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Doctora
Hilda Molina |
En defensa de las familias saqueadas en Cuba
En
el transcurso de mi existencia, he mantenido como premisa inviolable,
la de no emitir criterios sobre tópicos que no domino.
Es por eso que prescindo de realizar evaluaciones concernientes
a aspectos económicos. Sin embargo, nuestra ya trágica
cotidianidad se ha visto estremecida por una amenaza gubernamental,
ante la que no debemos permanecer indiferentes los que deseamos
el bien de la Patria. Se trata de que, según las evidencias,
se tornará interminable la repetitividad de la alucinante
y artificial devaluación de la ayuda económica que
llega a los empobrecidos ciudadanos de este país, procedente
de las más disímiles regiones del planeta.
Las
humildes y conmocionadas familias cubanas, que viven en perenne
indefensión ante un régimen radicalmente totalitario
y prolífico en desventuras, tienen la inquietante convicción
de que continuará la ya
iniciada expoliación de las modestas e imprescindibles
remesas, que con tanto amor y sacrificio,
les remiten sus seres queridos residentes en otras latitudes.
Y ciertamente, el lenguaje discursivo oficial, presagia la apertura
de nuevos senderos de dolor. Las recientes palabras de los que
dominan la nación son muestras inequívocas de que
confiando en el borreguismo colectivo vigente en esta sociedad
durante casi medio siglo, se disponen a implementar una vez más,
medidas económicas demenciales, las que profundizarán
hasta extremos indefinibles la menesterosidad de nuestras maltratadas
familias.
Teniendo
en cuenta los recientes y vertiginosos acontecimientos que agudizan
la desesperación nacional, he decidido adentrarme en este
dramático tema por una sencilla y poderosa razón:
considero inmoral aceptar
pasivamente esta deleznable injusticia, que aunque en estos momentos
no podemos suprimir, sí al menos debemos inexcusablemente
denunciar.
Estoy
consciente de la complejidad que para mí implica asumir
este análisis. Pero mis reflexiones críticas y mis
opiniones ante tan desmesurada aberración, no tienen como
objetivo efectuar valoraciones de índole económica,
pues no lograría un juicio autorizado al respecto. Con
estas líneas, justo reclamo de justicia que humildemente
dedico a las sufrientes familias cubanas, me propongo:
•
Plantear este apremiante problema en su verdadera dimensión
humana.
• Estremecer las conciencias insensibles, temerosas y dormidas.
• Exigir el respeto a los sagrados derechos y a la dignidad de
las familias cubanas.
• Alzar mi voz en defensa de las familias saqueadas.
LAS
DIVISAS EN LA CUBA COMUNISTA
1.
PENALIZADA LA POSESIÓN DE DIVISAS
Con
la implantación del Comunismo, se inicia en nuestra Patria
un interminable proceso de aniquilamiento de la institución
familiar, célula insustituible de toda sociedad. Como indiscutible
expresión
de la gelidez de sus corazones y de su patológica incapacidad
para la misericordia, los que gobiernan han convertido invariablemente
a las familias en víctimas de sistemática violencia
psicológica y material. Desde 1959, cientos de miles de
cubanos han sido humillados, calumniados y hasta encarcelados,
sólo por su determinación, concretada o no, de residir
en el exterior; y durante muchos años, cientos de miles
de familias fueron condenadas a la incomunicación con sus
seres queridos, si éstos lograban abandonar el país.
Pero a los que ostentan el poder no les bastó con prohibir
las relaciones entre los cubanos de la isla y sus familiares radicados
en otras áreas; no les bastó con desgarrar las familias
e intentar expropiarnos los sentimientos, sino que en un proceder
ostensiblemente cruel, calificaron como ilegal la posesión
de divisas. Tan lesiva y absurda disposición se sustentó
en un endeble argumento, merecedor de un monumento a la hipocresía;
y que no resistía ni un segundo de análisis coherente:
proclamaron que urgían medidas encaminadas a garantizar
la igualdad entre todos los ciudadanos del país, y por
ende la justicia social. No obstante, el verdadero y único
objetivo era homologarnos en la indigencia, conscientes de que
cercenando las libertades económicas, hacían expedito
el camino hacia su meta definitiva: establecer un régimen
totalitario y perpetuo.
En
Cuba imperaba entonces y aún subsiste, un clima de tensión,
oportunismo, delación, intrigas, envidias, revanchas. En
este contexto envenenado se desató, liderada por inquisidores
resentidos, una cacería implacable contra la tenencia de
dólares. El resultado era previsible: cientos, tal vez
miles de personas honestas y decentes, fueron encarceladas, juzgadas
y condenadas a largos y terribles años de prisión,
por poseer dólares u otras divisas, que desde el destierro
y como alivio a sus penurias y carestías, les remitían
hijos, padres, hermanos, sobrinos y otros familiares. No sólo
castigaban a los cubanos destrozando a sus familias; al unísono
los trataban como delincuentes, por la única razón
de contar con modestas cantidades de dinero foráneo que
lograban enviarles sus seres queridos, después de trabajar
arduamente con sacrificio y abnegación en lejanas regiones
del mundo. Las familias de esta noble nación iniciaban
así, en los albores del Comunismo, su penosa peregrinación
por el mundo del horror.
Los
cubanos ante tan omnipotente ignominia, se parapetaron en el terror,
guardaron un temeroso silencio; y se resignaron a vivir degradados,
sintiendo un dolor que les dolía muy hondo, entre otras
cosas porque era un dolor que no entendían. No entendían
por qué ellos tenían que negar a sus seres queridos
residentes en el extranjero. No entendían por qué
ellos debían ocultar lo que para los ciudadanos de cualquier
país constituía motivo de orgullo y felicidad: recibir
el mensaje de amor de sus familiares físicamente distantes,
expresado en una necesaria y legítima ayuda económica.
Este capítulo de la historia del totalitarismo comunista
en Cuba, de crueldad memorable, se inscribe entre sus más
repudiables acciones contra la dignidad y los derechos fundamentales
del hombre y de las familias.
SE
DESPENALIZA LA POSESIÓN DE DIVISAS
a)
¿Por qué se despenaliza la posesión de divisas?
La abusiva penalización por tenencia de divisas legalmente
adquiridas, se prolongó durante numerosos y aciagos años.
