólver y se pegó un tiro. Dejó una carta que alguien le escribió, puesto que era analfabeto, en la que confesaba su decepción por aquel proceso al que tanto tiempo y esfuerzo había dedicado.

Este hecho, todo él de un surrealismo subido, refleja la inmensa capacidad histriónica del señor Castro y su revolución y su doble cara, una para el mundo ajeno y externo y otra para su círculo interno y secreto.

DE VIAJE POR LAS AMÉRICAS (1959)

Otra vez me tocó representar al periódico Información en el viaje de Castro a los Estados Unidos, invitado por la Asociación de Editores de Periódicos. El periplo se extendió a Canadá y Sur América. Así que después de visitar Washington, New York, Princeton, Harvard y Boston, pasamos a Toronto, y luego de una imprevista parada en Houston, seguimos hacia el Cono Sur: Buenos Aires, Montevideo, Brasilia.

Aquello fue una experiencia única. Sería imposible contar todas las vicisitudes de aquel alocado periplo. Nunca olvidaré a quien fue un magnífico amigo y compañero de viaje, Nicolás Bravo, siempre agudísimo en sus comentarios, veterano de la CMQ, que estaba también convencido del carácter comunista de la revolución, y pensaba que había que observarla con mucho cuidado.

No faltaron nuevas discusiones nuestras con Castro, que se hacían cada vez más abiertas para asombro de algunos colegas. En la misma escalinata del Capitolio de Washington, luego de su entrevista con Nixon, discutimos sobre el problema de las elecciones, de la reforma agraria y de otros temas. Castro perdió los estribos aquella noche ante nuestros puntos de vista contrarios.

En el vuelo hacia Brasil Fidel se sentó en el avión al lado mío por un rato. Me reiteró que él era un «humanista», «un socialista no comunista». Que el problema con la Iglesia se iba a arreglar, como el del Colegio Baldor... Me pidió que le explicara quién era Maritain y lo que sostenía la corriente demócrata-cristiana. Entonces me dijo que su revolución también era cristiana... Me dio tres razones por lo cual me decía que no era comunista, en su inútil empeño para alejar mis objeciones.

La primera -me dijo- porque el comunismo es la dictadura de una sola clase y «yo siempre he estado contra toda dictadura».

La segunda, porque el comunismo es el odio y la lucha de clases y que él «era alérgico a toda lucha que implicara odio» y la tercera porque «choca con Dios y con la Iglesia».

Le contesté, ya molesto de su hipocresía, y le dije «facta non verba», Fidel, hechos, no palabras. Si eso es así ¿por qué has convertido la pantalla de televisión en una irritación contra el que tiene dos pesetas y contra las señoronas que juegan canasta?» Al final me dejó por imposible y me dijo «chico tú tienes razón... voy a cambiar». Se levantó de mal humor y se fue sin más comentarios.

Durante el viaje había una serie de cubanos comunistas que no iban oficialmente en la rara expedición, pero que se entrevistaban a diario con él, preferentemente de noche. Formaban parte de lo que algunos llamaban «el gobierno paralelo», es decir, los que de verdad decidían las cuestiones fundamentales. Este gobierno secreto ya existió desde la insurrección. Realmente desde el principio el poder revolucionario estaba en manos de Castro y sus amigos, en su mayoría gente joven de la nueva ola comunista, aunque Carlos Rafael Rodríguez, comunista de la vieja guardia, participó también. Rodríguez se convirtió por un tiempo, en el puente hacia la vieja guardia del PSP (Partido Socialista Popular), bastante desprestigiado por sus buenas relaciones con Batista. También Carlos Rafael resultó elemento de enlace clave con los soviético. Núñez Jiménez, Alfredo Guevara y otros solían reunirse con el Che Guevara y Castro en Tarará, donde el guerrillero argentino se reponía de sus achaques. Luego fueron frecuentes algunas reuniones en Cojímar en las que elaboraban planes para llevárselos a Fidel.

Durante el vuelo, pude ver a Alfredo Guevara y otros comunistas hablar a escondidas con Fidel, como miembros del llamado «gobierno paralelo», que bajo el mando absoluto de Castro, dirigían todos los primeros balbuceos de sus intenciones pro-comunistas. Las discrepancias siempre las decidía Castro. Esta fue la razón de la imprevista visita a Houston para entrevistarse con Raúl Castro sobre temas muy candentes como las invasiones a Panamá y a otros lugares, así como lo que se haría el lro. de mayo que se aproximaba. Castro pensó que todo aquello era inoportuno durante su viaje exhibicionista.

En Washington Castro le jugó una mala pasada a su equipo económico que mantenía muy buenas relaciones con financieros del gobierno norteamericano y de los organismos internacionales. Estuve en una reunión en la Embajada cubana, donde Castro anuló todas las gestiones y compromisos que se habían hecho para recibir ayuda económica, dejando en una mala posición a Rufo López Fresquet, a Felipe Pazos y demás gestores. Castro vociferó allí que él no era un mendigo internacional y que él no había venido invitado por la Asociación de Editores de Periódicos de los Estados Unidos para firmar acuerdos con el gobierno norteamericano.

