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Por
Jorge EdwardsDS. Escritor
y ensayista. Miembro de la Academia Chilena de la
Lengua, en 1994 recibió el Premio Nacional
de Literatura y en 1999 el Premio Cervantes de Literatura.
Autor de libros de cuentos y de las novelas El Peso
de la Noche, Persona NonGrata, El Museo de Cera, Convidados
de Piedra y El Origen del Mundo. Su novela más
reciente es El Sueño de la Historia.
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No parecía, en sus primeras etapas, que la Revolución
Cubana seguiría los modelos de represión intelectual
de los países del bloque soviético. Mas de cuatro
décadas después, advierte Jorge Edwards, no hay
duda de que a poco andar hubo signos inquietantes y preclaros
del rumbo que iban a tomar las cosas en la isla. ¿Cómo
fue que los intelectuales y escritores de afuera, los de las capitales
de la lengua española, los de París, no lo percataran?
¿Por qué el entusiasmo con el castrismo fue tan
persistente, prolongado y resistente al análisis?
El
escritor chileno rememora en estas páginas episodios de
su contacto directo e indirecto con el régimen castrista
entre los años 1958, comienzos de la Revolución,
y 1974, cuando empieza a formarse, en torno a Octavio Paz y después
a la revista Vuelta, un grupo de escritores, artistas e intelectuales
iberoamericanos de tendencia liberal o socialdemócrata,
en contraste con los sectores castristas y marxistas. La tajante
división que devino en el mundo de la lengua española,
como manifestación de la guerra fría, todavía
sobrevive de alguna manera y sólo podrá terminar
de verdad, a juicio de Edwards, cuando comience la transición
cubana.
Tuve
las primeras noticias directas de la Revolución Cubana
en la universidad norteamericana de Princeton, en el otoño
de 1958, poco antes de la caída de la dictadura de Fulgencio
Batista. La mansión en las afueras de la ciudad de un personaje
que tenía conexiones familiares con Cuba se había
convertido en lugar de encuentro de cubanos y latinoamericanos,
punto más concurrido a medida que terminaba el año
y se acercaba el momento en que los guerrilleros de la Sierra
Maestra entrarían en La Habana. 
En
esa casa lujosa, con aires del sur de los Estados Unidos, encontré
a figuras conocidas de la resistencia civil contra el régimen
de Batista, entre ellas al juez Manuel Urrutia, el primer y efímero
Presidente de la República bajo el castrismo, y a jóvenes
de sectores liberales que bajaban en sus automóviles hasta
las costas de Florida y embarcaban armamento con destino a las
huestes revolucionarias. Yo había salido a la calle en
Chile pocos años antes para protestar contra la invasión
de Guatemala por una fuerza militar apoyada por los Estados Unidos.
Toda mi simpatía estaba con la oposición armada
cubana a la dictadura. Me acuerdo de haber acompañado a
uno de estos jóvenes cubanos, Felipe Pazos, a una discusión
con sectores académicos y con empresarios de la comunidad
princetoniana.
Era
todo un ejercicio de defensa moral e intelectual de la lucha contra
Batista, y me parece que aporté más de algún
argumento en aquella oportunidad. En Princeton, en la misma casa
de la que ya he hablado, vi las primeras imágenes del triunfo
de Fidel Castro y de sus compañeros. Pocas semanas más
tarde la televisión transmitió una escena de Fidel
con su hijo, ambientada en lo que parecía el dormitorio
de Fidelito, con ambos vestidos de pijama a rayas. Fidel pretendía
transmitir una impresión de personaje informal, de familia,
capaz de entrar con su palabra y hasta con sus gestos en el interior
de los hogares de Estados Unidos. En los salones del personaje
de Princeton, las imágenes de la pantalla provocaron reacciones
divididas.
Algunos
entre los espectadores sonreían con simpatía, pero
otros sentían que la actuación de Castro era demagógica
y hasta grosera, de mal presagio para los días que vendrían.