Pero nada es inmutable; y los vaivenes y bruscas fluctuaciones
de un sistema político incoherente y deshumanizado, son
imprevisibles, más aún si al autoritarismo de este
sistema se adicionan la codicia y las apetencias materiales. En
1993, los dueños de nuestra martirizada nación decretaron
la despenalización de las divisas; y aunque habituados
a las variaciones abruptas y caprichosas de las directrices nacionales,
nos preguntamos sorprendidos, cuáles serían las
verdaderas causas de estas medidas. Obviamente no intentaban iniciar
una restauración antropológica; no se proponían
respetar los hasta entonces conculcados derechos humanos; no deseaban
restañar las heridas de las familias mutiladas, ni dignificar
esta irreemplazable institución. El objetivo era oscuro
y mezquino: conseguir dólares a toda costa; se necesitaba
perentoriamente esta demonizada moneda, para tratar de solucionar
la crisis económico superlativa, nacida de la simbiosis
entre el inepto e irresponsable desempeño gubernamental;
y la pérdida de los subsidios procedentes del desintegrado
bloque comunista europeo. Como siempre, la solución a este
grave problema, a esta presionante necesidad de dólares,
estaba en los sobrecargados hombros del pueblo; y al pueblo acudieron.
Empleando
sus poderes absolutos sobre cuerpos y almas, sus potentes métodos
de manipulación espiritual; y su hipnotizante retórica
populista, lucraron con el tradicional, inmenso y entrañable
cariño, que en el más amplio e integral sentido
de la palabra sentimos en Cuba por nuestras familias.
Bastó una orden todopoderosa para que milagrosamente, los
otrora preteridos, repudiados y vilipendiados cubanos “apátridas”
dispersos por el orbe, fueran bienvenidos en la tierra que los
vio nacer; y disfrutaran incluso de beneficios negados a los que
permanecimos aquí, imponiéndoles como único
requisito, la no identificación con la lucha que ha librado
permanentemente el exilio en pos de la democratización
de la Patria. Se autorizaron y promovieron de inmediato las óptimas
relaciones entre los cubanos de la isla y sus familiares y amigos
residentes allende los mares, pues urgía que éstos
retornaran y gastaran en Cuba el producto de sus ahorros.
Finalmente,
el gobierno en 1993 despenalizaba la posesión de divisas
en aras de resolver su propio caos económico.
Sin embargo, la legislación al efecto no se presentó
como el reconocimiento a un elemental derecho, sino como una dádiva
que emanaba de su bondad y benevolencia. Esta criticable actuación
develó con contundente nitidez, la verdadera naturaleza
del régimen.
La
implementación rápida de la libre tenencia de divisas,
sin una previa preparación de la población, desencadenó
un descomunal descontrol en la circulación del dólar,
con la consiguiente profundización de las desigualdades
sociales; y el crecimiento galopante de la ya existente corrupción.
La devastación generalizada, moral y material, engendrada
por sistemas totalitarios vitalicios, conduce al envilecimiento
de las ideas y los valores, destruye la autoestima; y por tanto
compromete la salud psicológica de los ciudadanos, generando
un proceso de involución humana. Esta lamentable realidad
resultó determinante en la incapacidad de los además
confundidos y desconcertados cubanos, para enfrentar adecuadamente
un reordenamiento económico inesperado, súbito,
desprovisto de ética e insaciablemente avaricioso.
b)
Sucesivas devaluaciones de las divisas
Durante
todos estos años, desde 1993, el ambicionado e imprescindible
dólar circuló libremente en el país, cohabitando
con el peso cubano, y con el llamado peso cubano convertible (CUC).
Su valor con relación al primero estuvo inicialmente manejado
por los especuladores; y pasó con celeridad a control estatal.
El segundo se equiparó artificialmente con el dólar.
Sin
lugar a dudas, las remesas familiares constituyeron las principales
fuentes inagotables que alimentaron el flujo constante de dólares
circulantes en Cuba. Estas remesas garantizaron entre otras cosas:
la supervivencia del sistema comunista; una existencia más
llevadera y digna para millones de cubanos; una existencia opulenta
a las huestes de corruptos, que se enriquecían robando
al gobierno, diseminando los vicios; y robando y estafando a sus
compatriotas.
A
pesar de su aparente estabilidad, este panorama tenía sus
días contados. Un régimen que en más de 45
años de dominio no había logrado estructurar una
economía sólida o al menos aceptable, vivía
y vive inmerso en crisis perpetuas que lo mantienen al borde del
abismo. Necesitaban con premura más dólares; y la
solución nuevamente se encontraba en el pueblo, en las
remesas familiares que recibía el pueblo. Las codiciadas
remesas ocuparon históricamente un lugar preferencial en
los proyectos gubernamentales, pero en aquellos momentos, después
de muchos años de beneficiarse de ellas, no eran más
que un exitoso preámbulo, insuficientes para satisfacer
su ilimitada voracidad; y sin posibilidades de resolver la debacle
que se aproximaba.
Entonces concibieron un plan maquiavélico, dirigido a entronizar
oficialmente el saqueo sobre estas ayudas económicas familiares,
mediante sucesivas devaluaciones de las divisas, fundamentalmente
del dólar; y comenzaron a crear las condiciones mínimas
requeridas, con vistas a lanzar el cruento zarpazo.
Desde el año 2003, pusieron en marcha sus estereotipos
propagandísticos orientados al dominio de las masas.
Comenzaron con mensajes subliminales emitidos por los medios de
prensa, y especialmente por los personajes más representativos
del gobierno. El contenido esencial de estos mensajes consistía
en: satanizar al “perverso dólar”, criticando su supuestamente
desproporcionado poder adquisitivo; resaltar las excelencias del
Comunismo y los extraordinarios subsidios
que obsequiaban a la población; prometer colosales e inminentes
mejorías en las condiciones de vida.
A
la variante subliminal se añadió progresivamente
una avalancha enajenante de propaganda más explícita
que o desinformaba, o brindaba información manipulada.
Concluida esta etapa de erosión psicológica; y cuando
en el 2004 consideraron que el ambiente resultaba propicio, sin
temblarles la voz hicieron pública la devaluación
de las monedas foráneas y la supervaloración del
peso cubano convertible. La medida, que se presentó en
un contexto que incluía otras, todas según aseguraban
destinadas al beneficio popular, fue divulgada por Fidel Castro
personalmente, quien intentó persuadir a los cubanos de
que la expoliación por parte del estado de sus remesas
familiares era sinónimo de bienestar y prosperidad.