Aquella invasión de milicianos uniformados, con trajes de fatiga, que acompañaban a Castro, desesperaba al Embajador Ernesto Dihigo, profesor de la Universidad, hombre de gran cultura, que no podía soportar el primitivismo de aquella gente que ponía las botas sobre las mesas, quemaban alfombras con las colillas de los cigarros y cometían todo tipo de tropelías. Además, el señor Embajador estaba molestísimo por la falta de seriedad y puntualidad del visitante que tan pronto suspendía las citas como las demoraba sin previo aviso. Dihigo ya estaba preocupado seriamente por la penetración comunista en la revolución con la complicidad castrista.

En Brasil, el Embajador argentino en La Habana Amoedo, buen amigo mío y crítico solapado de la revolución, siempre nos hacía comentarios bien irónicos de aquel loco viaje y del viajero principal. En el almuerzo, en Brasilia, Castro, ante la oficialidad brasileña, pretendía saber más que ellos de cuestiones militares, mostrándose como un tipo descompuesto y paranoide.

Por cierto, ante las críticas que algunos periodistas le hicieron en Brasil, Castro, en el avión, nos dio un largo «show» de iracundia contra todo los que le hacían la menor objeción. Y más de una vez para asustar a los viajeros, con la cabina abierta, trataba de manejar el timón del Britania Turbo-jet que nos llevaba, con gran preocupación del Capitán Cook y de toda la tripulación. A ratos se paseaba por los pasillos con furias de gato encerrado.

Otro gran espectáculo lo dio Castro en Buenos Aires en la «Reunión de los 21», orquestada por la OEA, donde proclamó la obligación del gobierno norteamericano de aportar 30,000 millones de dólares para América Latina3. El que había dicho unos días antes en Washington que no quería un solo centavo de las arcas norteamericanas, ahora, sorpresivamente, proclamaba la obligación que tenía la América rubia de atender el desarrollo latinoamericano, incluyendo a Cuba con una masiva ayuda en dólares. Sus alegatos entusiasmaban a muchos y revelaban la medida de su odio contra los norteamericanos.

Regresamos a La Habana el 7 de mayo de 1959 en un largo, disparatado y costoso viaje de 21 días, cuyo principal objetivo era repetir por toda la América una caravana similar a la que había realizado Castro en su lenta marcha de Santiago a La Habana y exhibiéndose en su afán narcisista y megalomaniaco por la televisión y demás medios de prensa.

El desorden, la irresponsabilidad y la desfachatez con que se atrevía a inmiscuirse en problemas ajenos de otros países, no tenía paralelo. Castro pontificaba de todo y sobre todo, con la audacia y la agresividad alocada que lo caracteriza. Todo aquello no era más que una representación de la figura de la propia revolución tal como la retrataba, la clonaba, su propio «líder máximo». La incertidumbre, el temor, la zozobra, los palos de ciego, las contradicciones verbales, son tan típicas de Castro como de la revolución. Este viaje de tres semanas me daba la medida exacta de lo que era y sería aquel movimiento que se inició bajo la etiqueta del 26 de julio y que tanto desorientaba a los que buscaban una revolución honesta y democrática dentro de un definido estado de derecho.

Nuestra experiencia personal, como condiscípulo de Castro y el acceso que me dio mi condición de periodista y abogado, me llevó, con otros amigos, a la consideración de vertebrar un ideario y una organización democrática de inspiración cristiana, de acuerdo con la corriente mundial que en Europa y América había hecho frente al comunismo y establecido democracias con alto sentido ético y de justicia social.

Al fundarse el Movimiento Demócrata Cristiano (MDC), Fidel habló bien, en algunos sitios y en entrevistas de radio y televisión, del grupo inicial y de mi persona. Decía que había que acabar con la vieja politiquería, con partidos nuevos, con gente joven y de principios.

Pero pronto me envió un recado para que lo fuera a ver al INRA (Instituto de Reforma Agraria). Y allí fuí. Después de una larga perorata sobre la situación, me advirtió que el MDC y yo podrían subsistir siempre y cuando no criticáramos a la revolución. Al contestarle que no seguíamos a hombres y a etiquetas sino a ideas y proyectos concretos, que alabaríamos lo bueno y criticaríamos lo malo que viéramos, montó en cólera, se puso de pie y me dijo que me atuviera a las consecuencias. Nosotros fuimos arreciando en nuestras críticas y una comparecencia en televisión, por la CMQ desató la persecución contra el MDC y nos forzó a escaparnos por la vía del exilio, a través de la Embajada del Ecuador, dignamente representada entonces por don Virgilio Chiriboga.

CAUDILLISMO SUI-GÉNERIS

Castro tiene todas las características del caudillo, del «duce», del «führer». Es una simbiosis del clásico caudillo hispanoamericano, pero con una proyección ideológica que escapa a la simple concepción caciquezca. Es un tirano con bandera, es decir, un abanderado de una ideología que ha tratado de imponer en su propio pueblo y con un espíritu propagador, de proselitismo internacional. Siempre quiso convertir la Sierra Maestra en los Andes y los Andes en toda la geografía africana y asiática, en todo el orbe tercermundista. Cuba ha sido escuela, arsenal, acorazado y aeropuerto para un intento falaz de crear hombres y países nuevos, que respondan a ciertos credos políticos y a estrategias antiimperialistas.

El caudillismo de Castro, no obstante brotar de un mundo isleño, ha querido saltar sobre mares, aires y tierras, sin detenerse en consideraciones éticas o jurídicas. Sus ambiciones imperialistas lo han hecho señor de horca y cuchillo, tratando inútilmente de emular a aquel imperio donde jamás se ponía el sol.