En
abril de 1959 el Comandante Castro fue invitado a los Estados
Unidos por la Asociación Nacional de la Prensa. La relación
de un grupo de gente de Princeton con el nuevo régimen
de La Habana quedó en evidencia. Desde luego, la universidad
aprovechó la ocasión para pedirle al Comandante
en Jefe una charla en el Centro Woodrow Wilson de Asuntos Públicos
e Internacionales, donde yo estudiaba un postgrado en mi condición
de joven diplomático chileno. La charla, detalle interesante,
iba a formar parte de un curso acerca de la Revolución
Francesa que impartía un conocido especialista en el tema,
el profesor Palmer. Y Fidel Castro se alojó en la casa
bien provista de Roland Ely Taylor y de su esposa, el lugar que
ya he mencionado como punto de encuentro cubano desde el año
anterior. 
Supe
detalles de la invitación de la universidad, que había
destinado para el caso, en forma perfectamente deliberada, una
sala muy estrecha, y que había repartido invitaciones seleccionadas
a miembros de los sectores de historia y de ciencias políticas
y sociales. La suspicacia por el lado norteamericano, en aquellos
años de gobierno republicano del general Eisenhower y de
vicepresidencia de Richard Nixon, era evidente, notoria, irritante
para un joven que simpatizaba con la nueva Cuba. A todo esto,
Fidel hacía un discurso de apaciguamiento, de seducción,
de franca moderación, y tenía de su lado a buena
parte de la opinión llamada liberal.
Frente
a los ciento y tantos invitados del Woodrow Wilson Center, con
un inglés limitado, pero expresivo, trazó a grandes
pinceladas el cuadro de una reforma agraria prudente, destinada
a crear nuevos propietarios agrícolas, especie humana que
se había conocido muy poco en la isla en épocas
anteriores y que ahora, en los nuevos tiempos, formaría
un excelente mercado para las exportaciones norteamericanas. A
pesar de esto, el presidente Eisenhower no quiso recibir a Fidel
a su paso por Washington y prefirió salir a jugar una partida
de golf.
A fines de marzo de 1971, cuando discutimos largamente antes de
mi salida en la madrugada siguiente, al cabo de tres meses y medio
de accidentada misión diplomática mía en
La Habana, le cité sus palabras de Princeton, buen ejemplo
de política conciliadora, y el Comandante negó con
gran énfasis el hecho de haber estado nunca en el Woodrow
Wilson Center. Después, ante la insistencia mía
y la confirmación de Raúl Roa, entonces ministro
de Relaciones Exteriores, reaccionó como niño sorprendido
en falta (“¡Tú estabas allí!”), y la conversación
adquirió un cariz bastante menos áspero.
De
regreso en Chile, en octubre de 1959, tuve un nuevo contacto con
la Revolución Cubana. Lo tuve en calidad de simple observador,
pero colocado en un punto de observación francamente privilegiado.
El jefe de Protocolo me llamó un día y me pidió,
en mi calidad de persona “lectora y aficionada a la literatura”,
que fuera edecán de Raúl Porras Barrenechea, historiador,
ensayista, Canciller del Perú y presidente de la delegación
peruana a una reunión del sistema interamericano que tendría
lugar en Santiago. Raúl Roa, el mismo Canciller a quien
conocería más tarde en La Habana, presidía
la delegación de Cuba.
La Organización de Estados Americanos todavía estaba
lejos de expulsar al régimen castrista, el que tampoco
proclamaba todavía su adhesión decidida al bloque
soviético, pero el debate interno era apasionado, de gran
violencia verbal. Era un espectáculo que nunca se había
visto en conferencias de esta clase. El canciller cubano y el
de la República Dominicana, la del “Benefactor” Trujillo,
la del “Chivo” de la última novela de Mario Vargas Llosa,
estaban en lo que podríamos llamar la primera línea
de las escaramuzas verbales. Eran intercambios violentos, llenos
de acusaciones extremas y de fuego retórico. En medio de
la conferencia llegó Raúl Castro a Santiago escoltado
por un grupo numeroso de guerrilleros y guerrilleras en uniformes
verde oliva. Me acuerdo bien de la actitud concentrada y cautelosa
de Porras Barrenechea. Detestaba la dictadura de Trujillo, no
detestaba menos al “imperialismo norteamericano” y tenía
por los revolucionarios cubanos una simpatía notoria, aunque
no declarada, quizás porque se encontraba rodeado de representantes
de los segmentos más conservadores de la política
del Perú.