De
esta forma, los artífices del infortunio, ejerciendo férreamente
su incontrolable poder, y prescindiendo de criterios económicos
razonables y universalmente aceptados, decidieron sobre-evaluar
al inservible peso cubano convertible; y otorgarle arbitrariamente
más valor que al dólar. Con esta disposición
absurda y caprichosamente demencial, eran diezmadas por decreto
las remesas generalmente modestas que mitigaban la precariedad
de las familias de la isla; y les aportaban un mínimo de
tranquilidad; y lo estrictamente indispensable para la subsistencia.
Los
propietarios de la nación, en uso de sus infinitas prerrogativas,
convocaban a vivir sin vida sublimando lo aberrante; y continuaban
su marcha indetenible por la senda que los conduce a satisfacer
sin límites, su ingente necesidad y su afán inextinguible
de dólares.
Llegó
el año 2005 con el país sumido en angustias impotentes
y silenciadas. Pero esto no bastaba: la ruina que se enseñoreaba
de Cuba y la rapacidad
de sus amos no tenían fin. Una vez más les urgían
los dólares; y en el pueblo estaba la respuesta. Sustentados
únicamente en su autoritarismo, seguros de la docilidad
y sumisión de la ciudadanía, ya no emplearon con
tanta profusión los mecanismos En ese fatídico y
turbulento período nos enseñaron la espantosa magnitud
del mal que el hombre puede infligir a sus congéneres.
Los dirigentes inquisitoriales que invadieron esta ínsula,
se empeñaron afanosamente en disolver las familias; e intentaron
sustituir el amor filial, el amor fraternal, …el amor familiar,
por un culto ciego al engendro fraticida, autoritario y esterilizante
llamado estado comunista.
Los cubanos, prisioneros del régimen y de sus propios terrores,
fueron testigos y actores conmocionados y atónitos, del
enfrentamiento entre padres e hijos, hermanos, esposos y demás
familiares, por motivos políticos, ideológicos y
hasta religiosos. Los verdugos del cariño transmutaron
a los cubanos, históricamente devotos de sus familias,
en testigos y muchas veces actores de experiencias tan atroces
como delaciones, marginación, discriminación, calumnias,
encarcelamientos y ejecución de sus seres queridos, sólo
por no identificarse con el gobierno, por discrepar, por objeciones
de conciencia, o por no ocultar su Fe.
Pero
el vía crucis no se detenía. Los horrores que se
avecinaban alcanzarían límites inverosímiles.
Huyendo de un ambiente irrespirable, plagado de avatares multiformes,
cientos de miles de cubanos protagonizaron un éxodo incontenible
que hoy persiste; unos viajaban legalmente; otros escapaban por
cualquier sendero, pues preferían morir en el mar, antes
que vivir esclavizados. Emergieron entonces los nombrados “mítines
de repudio”, uno de los capítulos más infamantes
y bochornosos escritos por los comunistas cubanos; y arma letal
que han empleado cíclicamente a lo largo de sus 47 años
de reinado. Los fundamentalistas que se adueñaron del país,
capaces de extraer con precisión milimétrica lo
peor del ser humano y de enardecer los más bajos instintos,
transformaron a sus seguidores genuflexos en hordas bestializadas,
les estercolaron los corazones; y los hicieron descender peldaño
a peldaño hacia el lodazal.
Como
la sola intención de residir en el exterior se consideraba
una traición, los cubanos que decidían emigrar,
además de laborar en ca mpamentos
de trabajo forzado, eran puestos a disposición de sus compatriotas
convertidos bajo la conducción gubernamental, en manadas
subhumanas; estas manadas paramilitares les expresaban su “repudio”,
sometiéndolos a virulentas agresiones físicas y
verbales, matizadas por una amplia gama de vulgaridades y obscenidades.
Ante
esta impunidad represiva, ante estas terribles pruebas llevadas
a límites supremos, cabe preguntar: ¿Cómo
reaccionó la población? ¿Cómo reaccionaron
los familiares de las víctimas? La población que
no se involucró activamente en los desmanes, paralizada
por el pánico, respondió mayoritariamente autoencadenándose
física e intelectualmente. Como expresaría el venerable
Padre Félix Varela, el pueblo se cubrió de “máscaras
políticas”; y adoptando una conformidad degradante, soportó
calladamente su azaroso destino. Algunos familiares de los tan
salvajemente agredidos, digamos que enajenados por las deshumanizantes
circunstancias, se proyectaron en franca complicidad con los victimarios.
Nuestra sociedad es una sociedad enferma, porque desgarrando las
familias profanaron su sacralizad. La profanaron al sembrar la
división en sus entrañas. La profanaron cuando los
cubanos despidieron a sus seres amados, a los que tal vez jamás
volverían a abrazar, con un repudio, o con una cruel amalgama
de negación-tristeza subterránea. Nadie puede hacernos
tanto daño como los que deben amarnos; y según aseveró
el Padre Varela, “Hay apatías más crueles
que las mismas furias”. En consecuencia, este oprobioso
pasado reciente nos ha dejado secuelas incurables, no en forma
de cicatrices latentes, sino de heridas sangrantes difíciles
de cicatrizar. Y no se trata de rencor, la nobleza cubana rechaza
ese mezquino sentimiento; se trata de tanto dolor infecundo, que
amenaza con atrofiarnos el alma.
Son
innegables estos traumáticos sucesos, como innegable es
el refrán árabe que postula: “El único
dolor que mata más que el hierro, es la injusticia que
procede de nuestra familia”. Sin embargo, el cariño
a la familia resiste los más brutales embates; “al
amor familiar no lo desarbolan las tormentas, porque existen anclas
suficientes para esperar a que pase el vendaval.” Por
eso, contra todo pronóstico, los cubanos de aquí
y los desterrados bajo cielos ajenos, recurriendo a sus reservas
espirituales, se dispusieron a luchar sin desmayo en pos de reivindicar
este invencible y bendecido amor.
¿Lograron
realmente los artífices del odio dividir a las familias
de nuestras martirizada tierra? La respuesta es no; lograron separarlas,
distanciarlas espacialmente, desgarrarlas, pero no dividirlas.