Su peculiaridad caudillística ha sido la resultante de aquellos héroes admirados en su etapa juvenil. De Maquiavelo aprendió a justificarlo todo. De Adolfo Hitler y de Mussolini sus resabios impositivos e invasores. De Mao Tse Tung tomó el gran poder de simulación. De Franco -gallego como él- la tenacidad en la perpetuación del poder. De Lenin y Stalin sus rejuegos estratégicos y sus crueldades. De Marx el trasfondo ideológico de ideas matrices sobre el odio, la lucha de clases, la propiedad privada, la revolución mundial y otros títulos de mucha plusvalía revolucionaria. Si todos estos capitanes de la historia se batieran en una cotelera, el trago amargo resultante sería Fidel Castro. Sé que todos estos personajes fueron objeto de sus lecturas largas, meditadas y memorizadas. No hay que pensar que Castro es un analfabeto político. Incluso hay que reconocer que sus lecturas martianas han sido abundantes desde muy joven. Y aunque sustancialmente es el antípoda martiano que tergiversa la doctrina fundamental montecristina, algo de lo que hay de utopía en José Martí caló, zurdamente, en el decir castrista.

Castro es, pues, un caleidoscopio de infinitos matices y colores. La contradicción es la espina dorsal de su pensamiento. De ahí la dificultad de conocer todas las aristas de su trasfondo doctrinal y humano.

LA REVOLUCIÓN AMBIDIESTRA: TRAICIONADA Y TRAIDORA

La revolución que surgió de la Sierra Maestra logró aunar a casi toda la gama política y social del pueblo cubano. La propaganda psicológica logró el milagro de unificar todos los grandes sectores y estamentos sociales en la lucha contra el dictador Batista repudiado por las grandes mayorías.

La trampa fidelista -con su genial sentido publicitario- ganó la guerra más que con las pocas batallas guerrilleras con la atmósfera psicológica que logró crear en la Sierra y en el Llano, en la clandestinidad y en el exilio. La derecha cubana apoyó al «Robin Hood» de las cercanías del Turquino casi con el mismo entusiasmo que la misma clase obrera y el campesinado. La gran prensa norteamericana convirtió lo que era un juego de escondite en las montañas en una fuerza hercúlea dirigida por un Paul Bunyan cubano.

En realidad, toda la tónica propagandística giraba en torno a un proyecto bien burgués y conservador: Restauración de la Constitución del 40, elecciones generales en un plazo relativamente corto, honradez administrativa y restablecimiento de todas las libertades democráticas. El viraje social y radical surgió después que el castrismo se impuso.

En ese sentido el pueblo vio que su revolución fue traicionada porque sus verdaderas inquietudes se anclaban en el mundo político de la democracia representativa. Así cabe hablar de una revolución traicionada. Pero claro que cuando hay traición es porque hay un traidor, que hoy todos reconocen en el personaje central. No hay que ser muy zahorí cuando se estudia el proceso que se inició con el desembarco del Granma para ver cómo el cálculo y la previsión socialista dirigían el pensamiento y la acción de los principales aliados del caudillo. En honor de la verdad, las iniciativas de la Sierra eran totalmente independientes de lo que otros grupos de acción hacían en el Escambray, en Miami, Washington, New York o Caracas.

Los clamores de unidad y de fusión eran siempre rechazados con insistencia por el caudillo de la Sierra. Por ello Gastón Baquero ha señalado que muchos se quisieron engañar o no pudieron contrarrestar los úcases monopolizadores que venían de las lomas. Así, pues, la violencia, la guerra y la venganza ya se habían establecido desde antes de bajar de las alturas y los fusilamientos, desde entonces, eran parte de «la justicia revolucionaria».

La revolución, desde sus inicios, utilizaba ambas manos para indicar sus caminos. La derecha predominaba en la gran propaganda que se lanzaba por Radio Rebelde para Cuba y para la opinión mundial. La izquierda se usaba más sutilmente para firmar compromisos con los camaradas que subían, bajaban o permanecían en las guaridas selváticas.

La mano zurda era la que menos ruido hacía pero apretaba el puño con todo su simbolismo. Ahí estaba la revolución traidora. La del cálculo, la de la estrategia, la agazapada, controlada por ese autócrata manipulador.

INGENUIDAD POPULAR Y COMPLICIDAD DE LAS DIRIGENCIAS

El pueblo cubano es generoso y noble, pero de un espíritu emotivo y sentimental, que lo hace poco amigo del examen crítico, objetivo o veraz. Somos por ello de reacciones muy pendulares e inestables. Lo que indica una lamentable inmadurez política. Vivimos del «wishfull thinking», del «ojalá suceda». «Ojalateros», decía Pastor González, aquel gran cubano que luego de mucho ajetreo público cambió la tribuna política por el púlpito sagrado.

En verdad, creo, que todos los países tienen siempre una masa crédula e ignorante que suele pesar más de lo recomendable en cualquier balanza política. Un pueblo tan culto y filosófico como el alemán fue víctima de los cantos de sirena de Adolfo Hitler. Y los italianos y los argentinos -perdónese si puede haber redundancia- se emborracharon con los piropos de Mussolini, de Perón y de Evita.