Fui
testigo presencial de un detalle curioso. Uno de los miembros
de su delegación, viejo diplomático y partidario
incondicional del gobierno de Manuel Prado, abrió su maleta
en su habitación del Hotel Carrera y encima de la ropa
vimos un pesado crucifijo de madera y de marfil que lo acompañaba,
por lo visto, en todos sus viajes.
En
las tardes salíamos de la agitada sala de reuniones y el
Ministro Porras, encantado con el clima suave de la primavera
santiaguina, me pedía que lo acompañara a librerías
de viejo. En esas ocasiones hablábamos de escritores peruanos,
chilenos, latinoamericanos: de César Vallejo, de cuya edición
póstuma de Poemas Humanos se había encargado en
persona poco después de la muerte del poeta en París;
de Pablo Neruda y Vicente Huidobro; de Jorge Luis Borges. Él
se interesaba en la poesía de tono menor, de patios y callejuelas
de arrabales, con lejanos ecos de tangos y de milongas, de Fervor
de Buenos Aires, pero observaba con sorpresa que los jóvenes
escritores de Lima leían las mismas cosas que yo le comentaba
y que leían mis amigos de Santiago: el Borges de El Aleph,
de Otras Inquisiciones, de Historia Universal de la Infamia. No
estaba de acuerdo con nuestro gusto, pero la coincidencia le parecía
interesante.
Me
anunció una invitación al Perú para presentarme
a los jóvenes autores de allá. El Ministro hizo
poco tiempo más tarde, en otra reunión de la OEA,
la encendida defensa del principio de no intervención,
que habría permitido coexistir en América del Norte
y del Sur con el régimen de Castro, y murió de un
ataque cardíaco provocado, según se dijo, por este
esfuerzo. Un par de años después me encontré
en París, en un programa en español de la Radio
Francesa, con uno de los jóvenes que leían al Jorge
Luis Borges “difícil” y que a la vez habían sido
discípulos del Ministro historiador y hombre de letras,
Mario Vargas Llosa.
Ahora
pienso que mis primeros encuentros con Vargas Llosa, a partir
de junio o julio de 1962, estuvieron marcados por la atmósfera
optimista, generosa, juvenil, de los comienzos de la Revolución
Cubana. Todavía veo al joven peruano, cuya primera novela,
La Ciudad y los Perros, aún estaba inédita, en la
tribuna de la Mutualité, en París, al lado de Jean
Paul Sartre, de Simone de Beauvoir, de algún otro que ahora
no recuerdo.
Vargas
Llosa decía en tonos apasionados, con un francés
impecable, que los grandes responsables del atraso, de la miseria,
de la injusticia en su país eran una trinidad formada por
el Ejército, la Iglesia y la Oligarquía. El Mario
de aquellos días vivía en un pequeño y desvencijado
departamento de la rue de Tournon. Trabajaba de noche en la Radio
Francesa y escribía a partir del mediodía como un
forzado hasta más o menos las siete o las ocho de la noche.
Frente a su mesa de trabajo tenía una edición de
tapas rojizas, en rústica, de las obras completas de Lenin,
detalle que nunca dejaba de asombrarse, pero en su conversación
no aparecía nunca la literatura de Lenin, sino la de Gustave
Flaubert, William Faulkner, Balzac, Tolstoi, Joan Martorell, el
novelista medieval de Tirante el Blanco.
Después
de entregarle el manuscrito de La Ciudad y los Perros a Carlos
Barral, a quien me parece que había conocido a través
de Claude Couffon, había entrado ya en el tema de La Casa
Verde. Escribía como novelista del siglo XIX, rodeado de
mapas de los lugares y de hojas con la cronología y los
personajes de su historia pegadas con chinches en las paredes.