Existían factores favorecedores de la discordia, los que
propiciaban el quebrantamiento de la unidad familiar;
podemos mencionar a manera de ejemplos, los hechos lamentables
analizados en párrafos precedentes, cuyas huellas imborrables
invadirían tanto aquel presente como el futuro; y la perversa
disposición que prohibía las relaciones de los habitantes
de la isla con sus familiares del exterior, categorizados como
“gusanos, apátridas y traidores”. Pero
a pesar del genocidio familiar perpetrado, no se necesitaron diálogos
ni negociaciones nacionales e internacionales; no se necesitaron
psicoanálisis de grupos para perdonar el pasado, repletar
de cariño aquella etapa; y concebir ilusiones y esperanzas
para el porvenir: de las hondas, sólidas y tradicionales
raíces del amor familiar, brotó espontáneamente
un imperecedero pacto de perdón.
Conocemos
que cuando el régimen requirió divisas perentoriamente,
autorizó los contactos de las familias separadas por el
mar y la maldad. Sin embargo, este “generoso” salvoconducto dólar-dependiente,
hipócritamente denominado “encuentro de la Patria con su
comunidad en el exterior”, llegó tarde. Los cubanos no
se amedrentaron y burlaron la censura, aniquilaron la cruel legislación
que los alejaba artificialmente. Apenas se establecieron en otros
confines, los hijos buenos de esta isla reiniciaron los nexos
de cariño con sus familiares; y generalmente a expensas
de extraordinarios sacrificios, comenzaron el envío regular
de ayuda económica, con vistas a mitigar la agobiante precariedad
de los que permanecieron en Cuba. Por su parte, los receptores
de estas remesas injustamente criminalizadas por el régimen,
no tuvieron otra opción que ocultar sus divisas legítimamente
adquiridas; y así, durante muchos años, esta imprescindible
moneda habitó en la clandestinidad de los hogares.
Definitivamente
la gigantesca siembra de odio del proceso comunista no fructificó
en el universo familiar, porque el amor, tarde o temprano, siempre
vence al odio. Además, porque la historia ha demostrado
que cualquier tipo de siembra, aún la más dañina,
está condenada al fracaso en manos de
tan malos cosecheros.
Aunque
las cifras no se compilan ni oficial ni extraoficialmente, sabemos
que millones de dólares ingresan anualmente en Cuba por
la vía familiar. Como ya expuse, estos dólares que
oxigenaron al Comunismo y le permitieron sobrevivir, han representado
un extraordinario alivio para un porcentaje
importante de la población del país. Y no es que
sus vidas se tornaran más soportables desde el punto de
vista financiero, sino que las incertidumbres, los miedos, las
inseguridades, la desesperación, regalados en abundancia
por un sistema asfixiante, han encontrado un poderoso adversario
en el apoyo familiar.
Las familias beneficiadas con las remesas precedentes de todas
las regiones del orbe, conservaron en su mayoría la verticalidad
ética. Edificadas según los patrones clásicos
de esta institución en nuestra nación, mantuvieron
enhiestas su moral y su decencia; se sostuvieron sobre columnas
de trabajo, honradez y sencillez; y subsistieron sin prostituirse
ni delinquir, gracias a los indestructibles lazos familiares.
Los cubanos que en todas partes del mundo lucharon contracorriente
tenaz y tozudamente por salvar la excepcional comunidad familiar,
no triunfarían en su encomiable objetivo de rearticularla,
de reunificarla, pero sí lograron el florecimiento de los
vínculos afectivos a través de la distancia; y remitir
a la Patria sus testimonios de cariño, expresados en las
muy útiles ayudas monetarias. Efectivamente, lo reitero,
las remesas se tradujeron en una mejoría integral para
el pueblo cubano. Pero impresiona pensar que las torturadas y
siempre amantes almas de nuestras familias, han pagado y pagan
un precio espiritual desmesuradamente alto y cruel por estas remesas,
sinónimos de una vida más digna.
Porque ciertamente, los aquí nacidos padecemos una dramática
y paradójica simultaneidad: el mismo gobierno que nos privó
de los seres que más queremos, nos priva ahora del sustento
que con sacrificio y nobleza nos envían.
Ahondando las heridas aún abiertas, e impidiendo que sanen,
nos aplican una inacabable sangría material, después
de exponernos durante años a una dolorosísima sangría
espiritual.
¿Cuál es el precio que hemos pagado cientos de miles
de cubanos, a cambio de las remesas que nos envían desde
el destierro? La respuesta que damos a esta interrogante, y que
es un pálido reflejo de la realidad, debe ser repetida
una y otra vez, para que la historia no olvide jamás, la
inmerecida tragedia que lacera a las familias de esta isla mártir:
•
Nos condenaron a perder trozos de corazón, a vivir a medias,
cuando por décadas ocultamos o negamos a nuestros seres
queridos residentes en el exterior.
• Al separarnos, nos impidieron conjurar juntos el mal, utilizando
la fuerza del amor.
• Nos privaron de la sublime ternura que solamente se disfruta
en el ámbito familiar.
• Nos condenaron a la soledad, a una soledad que nos llegó
sin haberla preconstruido.
• Nos robaron la gloria de ver nacer y crecer a nuestros nietos.
Nos negaron la dicha de participar en sus éxitos estudiantiles.
• Nos arrebataron el tesoro de ver a nuestros hijos convertirse
en hombres de bien, progresar profesionalmente, y madurar.
• Nos impidieron compartir con los que tanto adoramos, sus alegrías
y tristezas cotidianas.
• Nos negaron la posibilidad de ofrecer un consejo al ser amado,
en situaciones difíciles.
• Nos impidieron velar sus horas de angustia, sus noches de enfermedad.
• Nos condenaron a envejecer solos, nosotros y nuestros sueños.
Nos han condenado a morir solos, lejos de los seres queridos.
• Nos impusieron una perenne nostalgia; y una especial añoranza
en las fechas en que el amor convoca a las familias.
• Nos condenaron a pérdidas sentimentales y espirituales
irreparables, pues nos privaron inmisericordemente de miles de
dulces, tiernas e irrepetibles vivencias.
Cientos
de miles de familias cubanas reciben desde otras latitudes el
“perverso dólar”, como gusta nombrarlo al régimen;
sí, lo reciben, pagando este terrible y amargo precio.
Quedan no obstante ráfagas de optimismo y esperanza, porque
queda un consuelo: este incalculable y cruento sacrificio no es
en vano. Y no lo es, pues aunque a expensas del destierro y el
desarraigo familiar, nuestros seres queridos, tomando las riendas
de sus destinos, han evadido definitivamente el yugo liberticida.