De todos modos, nuestra idiosincrasia optimista, románticona y jacarandosa, nos cantaba siempre que en Cuba «no hay problema» y la «toalla» era una pieza de uso político para secar muchas lágrimas. En el «totí» recaían siempre todas las culpabilidades. Y en todo caso la geografía, «las noventa millas», «los gringos», no permitirían que en Cuba ocurrieran ciertas cosas...

Pero la responsabilidad de las clases «vivas» y de todas las dirigencias, desde la política hasta la religiosa, dejaba bastante que desear.

Castro, con su dialéctica morbosa, ha sabido condenar cualquier tipo de intervencionismo sobre Cuba mientras él, sin el menor recato, ha mendigado al mundo entero, especialmente a la ex-Unión Soviética, todo tipo de ayuda al tiempo que sus propias tropas y sus infiltraciones invasoras, violan todas las soberanías posibles a su alcance. Un caso bien ejemplar de su maquiavélico proceder ocurre con el problema del embargo norteamericano. Independientemente de la razón o sin razón del mismo, él es quien tiene impuesto sobre Cuba un embargo interno, negándole a los propios ciudadanos lo que les da a los turistas, y a la «la nueva clase». Y, al mismo tiempo, subestima al peso cubano y beneficia a los pudientes que consiguen dólares. Todo lo cual, además de la ineficiencia del sistema, tiene una intención política de hacer al pueblo dependiente de las arbitrariedades del gobierno.

El internacionalismo castrista ha originado, paradójicamente, un aislacionismo mayor de la Isla. Y su geopolítica intervencionista ha provocado una peligrosa penetración cubana en casi todas las latitudes tercermundistas con resultados nefastos para esos pobres países y violando, sin escrúpulo, la soberanía de esas naciones.

LA ESTRATEGIA CASTRO-COMUNISTA, ¿ES CASTRO COMUNISTA?

Esta es una eterna discusión entre los adictos al tema de la Revolución castrista. No es fácil dar una respuesta de sí o no. Los que por privilegio -o infortunio de las circunstancias- pudimos penetrar un tanto en el laberíntico proceso mental del «líder máximo», y de algunos de sus acólitos, podemos concluir nuestra tesis. Respeto, pues, las opiniones contrarias, pero para mí ya no cabe la menor duda de que Castro es, fue y será, marxista-leninista como él mismo terminó por decir -y desde entonces nunca se desdijo-. Ahora mismo, cuando se ha quedado prácticamente solo, con un país en ascuas, el testarudo gerifalte del único gobierno comunista en América, sigue izando la bandera roja. Hubiera sido muy fácil, por justificaciones económicas, haber dado el viraje, lo que le habría ganado la simpatía y la ayuda de los Estados Unidos y de casi todos lo países de Europa y de América Latina. Incluso de la desvencijada Unión Soviética a la que hubiera podido servir hasta de modelo. Acaso así Castro podría recuperar parte de su carisma hoy tan arrugado por sus fracasos e impotencias.

Si por los frutos los conoceréis ahí tenemos a Castro dueño y señor de la revolución marxista, quizás más ortodoxa de todas las que se conocen. Creo que nadie -ni siquiera los rusos- alcanzaron la velocidad y aceleración de los primeros tiempos de la revolución totalitaria en que resultó el trágico ensayo cubano. Las drásticas reformas en Cuba, en 1959, 60 y 61 no tienen que envidiar nada de lo que se hizo en Checoslovaquia, Hungría, Polonia o en la misma Unión Soviética en los primeros años de imposición marxista. La comunización de Cuba dejó pequeños otros procesos similares. Si Castro siempre decidía todo y la revolución resultó marxista, fue justamente porque el máximo líder lo quería. De lo contrario la revolución hubiera seguido el curso democrático que el pueblo buscaba.

Desde el principio, siguiendo el patrón comunista, se concentró en montar su sistema de propaganda y su aparato represivo de inteligencia y terrorismo. La efectividad mayor de este régimen ha recaído en su capacidad publicitaria -Castro tiene mucho de Goebbel- y en su poderoso instrumento policiaco-militar de seguridad. -Castro tiene mucho de Stalin-. Esos han sido sus dos grandes éxitos: la propaganda y la represión y siempre en íntima dependencia del culto a la personalidad del «líder máximo».

FIDELO-COMUNISTA

El argumento esgrimido por algunos de que Fidel es fidelista antes que todo, olvida que Stalin fue stalinista primero que comunista como Kruschev fue kruchevista, Lenin leninista, o Ramiz Alia, ramizista. El comunismo ha sido un medio más que un fin para buscar el poder absoluto de sus líderes y mantenerse en él, ha sido un ropaje para vestir la dictadura del proletariado lo mismo en Cuba que en otros países.Y en ningún caso se ha seguido al pie de la letra el recetario marxista-leninista para alcanzar el poder o mantenerlo. El individualismo de los jefes ha primado sobre el colectivismo socialista, es decir el capitalismo de estado.