La naciente revolución cubana acaparaba las conversaciones
de café, las del Old Navy o La Coupole, para citar un par
de lugares emblemáticos, pero Mario, precisamente, rehuía
por principio aquellos encuentros nocturnos. Después de
la jornada literaria suya y de la mía en la diplomacia
chilena, solíamos reunirnos para ir a ver un “western”,
su género preferido en el cine.
Y
en los fines de semana visitábamos casas o lugares de escritores,
compartiendo en estas excursiones los gustos de cada cual de una
manera pacífica: un fin de semana el Rouen y el Croisset
de Gustave Flaubert; otro, el Illiers de Marcel Proust. Cada excursión
era una historia inesperada y divertida, llena de incidentes curiosos.
Cada una podría formar el capítulo de un libro.
El hospital, el pabellón de Croisset, la plaza de Rouen,
fueron mi iniciación en el mundo flaubertiano, así
como la visita de Illiers terminó por llevar a Mario, reticente
hasta entonces, a la lectura de Proust.
A
mí me parece hoy, con nada menos que cuarenta años
de perspectiva, que la libertad de creación literaria era
una de las preocupaciones centrales del joven Vargas Llosa, una
opción que estaba destinada
a alejarlo del socialismo real en cualquiera de sus formas. Parecía
en las primeras etapas que la Revolución Cubana no seguiría
los modelos de represión intelectual de los países
del bloque soviético.
Las revistas isleñas mostraban una fascinación algo
tardía, pero en cualquier caso interesante, por el surrealismo
y por las vanguardias europeas, fenómeno que también
se daba en las artes plásticas. A poco andar, sin embargo,
en forma contradictoria, empezaron a manifestarse signos inquietantes.
El fin prematuro del suplemento Lunes de Revolución, que
coincidió con la prohibición de la película
documental P. M. y con los primeros problemas de Guillermo Cabrera
Infante y de Heberto Padilla, indicó en forma clara, para
entendedores lúcidos, el rumbo que iban a tomar las cosas.
En una célebre reunión con los intelectuales isleños,
Fidel hizo una declaración que no todos comprendieron en
su verdadero alcance: “Dentro de la Revolución, todo; contra
la Revolución, nada”. 
En
aquella misma reunión, un escritor sólo conocido
por una minoría, hombre de aspecto frágil, apocado,
dijo en público lo siguiente: “Yo tengo mucho miedo”. No
dijo casi nada más, pero era más que suficiente.
Mi impresión actual es que los intelectuales de afuera,
los de las capitales de la lengua española, los de París,
fuimos demasiado lentos para sacar las consecuencias de esta situación.
El entusiasmo con el castrismo fue persistente, prolongado, resistente
al análisis.
La
comparación de lo que pasaba en Cuba con lo que había
pasado décadas antes en la Unión Soviética
era decididamente mal vista. Cabrera Infante, uno de los primeros
exiliados intelectuales, fue condenado y aislado por casi todos
nosotros en los tiempos de su llegada a Londres, en forma explícita
o tácita. Ahora, después de alrededor de cuarenta
años, he comprobado que Virgilio Piñera, el que
se atrevió a confesar su miedo en las barbas mismas del
Comandante en Jefe, es el ídolo más sólido
para los escritores jóvenes de Cuba, por lo menos para
los que han conseguido escapar en años recientes.
Una
tarde, durante mi estada como diplomático del gobierno
de Salvador Allende, fui a visitar a Pepe Rodríguez Feo
en su departamento de La Habana. Después de la visita salimos
a un corredor en penumbra y vimos a una sombra que se
deslizaba y entraba en un pequeño departamento vecino.
“Es Virgilio Piñ era”,
susurró Rodríguez Feo. Pensé en los poetas,
en la gente de verdadera imaginación creadora, reducidos
a la condición de sombras, en curioso contraste con la
luz caribeña. Pero fue sólo un instante y una rápida
imagen: un ser que pasaba cerca, encorvado, y que se refugiaba
en su cubículo, en su recinto secreto. Pues bien, me pareció
interesante que los jóvenes escritores, después
de más de treinta años, puedan amar y admirar a
ese personaje de la penumbra más que a cualquier detentador
de los poderes fácticos. Los aficionados a viajar y a retratarse
junto al Comandante en Jefe, cualquiera que sea su ideología,
deberían sacar a tiempo las conclusiones que correspondan.