Después de un calvario prolongado y rico en variantes y
matices, nos enfrentamos actualmente a una agresión especialmente
vejaminosa; aceptarla en silencio, nos llevaría al suicidio
psíquico. Los cubanos tenemos el derecho indeclinable de
exigir que se respeten las remesas que innegablemente nos pertenecen;
y que cesen ya la extorsión y el saqueo ejercidos contra
la ayuda monetaria que legalmente nos remiten nuestros familiares.
2.
LOS NUEVOS RICOS
Previamente señalé que después de la despenalización
de divisas, las familias receptoras de remesas y los nuevos ricos,
fueron los principales grupos poblacionales que concentraron la
posesión de dólares. Los nuevos ricos, a los que
me referiré en los próximos párrafos, constituyen
un conglomerado humano cada vez más amplio y variado. En
su mayoría no reciben remesas, pero se benefician de ellas
mediante prácticas repudiables. En mi opinión, este
sector resulta muy dañino para nuestra Patria.
La corrupción, sinónimo de naufragio ético,
se ha establecido endémicamente en Cuba, adoptando sus
más disímiles variantes: robo, malversación,
estafa, mercado negro, compraventa de favores, tráfico
de influencias, industria de la perversión, etc. Realmente
hablamos de un problema planetario; pero lo cierto es que confiábamos
en que aquí sería eliminado por un proceso político
que proclamó como prioridad, la creación del “hombre
nuevo”. Personas con gran experiencia, han realizado estudios
excelentes y exhaustivos sobre la incidencia de la corrupción
en este país.
Permítanme
sólo unas breves consideraciones al respecto, como preámbulo
al tema de los nuevos ricos.
¿Cuáles son las causas de la corrupción en
nuestra nación? ¿Cuáles son las causas de
esta ilegalidad legitimizada? ¿Cuáles son las causas
de esta abominable cadena, que al extenderse desde los ciudadanos
más humildes hasta las instancias del poder, ha convertido
al país en una jungla?
Podemos
mencionar algunas:
• El gobierno es el máximo responsable del caos imperante
en Cuba; y por tanto de su corrupción. Las autoridades
han tolerado con aparente indolencia las prácticas corruptas,
porque éstas evitan que el pueblo se hunda definitivamente
en el profundo abismo de la pobreza absoluta.
• Somos una nación enferma, ya que durante casi medio siglo,
varias generaciones hemos crecido carentes de algo esencial e
inherente a la condición humana: la libertad.
• Esta sociedad se ha fomentado bajo constante represión
policial, pero sin contenedores cívicos, religiosos ni
morales, lo que crea condiciones objetivas y subjetivas favorables
al predominio de los antivalores y al auge del delito.
• La destrucción de las familias y la politización
ideologización de la educación y de las organizaciones
sociales, han eliminado el universo donde deben promoverse los
valores y donde con mayor eficacia se logra la profilaxis de la
corrupción.
• El pueblo ha padecido una precariedad generalizada, al enfrentar
penurias de todo tipo. Las fundamentales necesidades personales
y familiares de los cubanos no se han resuelto en los últimos
47 años. Esta interminable menesterosidad, unida a una
formación teórica igualitarista, crea un enajenante
y comprensible afán en pos de la supervivencia; y de obtener
todo lo ambicionado, situación que subsecuentemente ha
provocado la distorsión y en muchos casos el envilecimiento
involuntario de las
personalidades individuales.
• El pueblo no contaba con la preparación mínima
indispensable para exponerse a los cambios que se
produjeron cuando el régimen, de forma abrupta, dolarizó
la economía del país; y abrió sus puertas
a inversionistas y turistas inescrupulosos. Este pueblo, formado
en un ambiente que demonizaba a los capitalistas, se vio súbitamente
involucrado con lo peor del Capitalismo.
• Las opciones en estas etapas recientes de algunos contactos
con el exterior a través del turismo, de misiones de trabajo,
de nexos con familiares residentes en el extranjero, etc, han
permitido a los cubanos comparar sus pésimas condiciones
integrales, con la de los habitantes de otros países, lo
que ha incidido en sus estados psicológico-vivenciales,
y consecuentemente en sus proyecciones ante la vida.
• La gran mayoría de la población comprende, aunque
no lo plantee, que ha sido discriminada, empobrecida y traicionada
por un gobierno que tanto critica al capitalismo salvaje; y que
falsamente prometió la igualdad para todos los hijos de
esta tierra.
Me
entristece el declive ético-moral del país, fielmente
reflejado en la globalización de la corrupción.
Y al hablar de corrupción, sin pretender justificarlos,
no me refiero a los ciudadanos que no se benefician con remesas
familiares, humildes y depauperados por décadas de privaciones,
que impulsados por sus enormes necesidades, recurren a la economía
subterránea o a pequeños hurtos en sus lugares de
trabajo, con vistas a la subsistencia. Me estoy refiriendo al
pernicioso sector de los nuevos ricos, a los que inescrupulosamente,
aprovechándose de sus cargos dirigentes, roban los recursos
del país; o a los que acumulan sumas cuantiosas de dinero,
a expensas del mercado negro, robando y estafando a sus compatriotas,
expoliando el área
dolarizada de la economía, explotando los negocios de la
perversión, etc. Estos nuevos ricos, con la permisividad
gubernamental, y siguiendo la ley del máximo enriquecimiento
con el menor esfuerzo, han generado insultantes inequidades socio-económicas,
que hieren profundamente el alma de nuestra Patria.
¿Quiénes
son los nuevos ricos? En un país como la Cuba del presente,
cualquier definición de esta índole resulta difícil.
Partiendo de mi limitada experiencia en este tema, intentaré
sintetizar a continuación mis ideas al respecto. Los nuevos
ricos son huestes de corruptos nacidos del “hombre nuevo”, que
han lucrado y lucran gracias a la escandalosa y vergonzante impunidad
que les obsequian los encargados de garantizar la sanidad social.
Aunque el término se ha puesto de moda en períodos
recientes, este conglomerado humano emerge con la llamada Revolución.