FIDELO-OPORTUNISTA

Tampoco el hecho de que Castro sea un oportunista -que lo es- es razón suficiente para conceder que no es comunista. No conozco un solo capitoste del comunismo internacional que no sea oportunista. El terrible Honecker también lo fue como todos sus sucesores, como Jaruzelski o Gomulka en Polonia, como Zhivkovo en Bulgaria. Que Castro pudo haber sido nazista tampoco lo exime de su totalitarismo marxista. Cualquiera -o al menos algunos- de los líderes marxistas pudieron haber cambiado la hoz y el martillo por la misma swástica si el nazismo estuviera de moda o se hubiera impuesto. Después de todo el nacional-socialismo y el socialismo marxista son primos hermanos bien llevados. Por ello supieron firmar pactos de no agresión cuando las conveniencias así lo aconsejaron. Que Castro tiene mucho de nazista es cierto. Lo cual sólo refuerza su condición de comunista manipulador y si hubiera habido vientos favorables a su ascensión por la escalera nazi-fascista lo hubiera hecho. Pero su sentido estratégico le dijo que no era el momento para ser nazista ni siquiera para ser un dictador tropical. Por eso no quiso ser tampoco un mero autócrata al estilo de Batista, Somoza, Strossner, Pérez Jiménez o cualquier otro al uso. Le provocaba más la figura de un Tito -que fue también profundamente titoista- o el chino Mao que jugó todo tipo de cartas para mantenerse en el poder. En su oportunismo la carta marxista-leninista fue la escogida. La motivación se aprovechó de la oportunidad.

Creo que si no hubiera habido toda una concepción ideológico-estratégica definida, Castro no se hubiera lanzado en busca de un socialismo marxista, a 90 millas del Tío Sam, que en un principio estuvo feliz y presto para encauzar a Cuba por la vía democrática y capitalista como correspondía a sus mejores intereses. Pero Castro aspiraba a ser algo más que un dictador títere de los Estados Unidos. Y prefirió escoger su carta marxista, en una etapa de guerra fría, a pesar de que su triunfo se debió, en gran parte, a la actitud final de los Estados Unidos contra Batista, al cual abandonaron y le decretaron un embargo de armas que sirvió de jaque mate para acorralar al entreguista ejército batistiano. Así se dio luego la paradoja de que los dos grandes poderes del mundo, a partir de Kennedy y Kruschev, se convirtieron en los mejores guardaespaldas de la tiranía castrista o castro-comunista.

DE LA NEGACIÓN A LA AFIRMACIÓN

Que Castro negara reiteradamente su condición de comunista en una Cuba, donde la simpatía hacia esa ideología era realmente muy pobre, es explicable. Castro, que, de tonto no tiene un pelo, lo sabía perfectamente y, por eso, reiteradamente, en público y en privado, negaba su posición y su mentalidad comunista. El uso de la mentira, así como cualquier medio que sirva en un momento dado a la revolución, es un principio muy leninista, tal vez aprendido de Maquiavelo.

La dialéctica marxista, por otra parte, hace de las contradicciones toda una teoría para su desarrollo. Sólo cuando las condiciones objetivas y subjetivas son propicias para la definición se reconoce el hecho. Mao-Tse-Tung, en la China, al principio se presentaba como un mero reformador agrario.

El Partido Comunista de Cuba, dominado por la vieja guardia, no quiso apostar inicialmente por este joven revolucionario que surgía. Castro pretendía dominar y por eso prefirió no pertenecer a sus huestes, como sí lo hizo Raúl en 1953. Prefirió prepararse para manipular el viejo esquema cuando lo creyera oportuno. Para ello, desde la Universidad, ya empezó, como hemos visto, a codearse con todos los elementos filo-comunistas y comunistas, buscando aliados para acaparar el control. Lo mismo trató de hacer en el Partido Ortodoxo que, paradójicamente, tenía como dirigente a Chibás, bien anticomunista, pero la organización estaba minada por comunistas más o menos confesos en aquella época. Hay que recordar que aunque el comunismo cubano no tenía fuerza electoral de primera potencia sí poseía disciplina, organización y afanes de infiltración y de conquista del poder, desde que Fabio Grobart comenzó su diligente labor de zapa. Antes de salir el Granma de Méjico, el caldo comunista ya hervía. El Che no se incorporó de ingenuo en la partida. Pero la CIA dormía mientras la KGB actuaba. Las guerrillas calientes entibiaban la guerra fría.

CONTRADICCIONES DIALÉCTICAS

En el Moncada combatieron sólo dos comunistas reconocidos. Según Melba Hernández, entre los moncadistas estaba prohibido mencionar las tesis marxistas. Pero tampoco hubo críticas al comunismo por parte de Fidel en su etapa insurreccional. Sin embargo, la propia Melba Hernández sostuvo que Abel Santamaría -muerto en el Moncada- siempre insistió en la necesidad de que Fidel se hiciera comunista. En el famoso discurso «La Historia me Absolverá» -que tiene un buen tramo de plagio a Hitler- entre líneas, en interpretación de Gastón Baquero, se podía sospechar un espíritu marxista larvado.

Debray ha insistido, que en la técnica cubana, Castro sustituyó el Partido por el Ejército. Acaso por eso el Che decía que el ejército de las sierras ya podía contar con un programa mínimo de acción, puesto que en sus tropas el adoctrinamiento no era escaso. Nunca se olvide que para Castro todos los métodos y medios son buenos siempre y cuando sean útiles para sus planes, independientemente de que resulten ortodoxos o heterodoxos desde el punto de vista marxista-leninista.

PASO A PASO...