Yo habría preferido el descenso al Hades con este singular
Virgilio de la Isla.
Si
el rechazo de toda censura fue una de las obsesiones del joven
Vargas Llosa, creo que hubo otro factor poderoso que contribuyó
a alejarlo del socialismo real. Después del rápido
éxito internacional de La Ciudad y los Perros, el nuevo
novelista peruano se puso en la mira de muchos cenáculos
literarios de América Latina. Fue víctima de la
envidia de aquel personaje que él mismo definió
como “intelectual barato”. Hay que haber vivido en aquellos años
para entender los extremos a los que se podía llegar.
La
ideología se transformaba con facilidad en maquinaria de
acusaciones y delaciones interminables, en las que cada cual trataba
de colocarse a la izquierda del otro. Fueron pocos los escritores
y artistas de aquella época que no conocieron esta espiral
de la delación. Nicanor Parra recibió andanadas
furiosas por haberse permitido tomar una taza de té con
la señora del presidente Richard Nixon. Pablo Neruda fue
acusado en una carta pública de los intelectuales cubanos,
firmada con rara unanimidad, de haberse “aburguesado” y de haber
pactado con el enemigo político por el solo hecho de haber
viajado a una reunión del Pen Club Internacional en Nueva
York y de haber aceptado una condecoración del gobierno
peruano que presidía entonces Fernando Belaúnde.
No
eran tiempos fáciles. Eran años de inquisiciones,
de tribunales del pueblo, de comisarios autodesignados. Decir
otra cosa hoy sería embellecer y falsear nuestro pasado
más o menos reciente. El último entusiasmo castrista
de Mario Vargas Llosa que recuerdo es el de las crónicas
que envió desde La Habana durante la crisis de octubre
de 1962. “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita”, cantaba el
pueblo cubano en las rampas habaneras, poco después del
retiro de los misiles convenido entre John Kennedy y Nikita Kruschev,
y las crónicas de Vargas Llosa, publicadas si no recuerdo
mal en Le Monde, transmitían esta reacción espontánea
con toda su rabia y toda su espontánea frescura. Poco tiempo
más tarde invité a Mario y a su mujer de entonces,
Julia Urquidi, a una representación del “Galileo Galilei”
de Bertolt Brecht por el Teatro Nacional Popular de Francia.
Aparecieron
en compañía de una señora mayor, delgada,
de aspecto algo enfermizo, de acento marcadamente argentino. Se
hospedaba en el departamento de la rue de Tournon y había
llegado con recomendaciones de una peruana residente en Cuba.
Después supe por Mario que la peruana era Hilda Gadea,
primera mujer del Che Guevara, y que la señora de acento
argentino era nada menos que la mamá del Che. No recuerdo
detalles precisos, pero puedo asegurar que la señora hablaba
de la situación cubana sin euforia,
con reservas no enteramente explícitas, como si diera a
entender que se había producido una deriva o una burocratización
no deseables.
A
nosotros nos asombró, por otro lado, que la madre de un
gran personaje político de América Latina no se
alojara en un hotel de cinco estrellas sino en la modesta residencia
de un joven escritor. Era un motivo para confirmar nuestra fe
política, a pesar de la reticencia un tanto oscura con
que se expresaba la mamá del Che.
La
carta contra Neruda fue seguida de cerca por otro episodio desagradable,
que afectó esta vez en forma directa y personal a Vargas
Llosa.Frente al hecho seguro de que la segunda de sus novelas,
La Casa Verde, obtendría el premio venezolano Rómulo
Gallegos, la embajada de Cuba en Londres y Alejo Carpentier
en persona le habían propuesto que entregara públicamente
el dinero a la guerrilla del Che Guevara, con la seguridad de
que esta suma le sería reintegrada en mensualidades
por la embajada. Vargas Llosa rechazó de plano este arreglo
y todo el asunto salió a la luz con motivo de
la entrega del premio. Era un conflicto abierto, declarado, que
ya no se podía disimular. Uno de los primeros llamados
de apoyo que recibió el novelista fue el que le hizo desde
Santiago de Chile a Caracas Pablo Neruda. Era el germen de una
disidencia y de una crítica de los métodos del castrismo
que se incubaba en el interior mismo de la izquierda latinoamericana.