En fecha tan temprana el año 1959, los que ocupaban cargos
de dirección, al tiempo que vociferaban contra los imperialistas,
los millonarios, los poderosos, se repartían los bienes
que expropiaban: mansiones y autos lujosos, suites en los grandes
hoteles, etc. Desde su instauración en el trono, se despojaron
de la más elemental coherencia entre principios teóricos
y acción; y en evidente contradicción con lo que
predicaban, se autobeneficiaron con irritantes privilegios.
Conservo
aún fresco en mi memoria, el calvario que padeció
mi familia cuando mi hijo cursaba la enseñanza media. Con
la ilusión característica de un niño noble
e inteligente, y con expectativas muy positivas, él seleccionó
la escuela donde deseaba realizar sus estudios secundarios; aunque
nos disgustaba el carácter interno de esa escuela, respetamos
su decisión. Pronto conocí que muchos de sus condiscípulos
eran hijos de militares de alta graduación y de personas
con variados niveles de jefatura; y comprobé consternada,
que ellos constituían un pésimo ejemplo para mi
hijo. Estos adolescentes lo subordinaban todo a su avidez por
lo extranjero, se jactaban con impudicia de lo que poseían,
irrespetaban a los profesores; y practicaban sádicamente
la violencia y la discriminación racial. Mi madre y yo,
después de agotadoras gestiones, logramos ubicar a mi hijo
en un centro de enseñanza externa, sin que se afectara
su excelente expediente. También en esta nueva escuela
coincidió con hijos de ministros, llenos de prebendas y
plagados de contravalores, pero al menos sus nexos con esta nociva
influencia se limitaban al horario escolar. El trauma que estos
tristes acontecimientos provocaron en mi hijo, repercutió
en él durante mucho tiempo. En aquella época yo
confiaba en la sinceridad del proceso, por lo que expuse en el
Partido Comunista mis inquietudes sobre estas preocupantes atrocidades.
La respuesta fue una total indiferencia ante los hechos; y que
me reiteraran el calificativo de “conflictiva” que recibía
siempre que criticaba lo que consideraba incorrecto. Después
de la despenalización de las divisas en 1993, y de la apertura
al turismo y a las inversiones extranjeras, la categoría
de nuevos ricos incorporó diferentes grupos humanos, vinculados
o no con el gobierno. A continuación lo explico:
a) Nuevos ricos actualmente vinculados al gobierno:
a1) Miembros de las estructuras de poder, ya
enriquecidos, acostumbrados a dilapidar lo que no les pertenecía,
al favoritismo y a los privilegios, reforzaron sus patrimonios
a partir del libre manejo de las divisas. En el transcurso de
los años, las seculares diferencias
entre los cubanos crecieron significativamente, pues estos personajes,
insensibles a la pobreza y al sufrimiento ajeno, se aferran obstinadamente
a sus ventajas materiales. Debe destacarse el status especial
de los hijos de muchos de estos dirigentes corruptos, los cuales
amparados en la benevolencia de sus padres, se niegan rotundamente
a “construir el Socialismo”. Sus padres los complacen
usando dos vías: les permiten vivir en el extranjero sin
dificultades, asignándoles o no “tareas” en
el servicio exterior del país; o si tienen la condescendencia
de residir en Cuba, les facilitan las posibilidades de hacerlo
como potentados, muy distantes de la población explotada
a la que tantos sacrificios exigen.
a2)
Otros sectores de nuevos ricos vinculados al gobierno, todos con
patrones comunes: evaluados como “confiables” por
el régimen, generalmente militan en las organizaciones
políticas; desempeñan cargos o empleos lucrativos;
moralmente castrados y nutriendo su codicia con la ilegalidad,
viven de espaldas al pueblo:
• Dirigentes y funcionarios de entidades estatales. Transgreden
la ley (roban, malversan, etc.) en el ejercicio de sus trabajos.
• Gerentes y funcionarios de firmas cubanas registradas
como Corporaciones, Sociedades Anónimas, etc.
• Gerentes y funcionarios de Empresas Mixtas. Estos realizan
negocios turbios con los socios extranjeros, lo que les permite
lucrar a ambos, en detrimento en este caso de las ganancias que
debe recibir el gobierno.
• Dirigentes, funcionarios y algunos trabajadores del Turismo.
• Gerentes, funcionarios y algunos trabajadores de los establecimientos
recaudadores de divisas.
No pocos integrantes de estos grupos han comprado viviendas y
autos ilícitamente y mediante sobornos; cuentan con todos
los recursos, los disponibles en el país y los que traen
y hacen traer del extranjero; y hasta se muestran copiosamente
ataviados con adornos de oro.
b)
Nuevos ricos aparentemente no vinculados al gobierno:
•
Dueños de negocios privados, fundamentalmente alquiler
de viviendas y restaurantes. El alquiler de viviendas enriquece
cuando esta actividad se vincula a la prostitución y al
expendio y consumo de drogas. Los pequeños restaurantes
proporcionan ganancias elevadas si los producto s
que se brindan proceden del mercado negro.
• Empresarios de la economía subterránea (mercado
negro), cuyos “almacenes” se abastecen del robo y
la malversación.
• Magnates de la industria de la perversión, lo más
representativo del hampa entre los nuevos ricos:
proxenetismo-prostitución, expendio de drogas y fármacos
afines, pornografía, casas de juego clandestinas, centros
para peleas de animales generadores de apuestas, clubes nocturnos
clandestinos. Esta industria ha sido aupada, al convertirse el
país en un símbolo del turismo sexual.
Nunca
he defendido conceptos igualitaristas. Estoy convencida de que
el contar con grandes capitales no es incompatible con la honradez,
la honorabilidad y la generosidad. Estoy consciente de que las
libertades económicas son importantes para lograr sociedades
libres y abiertas. Deseo la eliminación del control estatal
sobre la economía en Cuba; y que este cataclismo se sustituya
por un sistema económico racional, próspero y favorable
a todos los aquí nacidos. Pero no tengo dudas de que el
sector de los nuevos ricos, engendrado por el Comunismo en su
universo contaminado, no es la semilla saludable capaz de fructificar
en la economía a la que aspiramos. No tengo dudas de que
estos nuevos ricos, indiscutiblemente perjudiciales para nuestra
Patria, son el embrión de peligrosas mafias, similares
a las que salieron a la luz al colapsar el Comunismo en Europa.
Y esta afirmación se sustenta en varias razones:
• Son seres humanos que extraviaron el rumbo de la decencia;
y promueven la corrupción y la degradación en su
entorno.