Carlos Rafael Rodríguez jugó un papel clave en el proceso de afirmación marxista de Castro y en el casamiento de lo que fue en un principio un mero amancebamiento del Comandante en Jefe con los viejos y nuevos comunistas. Así primero se armó aquella ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) que amparaba a las siglas más involucradas en el proceso. Luego se llamó el PURS (Partido Unido de la Revolución Socialista) y finalmente, sin máscaras, el PCC (Partido Comunista Cubano) en 1965.

Castro, desde luego, no es un aliado seguro de nadie. Sus relaciones con la Unión Soviética y la China comunista han sido siempre variables y temperamentales, como todo lo suyo, y van desde la sumisión abyecta hasta la hepática rebeldía. Sus conversaciones con los rusos -de modo abierto- comienzan en Cuba desde el propio año 59, casi siempre se celebraban en el INRA (Instituto de Reforma Agraria). Su director -Núñez Jiménez- jugó un importante papel en el interregno paralelo. Según Fabio Grobart, la fusión incipiente de todos los elementos de la vieja y la nueva guardia comenzó en 1959. Pero los asistentes a aquellas reuniones eran tamizados siempre por el filtro de Fidel. Los más asiduos al conciliábulo: el Che, Camilo, Raúl, Blas Roca, Ramiro Valdés y Alfredo Guevara. Alguien dijo: «Mierda, ahora que somos gobiernos tenemos que seguir reuniéndonos ilegalmente».

PERO ACELERACIÓN HISTÓRICA

La velocidad de la comunización ya en el propio año de la victoria es increíble. Castro había dicho que si en el Turquino hubiera proclamado su socialismo no hubiera podido bajar de la loma. Pero ahora impulsaba -aunque sin aparecer directamente- medidas de indoctrinación y de propaganda marxista. El lro. de enero ya salió la primera edición del periódico oficial del PSP, «Hoy», que había sido clausurado durante mucho tiempo. Enseguida surgieron las EIR (Escuelas de Instrucción Revolucionaria). Otro gran centro de adoctrinamiento se instauró en la Primera Avenida de la Playa en el que colaboraron, entre otros, Leonel Soto, Valdés Vivó, Lázaro Peña, y Blas Roca.

Un «Manual de Preparación Cívica» cargado de doctrina marxista se hizo pronto texto para escolares. La entrega a los comunistas de la CTC (véase el capítulo VI) fue una de las «bravas» más indecentes que se han dado para usurpar el control a los no comunistas. Cuando Castro se declara socialista ya se habían tomado muchas avenidas. Raúl en pocos meses desbarató el aparato militar y formó un nuevo ejército policíaco-militar y de seguridad, al estilo de los países comunistas. El fin siempre fue el mismo, los medios variaban.

Amigos de Fidel suelen comentarme con frecuencia el impacto que recibió ya estudiante cuando leyó -y se aprendió- el Manifiesto Comunista de 1848. Cuando lo de Bogotá (1948) Fidel dijo que «ya era casi comunista». En aquel evento Castro se mezcló con los peores elementos de izquierda y con gente de armas tomar. Sus arengas allá, en país extranjero, fueron bien extremistas. Como se sabe aquello fue un brote de terrorismo que se destapó con motivo del asesinato de Gaitán, el popular líder colombiano, durante la Conferencia de Cancilleres que dio origen a la nueva OEA. Castro fue salvado gracias a las gestiones del Embajador Guillermo Belt que lo llevó para Cuba en avión especial.

Hubo un tiempo en que Raúl Castro se jactaba de haber sido quien inició a su hermano en la secta comunista. Sin embargo, Alfredo Guevara, más discretamente, decía que él era «el culpable, pero los jesuitas le habían hecho mucho daño».

LA TOCATA EN FUGA

Pronto empezaron las renuncias de personajes del gobierno donde la denuncia de infiltración comunista era la razón fundamental del abandono de los cargos. Notorio fue el caso de Pedro Luis Díaz Lanz, jefe de la aviación revolucionaria, testigo de las conversaciones pro-comunistas que le escuchó al propio Fidel. El presidente Manuel Urrutia también alegó la penetración comunista en su salida. Y Manolo Artime. Y Hubert Matos y Rogelio Cisneros. Pero el traidor seguía diciendo que su revolución «no era roja sino verde como las palmas». Sólo los muy cegatos no veían la creciente infiltración comunista en casi todos los sectores nacionales y en las llamadas «leyes revolucionarias».

La lluvia de renuncias de reconocidos dirigentes era impresionante por la jerarquía que tenían en el nuevo régimen: Humberto Sorí Marín (luego fusilado), Elena Mederos, Justo Carrillo, Rufo López Fresquet, Manuel Ray, Roberto Agramonte, Felipe Pazos, José Miró Cardona. Hubert Matos fue condenado a 20 años de prisión. Viene después la fuga en masa. Recuérdese simplemente lo de Camarioca y el Mariel, lo de los balseros... más de un millón escapados de un país donde la gente casi nunca emigraba. Si Cuba no fuera una isla hoy sería un desierto.