De
hecho, la carta contra Neruda y el episodio del Rómulo
Gallegos señalaron el principio de una evolución
que ya no tendría vuelta.
En
esos días se produjo otra crisis en el sector intelectual
con motivo del premio de Casa de las Américas otorgado
por un jurado internacional y, desde luego, con gran molestia
de las autoridades, a Fuera de Juego, colección de poemas
de Heberto Padilla. Era, como lo indicaba su título, un
libro de repliegue, de escepticismo, de distancia con respecto
al fervor revolucionario. Fue publicado con un prólogo
crítico de Nicolás Guillén, donde se daba
curso a todas las reservas oficiales, y fue objeto de los virulentos
ataques de la revista Verde Olivo, editada por las Fuerzas Armadas.
Ahí
comenzaba un episodio decisivo en la relación del poder
castrista con lo intelectual del interior y de afuera: el caso
Padilla. Mi último encuentro con Mario Vargas Llosa en
Cuba tuvo lugar a fines del año 70 o en los comienzos de
1971. Hubo, por iniciativa mía, entonces Encargado de Negocios
de Chile, cosa que los servicios secretos habrán anotado
como grave antecedente en mi contra, un almuerzo memorable en
compañía de Mario y de José Lezama Lima.
Lezama
nos habló con visible miedo, detalle que a mí ya
no me sorprendía, pero que Mario recuerda con asombro hasta
el día de hoy, de la situación interna, del soplonaje
(N.E.: chivateria), del absoluto control de la vida literaria,
del desastroso estado de la economía. De repente señaló
el florero que servía de centro de mesa en el restaurante,
sugiriendo que ahí podían esconderse los ineludibles
micrófonos.
Cuando
nos separamos de Lezama Lima, Mario estaba horrorizado, angustiado.
Lo curioso es que Julio Cortázar también visitaba
la isla en esos días y parecía flotar en el mejor
de los mundos revolucionarios posibles.
Cada
vez que se acercaba a un grupo donde se desarrollaba una conversación
difícil, donde se hablaba del “temita”, para emplear una
expresión habitual, la gente, justamente, cambiaba de tema
en forma inmediata.
Heberto
Padilla fue encarcelado un día viernes en la noche, después
de haberme visitado en mis habitaciones del hotel Habana Riviera
junto con Saverio Tutino, corresponsal hasta hacía poco
de L’Unitá en La Habana, y con José Norberto Fuentes,
autor entonces de Condenados de Condado y que tuvo que abandonar
la isla años después a causa, en parte, de su amistad
con el general caído en desgracia y fusilado Arnaldo Ochoa
y con los hermanos La Guardia.
Salí
de Cuba en la madrugada de ese lunes, ya destinado para trabajar
como ministro consejero en la embajada chilena en Francia, encabezada
por Pablo Neruda, y sin saber cuál sería el destino
de Heberto Padilla. En alguna forma, el caso Padilla era el caso
mío. Había conversado largo con Fidel Castro en
la noche del domingo, pocas horas antes de tomar el avión
de Iberia a Madrid, y el Comandante me había insinuado
que Padilla tenía “ciertas” ambiciones políticas,
cosa que no me pareció nada de convincente entonces y que
todavía no me convence.