• Intoxicados por una prepotente opulencia, son radicalmente
indiferentes a la agonía del pueblo.
• Cometen sus fechorías con la indecorosa complicidad
de los comunistas dirigentes de organizaciones, a los que corresponde
velar porque se preserve la pureza social pero en realidad actúan
como co-responsables del relajamiento nacional.
• Sus éxitos financieros no provienen del tesón,
del talento empresarial, ni del sacrificio, sino del delito que
no pocas veces incluye engaños y estafas a cubanos pobres
y humildes.
• Compatriotas del exilio y de la disidencia interna con
experiencia en cuestiones políticas y económicas,
defienden insistentemente la labor de los denominados cuentapropistas,
valorados como pioneros de la economía libre en esta etapa
de la historia de Cuba. Coincido con ellos si nos referimos a
los que debido a su trabajo, creatividad, esfuerzo y dotes empresariales,
han incrementado razonablemente sus ingresos monetarios y llevan
una existencia decorosa y respetable. Sin embargo, opino que los
nuevos ricos analizados en este texto, además de todo lo
ya señalado, jamás han brindado ni solidaridad ni
apoyo a los disidentes; por el contrario, cultivando el arte de
la doble cara, mayoritariamente apoyan al régimen: complacen
al amo para conseguir sus favores; compran conciencias para ganar
espacios de poder y riquezas.
Cuán
paradójico es que la corrupción se comporte como
un mecanismo que entrelaza el poder con la marginalidad. Los nuevos
ricos forman un heterogéneo y peculiar entramado social,
donde se mezclan, sin tener en cuenta las pregonadas posiciones
político-ideológicas, personalidades tan disímiles
como hijos, concubinas y otros familiares de la jerarquía
civil y militar; magnates de la perversión, jefes corruptos,
etc. Esta urdimbre de desenfrenados por las riquezas, exponentes
de lo más sórdido del país, tienen un eje
existencial único: la pasión por tener, los elevados
índices delictivos; y la erradicación en su mundo
de toda dimensión espiritual. Como prueba de sus coincidentes
afinidades por la banalidad, la procacidad y la frivolidad, puede
encontrárseles compartiendo juntos, gastando los dólares
del pueblo; y disfrutando en nombre del Socialismo de lo peor
del Capitalismo, en esos antros nocturnos que infectan nuestra
profanada isla. Merece especial preocupación este grupo
de cubanos por el mal ejemplo que ofrecen a sus compatriotas y
porque si no logran sanar sus almas y enrumbar sus destinos por
mejores senderos, tal vez concluyan reducidos a detritus humanos.
Existen diferencias abismales entre la baja catadura moral de
los nuevos ricos, cuyo suministro ilegal de divisas es inagotable;
y la honestidad de las familias que sobreviven con dignidad y
sencillez, gracias a las remesas, que surgidas del trabajo abnegado,
les envían legítimamente del exterior.
Los que gobiernan la nación, en su irracional soberbia,
han decidido poner fin a la anarquía y los vicios que nos
invaden, repartiendo arbitrariamente castigos colectivos que equiparan
a los delincuentes con los ciudadanos decentes.
No es lo mismo privar de los dólares mal habidos a ladrones,
a individuos amorales que diseminan el vicio en nuestra Patria;
que robar sus dólares a las familias receptoras de remesas
legalmente procedentes de todas las latitudes. Lo primero es hacer
justicia, frenar la impunidad, comenzar con retraso la curación
de esta sociedad gravemente enferma; lo segundo amerita un solo
calificativo: abuso monstruoso que oficializa el saqueo de familias
indefensas. Es factible cortar de raíz y eficazmente el
execrable círculo vicioso corrupción-delitoenvilecimiento-
nuevos ricos-envilecimiento-corrupción, sin expoliar las
remesas, imprescindibles para el sustento de cientos de miles
de familias cubanas.
IV. ¿A QUIÉNES PERJUDICA REALMENTE LA DEVALUACIÓN
ARTIFICIAL DE LAS DIVISAS?
“Las familias tienen el derecho a unas condiciones económicas
que les aseguren un nivel de vida apropiado a su dignidad y a
su pleno desarrollo. No se les puede impedir que adquieran y mantengan
posesiones privadas que favorezcan una vida familiar estable.”
Es amargo insistir en este punzante tópico, pero derechos
indeclinables como éstos, reconocidos en la Carta de los
Derechos de la Familia de la Santa Sede (Artículo 9, Octubre
1983) y en todo el mundo
civilizado, han sido violentados en Cuba desde 1959. El derecho
a las propiedades familiares fue totalmente abolido con el advenimiento
del Comunismo. Y ahora, para salvar su economía en bancarrota,
se disponen no ya a confiscar los bienes que acostumbran a expropiar,
sino también las remesas que pertenecen a los receptores,
sus indiscutibles dueños.
Cuando
al fin las familias poco a poco van emergiendo de espantosas experiencias
con los sentimientos impolutos, los que ostentan el poder resucitan
las viejas tristezas, pues los sucesos y los mensajes gubernamentales
de estos meses, preludian un futuro inmediato en que la preeminencia
del absurdo, de las arbitrariedades y de las injusticias, mantendrá
a las familias y a sus remesas en la categoría de instrumentos
del estado. Es inmensa la preocupación generalizada por
el sombrío porvenir que se avizora. Tiene sentido entonces
esta interrogante: ¿A quiénes perjudica realmente
la artificial devaluación de las divisas? No, no es a los
nuevos ricos.
No,
este dócil rebaño consumista no se afectará
jamás con los valores sui géneris que el gobierno
otorga a las monedas, pues los estamentos sociales que lo conforman
disponen de surtidores infinitos de dinero sucio. El mal ha sentado
cátedra en Cuba y los aventajados profesores de la maldad
no se resignan a perder sus prerrogativas. Estos abanderados de
la marginalidad, encadenados a su propia mediocridad ética,
sabrán encontrar siempre variantes que les permitan burlarse
de la moral y vegetar en su egoísmo, indiferentes a la
mendicidad nacional. Es que intentar eliminar la corrupción
en un sistema con los principios genéticamente lesionados,
es tan inútil como tratar de poner puertas al campo.
Las verdaderamente afectadas con las repetidas devaluaciones de
las divisas, son sin ninguna duda, las sufrientes familias cubanas;
las familias honradas, que con el apoyo que les llega de sitios
distantes, han podido mantenerse sobre andamios morales. A los
agresores de la institución familiar no les ha bastado
con robarnos el pasado, el presente, la vida; no les basta con
captar todas las remesas, vendiéndonos productos pésimos
a precios onerosos.