PREDICCIONES CONFIRMADAS

Las pruebas del proceso de comunización eran cada vez más evidentes. Algunos políticos y sacerdotes que habían vivido etapas semejantes en China y en Europa veían claramente la tipicidad del fenómeno. Pero nadie parecía creerlo. En todo caso querían salvar la buena fe de Castro al que tanto habían endiosado. No querían confesar su gran equivocación de haber colaborado tanto para establecer el nuevo régimen. Entre los pocos políticos que profetizaron el desastre hay que mencionar a Juan Antonio Rubio Padilla, gran figura de la generación de 1930, que no se cansó de denunciar, con mucha anticipación, la maniobra comunista. Por otra parte, los batistianos acusaban de comunista a Castro y su revolución, pero la falta de moral de aquel gobierno espúreo restaba credibilidad a sus denuncias. El temor a ser fusilado -física o moralmente- inhibía a muchos de manifestarse con claridad. Se impuso un terrorismo verbal que constituyó una verdadera pesadilla. Una ola de calumnias arrollaba a los disidentes y opositores. La censura y las «coletillas» en los periódicos frenaban conductas. Pronto se confiscó toda la prensa independiente.

UNA PESADILLA INCONCLUSA

A los pocos meses aquello parecía una pesadilla. Deserciones, traiciones, falsas acusaciones, censuras, irrespeto a la persona, a las instituciones revolucionarias, periodísticas, económicas, religiosas y de todo tipo. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres que mostraban su anticomunismo eran perseguidos, presos o fusilados; aquello no parecía real. Los hijos denunciaban a sus padres. Los casados a su pareja, los hermanos a sus hermanos. El paredón aumentaba. La cárcel y el exilio eran las únicas salidas para sobrevivir.

A MODO DE CONCLUSIÓN

El hecho de que Castro sea un bribón sagaz, con todas las buenas y malas capacidades que posee, es un índice de que hizo lo que quería, es decir establecer un país comunista. Lo que hizo en Cuba fue, pues, lo que más ambicionó. Pudiera haber sido un gran reformador constructivo si hubiera querido. Si en esto de la comunización los siguieron tantos -unos por tontos, otros por vivos- es porque sucumbieron ante el hechizante brujo de tribu que fue este gran actor y autor de teatro que se propuso llevar a Cuba hacia el escenario comunista internacional.

Los viejos socialistas, marxistas, o comunistas cubanos, como quiera llamárseles, jugaron con Castro y Castro con ellos. En definitiva eran dos mitades de la misma cosa. Ambos hicieron bien su papel en busca de un poder absoluto, totalitario. Castro más hábil y carismático, se impuso con recursos nacionales e internacionales. Se aprovechó de la guerra fría para dar rienda suelta a su ancestral odio al «imperialismo yanqui», no obstante la ayuda que los vecinos del Norte le prestaron cuando decidieron alejarse del corrupto régimen de Fulgencio Batista. Y los tontos útiles, o inútiles, se plegaron a la manipulación castrista que tan pronto se presentaba como humanista, tercermundista, antiimperialista o en otros términos. El hijo de Birán manipulaba esos conceptos políticos y los enrojecía a su capricho. Esto es esencial para entender el complejo y difícil crucigrama cubano.

Muchos biógrafos y autores al escribir sobre Castro tratan de esconder todavía su manipulación traidora y su credo marxista encandilados por la indiscutible personalidad de quien rompió con los signos que marcaban la geopolítica y la historia de Cuba. No parece que la historia lo absolverá como adujo en su discurso famoso en el juicio por el ataque al Moncada. Acaso ningún hombre en toda la historia cubana pudo haber hecho tanto por su país, ya que contaba con un pueblo totalmente fascinado con su personalidad y estaba consciente de las reformas democráticas que se anhelaban. Lejos de eso Castro torció el rumbo hacia la izquierda socialistoide de un modo alocado y deletéreo fusionando la revolución con su propio absurdo modo de ser.

LOS RASGOS CARACTERÍSTICOS DEL PERSONAJE

¿Cuál es la personalidad psicológica de nuestro personaje? ¿Cuál es su patrón de conducta más permanente?

Para describir el carácter y el temperamento de esta figura singular acudiremos al testimonio de algunos buenos conocedores del personaje y de la psicología humana.

Al principio de la Revolución, en el año 1960, el Dr. Rubén Darío Rumbaut -brillante médico psiquiatra- trazó la silueta sociopática de Castro con «muchos fuertes rasgos paranoides» lo que lo lleva siempre a necesitar enemigos, «que cuando no los tiene los crea».

«Parece cumplir -dice Rumbaut- lo que en psicología se llama «profecía autorrealizada»: anuncia sin más pruebas que determinado sector es su enemigo e inmediatamente empieza a funcionar sobre esa suposición, atacando y ofendiendo a su pretenso rival... anuncia triunfalmente al mundo que su «profecía» había estado correcta, que aquel había sido siempre su enemigo, sin percatarse de que él mismo es quien se ha convertido en tal».

«El lenguaje de Castro -añade- gira alrededor de esos conceptos y de esa actitud ante la sociedad. Sus palabras favoritas son: enemigo, conjura, campaña, ataque, agresión, lucha, muerte, maniobra, traición».

Y para corroborar su aserto, Rumbaut brinda una lista de nombres de los agredidos (ya en 1960): el Directorio Revolucionario, su invitado de honor José Figueres, el Presidente Urrutia, el Embajador de España Lojendio, la Iglesia Católica, la Masonería, los norteamericanos.....