Por
lo demás, no me parece que tener ambiciones políticas
sea delito en ninguna parte. Alojé una o dos noches en
la casa de Mario en Barcelona y le conté todo el episodio
del encarcelamiento de Padilla y de mis pasos finales en la isla,
incluyendo la conversación de cuatro horas con Fidel Castro,
sin omitir detalle. Después llegué a París
y le conté la misma historia a Pablo Neruda, mi flamante
jefe de misión. Tuve la impresión de que entendía
mejor que nadie lo que me había ocurrido, de que mi relato
confirmaba suposiciones y hasta experiencias y conocimientos suyos
acerca del socialismo real, pero de que a la vez olfateaba, con
su nariz fina, una situación altamente peligrosa en esos
días iniciales del gobierno de la Unidad Popular. Sentía
una especial irritación frente a la revista Libre, dirigida
entonces en París por Juan Goytisolo y Plinio Apuleyo Mendoza,
y me insistió mucho para que no colaborara con ellos. También
me transmitió un consejo, supongo que recibido por carta,
de Volodia Teitelboim: que no firmara ninguna de las protestas
por el caso Padilla, que no abriera la boca. La verdad es que
me bastaba con seguir las instrucciones generales al cuerpo diplomático:
el rápido “consejo” de Volodia era perfectamente innecesario.
Un
día me visitó en mi oficina José Agustín
Goytisolo y después, al salir, nos encontramos a boca de
jarro con Neruda y con el embajador de Cuba.
Fue
un momento de confusión, pero los gestos exagerados y horrorizados
de José Agustín le dieron un toque irresistiblemente
cómico. Neruda me contó después que el embajador
cubano, Baudilio Castellanos, conocido por sus numerosos amigos
como Bilito, le había hecho notar que en la embajada chilena
faltaba vigilancia. Neruda me dijo que le contestó, con
todas sus letras, que a él no le gustaba el “policial socialismo”.
Guardé
silencio, pues, en medio de la agitación de mis amigos
escritores, y el caso Padilla se hizo célebre en todas
partes y siguió el curso que todos conocen. A fines de
diciembre de 1973 se publicó en Barral Editores mi testimonio
personal, escrito en las madrugadas de 1971, antes de partir a
mis oficinas de la avenida de la Motte-Picquet, y completado con
un epílogo después del go lpe
militar del 11 de septiembre y cuando yo había sido borrado
de las filas de la diplomacia chilena. Las reacciones
editoriales fueron sorprendentes y reveladoras. Una conocida firma
alemana pidió por telegrama que no le mandaran el libro
en lectura porque “ya sabían de qué se trataba”.
Otra editorial de la misma lengua dijo que no podía publicarlo,
pero pidió permiso para no devolver el ejemplar de lectura
porque su lector se había entusiasmado con la obra y quería
conservarla. Podría escribir un pequeño ensayo llamado
“Misterios editoriales” y quizás lo haga algún día.
A
comienzos de 1974 pasaron por Barcelona Mari Jo y Octavio Paz
y fueron una tarde a la casa de Carlos Barral en la calle Ganduxer.
Carlos me llamó por teléfono para decirme que Octavio
Paz quería conocerme.
Me
agregó que también habían llegado a su casa
los Vargas Llosa. Fuimos a cenar a un restaurante cercano y Octavio
me dijo que Persona Non Grata le parecía un libro importante,
pero que nadie en México se atrevía a escribir sobre
él. Ahí mismo, cuando ya estábamos sentados
a la mesa, le pidió a Mario Vargas Llosa que escribiera
sobre el libro para la revista Plural, que él dirigía
entonces. Poco después apareció un número
de Plural con el texto de Mario, “Un francotirador tranquilo”,
y con otro del gran crítico uruguayo Emir Rodríguez
Monegal. Ya se formaba en torno a Octavio Paz y a la revista que
fundaría muy pronto, Vuelta, un grupo de escritores, artistas
e intelectuales iberoamericanos cuya tendencia se podría
definir como liberal o socialdemócrata, en contraste con
los sectores castristas o marxistas donde se alineaban Julio Cortázar,
Gabriel García Márquez o Mario Benedetti. Era una
división tajante en el mundo de nuestra lengua: una manifestación
particular, de caracteres bien acusados, de la Guerra Fría.
Aquella división perdió gran parte de su sentido
con el desplome del bloque soviético, pero todavía
sobrevive de alguna manera. Sólo podrá terminar
de verdad y verse como cosa del pasado cuando comience la transición
cubana, fenómeno político e histórico que
ya no está demasiado lejos de nosotros. |