Otro estudio acucioso sobre la psicopatología de Castro se lo debemos al eminente psiquiatra, Dr. Humberto Nágera, quien en su «Anatomía de un tirano» acusa también a Castro de «desorden paranoico» y lo retrata de este modo:

«Altamente dotado, en verdad extraordinariamente dotado, personalidad de gran desorden narcisista y megalomaniático con rasgos psicopáticos. Debe enfatizarse que su narcisimo y megalomanía son de proporciones gigantescas... un ser humano extraordinariamente inteligente, con una notable habilidad política así como para manipular grandes masas de gente. Lo que recuerda a Hitler y Mussolini».

Y continúa el Dr. Nágera:

«... Posee serios desajustes en la formación de su super ego lo que implica que es altamente corruptible, es decir, sus creencias éticas no son estables y frecuentemente cambian para acomodarse a sus deseos... lo que lo convierte en un individuo extraordinariamente peligroso».

Y el ilustre psiquiatra comprueba su diagnóstico con la osadía de Castro al llevar al mundo a una confrontación nuclear cuando la crisis de los cohetes. Y recuerda cómo ha podido agraviar y supervivir a nueve presidentes norteamericanos: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan. Busch, Clinton.

Nágera, Rumbaut y otros autores, han destacado las actitudes violentas de Castro hacia su padre y la doble reacción que proyecta ante la fuerza paterna y la humildad materna que provoca anárquicamente irregulares patrones de conducta en un hogar de difíciles relaciones. Su fría indiferencia ante la muerte de su padre Don Ángel Castro y aun de su propia madre doña Lina Ruz. Su modo extraño de tratar a todas las mujeres y su hipocresía para con sus propios compañeros de lucha.

El narcisismo de Fidel lo lleva a no interesarse por nada ajeno. Sólo le importa y ama lo que concierne a su persona. Esto explica el porqué casi todo el grupo original revolucionario de los primeros tiempos desapareció misteriosamente (tal es el caso de Camilo) o fue preso, fusilado, o escapó al exilio. «Alejandro» fue el seudónimo con que el mismo se bautizara en su época clandestina, seudónimo que anuncia sus afanes de guerrero y conquistador y posee un alto nivel de autoestima.

Por otra parte la megalomanía de Castro lo hizo pensar que la Isla de Cuba le quedaba pequeña para sus ambiciones políticas mundiales. De ahí su conocido afán de exportar la revolución a cualquier esquina del planeta y para ello formar un ejército descomunal para el tamaño del país y su población entonces (1959) de poco más de seis millones. Con lo cual, superó con creces el militarismo batistiano, asunto puntual de la oposición.

Según el psiquiatra Nágera el caudillo criollo sintió una gran identificación con Primo de Rivera, Franco, Hitler y Mussolini, pero también, paradójicamente, con José Martí y Antonio Guiteras, a los cuales ha tratado de imitar parcial y maliciosamente.

En la obra del Dr. Julio Garcerán de Vall, titulado «Perfil Psiquiátrico de Fidel Castro Ruz» su autor reitera los rasgos patológicos en la psicología del líder cubano, acentuando la nota paranoica que se revela en toda su actuación. En un serio recorrido por sus aristas personales, Garcerán señala explícitamente los rasgos más notables del carácter y del temperamento castrista: desconfianza, megalomanía, egoísmo, poca afectividad, antisocial, desajuste social, intelectualidad, egocentrismo, emotividad, ingratitud, hostilidad, irritabilidad teatral, posición defensiva ante el mundo, complejo de superioridad, subestimación y negación de otros, inseguridad, intimidación, astucia, suspicacia, orgullo, proyección de su conducta en otros, racionalización, agresividad, causticidad, mitomanía.6

Aunque larga la lista del Dr. Garcerán tampoco es exhaustiva. Y lo interesante es que el propio autor enriquece su enumeración con hechos reales y anécdotas bien conocidas que avalan su juicio, imposibles de relatar dada la brevedad de este trabajo.

El Dr. José Ignacio Lasaga, afamado psicólogo, me señaló en cierta ocasión, que además de la tendencia paranoide, tan visible en el perfil castrista, existían también rasgos esquizoides que lo alejaban de las realidades más visibles y que los agrandaba con su tropical imaginación. Recuérdese el caso, bastante reciente, en que propuso a un grupo de sus expertos ganaderos la necesidad de «inventar» una vaca doméstica, concebida en un laboratorio genético, que resolviera, a nivel familiar, las aspiraciones nutricias de la leche, el queso y la carne, ante la escasez que se produjo en el país como consecuencia de su absurdo sistema económico. Alguien de su equipo, con espíritu de sorna, comentó, clandestinamente, al final de la insólita disertación del Comandante: «Esto es increíble, Fidel no se ha dado cuenta que ya eso está inventado y es la chiva...»

En los días iniciales de la revolución, la megalomanía y el narcisismo se alentaban por el propio Comandante en Jefe, al que todo el mundo, tirios y troyanos, le reconocían un gran carisma, pero también lo consideraban un tanto chiflado. La sabiduría popular sintetizaba de este modo su confusa personalidad: «es un loco que en sus momentos lúcidos es comunista».

Sin embargo, todos los especialistas coinciden que no es realmente lo que se dice un orate. De haber sido un verdadero esquizofrénico- paranoide habría que exonerarlo de toda responsabilidad ética en sus desafueros. Sus rasgos neuróticos y psicopáticos no constituyen un índice de verdadera demencia, sino una deformación de su personalidad que contribuye a la hipérbole patológica de su pensar, decir y actuar en un odioso juego de espejos, cóncavos y conexos, que desfiguran toda realidad.


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