Después de múltiples y pluriformes atropellos, se
arrogan la potestad de quitarnos nuestra única propiedad,
imprescindible para sufragar un modesto sustento.
Los representantes del gobierno esgrimen diferentes argumentos
justificativos de su vampirismo sobre las remesas familiares.
Reitero que no domino los temas económicos, pero trataré
de comentar brevemente algunos de estos argumentos, algunas de
estas falacias, tomando en consideración palabras del Padre
Félix Varela: “La ficción de un bien, es
el mayor de los males”:
•
Primer argumento: Debe eliminarse el distorsionador poder adquisitivo
que posee el dólar, debido a los subsidios que el estado
brinda a la población.
Sinceramente creo que la solución es sencilla: eliminar
la generalización de las limosnas subsidiadas; subsidiar
solamente a los que lo soliciten y se compruebe que lo requieren;
retirar los subsidios a los que tienen familiares cercanos en
el extranjero; cobrar precios justos por los servicios que ofrecen;
pero no robar el dinero que con amor y abnegación remiten
nuestros seres queridos.
• Segundo argumento: Mejorar las condiciones de vida del
pueblo trabajador. Opino que si este objetivo es sincero, resultará
doblemente justo para las familias saqueadas; primero, porque
vivir decorosamente es un derecho elemental de todos los ciudadanos;
y segundo, porque los receptores de remesas también forman
parte del pueblo trabajador. Y pregunto: ¿por qué
el estado no asume plenamente éste, que es uno de sus primordiales
deberes con el pueblo? ¿Por qué transfiere esta
importantísima responsabilidad a los cubanos del destierro?
La solución en este caso es también sencilla: pagar
salarios justos, lo que cada cual merece según su aporte
a la Patria; pagar pensiones justas, las que merecen los ancianos
de hoy, que jóvenes ayer, confiaron en el Socialismo y
entregaron lo mejor de sus vidas a un proceso que los defraudó.
• Tercer argumento: Las monedas del país, el peso
cubano y el peso cubano convertible, se han fortalecido y se les
confiere el real valor que tienen. Este argumento es tan evidentemente
falso, que no amerita comentarios.
• Cuarto argumento: Los cubanos residentes en el exterior
que ayudan financieramente a sus familiares en la isla, fueron
formados por la Revolución; y tienen el deber de reciprocar
lo que se invirtió en ellos. Nada más opuesto a
la verdad. No todos los radicados bajo otros cielos son graduados
de la educación superior; un porcentaje importante de ellos
realiza labores menos calificadas. En lo relativo a los profesionales,
los hijos de esta nación que cursamos estudios universitarios
en el transcurso de estos 47 años pagamos ya con creces,
de una u otra forma, lo que el estado aparentemente nos garantizó;
pagamos un precio elevadísimo, material y espiritual, por
esa gratuidad mentida. Es además un supremo ultraje pretender
que los otrora humillados y repudiados, que actualmente trabajan
con tesón para mitigar las penurias de sus seres queridos,
tengan que abonar un tributo abusivo, precisamente al gobierno
que los obliga a vivir desarraigados de su Patria y del adorado
seno familiar.
• Quinto argumento: Es necesario poner de rodillas al perverso
dólar. Aseveraciones como ésta demuestran que los
personajes centrales del régimen están convencidos
de que conjuntamente con las libertades, ellos liquidaron en Cuba
a los sectores pensantes. Más allá de esta retórica
de la confusión, que progresivamente pierde facultad de
persuasión, lo verídico es que el dólar no
está de rodillas como nos dicen y muy pocos ingenuamente
creen. El dólar sigue su tránsito normal por el
mundo, sujeto a leyes universalmente aceptadas, y no a arbitrariedades
y caprichos. Obviamente, cuando la jerarquía del país
efectúa transacciones internacionales usando los dólares,
tiene inevitablemente que supeditarse al valor real de esta moneda;
y no al que le han asignado por la fuerza en nuestra engañada
isla. Desde luego que hay alguien de rodillas, y son las eternamente
perjudicadas familias cubanas. Las mismas familias que padecen
el prolongado infortunio del desgarramiento y la lejanía,
están ahora de rodillas, aplastadas por la fatídica
noticia de que proseguirán esquilmándoles esas remesas
sinónimos de
amor, que les aportan sosiego, paz y seguridad.
• Sexto argumento: Las devaluaciones están en el
contexto de la cruzada que se desarrolla contra la corrupción.
¿Qué vínculos coherentes pueden existir entre
las honradas remesas familiares y el bandidismo y la corrupción
que mancillan la isla? ¿Qué vínculos coherentes
existen entre los rufianes impunidad- dependientes y las familias
decentes beneficiadas por las remesas? No existen vínculos
entre remesas familiares y corrupción. Si el gobierno proyecta
firmemente erradicar la corrupción, dispone de un excelente
arsenal de posibilidades al efecto, que no incluye la sangría
de las remesas, con el consiguiente sufrimiento para las familias
afectadas. La medida óptima ante su fracaso social sería
dar paso a un nuevo sistema, que partiendo de la libre elección
de todos los cubanos, lleve a la Patria por los senderos de paz,
amor, bienestar y felicidad que merece. No obstante, si a pesar
de todo deciden impedir los cambios que urgen en el país,
no debe resultar difícil para un estado totalmente controlador;
y que vigila, persigue y sanciona física y moralmente a
los que ejercen las libertades de pensamiento y expresión,
conocer donde están la corrupción y los corruptos.
Están en las empresas, corporaciones, ministerios, hoteles,
organismos, cuadras, barrios, calles, negocios ilícitos,
antros de perversión, etc.; en éstos y otros lugares
proliferan la corrupción y sus mentores. En estos ámbitos,
y en los soeces tugurios donde festejan cada noche, encontrarán
a los que han sucumbido bajo los más rastreros intereses,
y cubren de lodo y vergüenza a nuestra querida Patria. Que
extirpen la corrupción donde hay corrupción; que
levanten infranqueables muros de contención frente a estas
prácticas despreciables; que combatan la corrupción
donde se robustece la estirpe marginal, pero que detengan las
inmerecidas torturas de las inocentes familias cubanas.
El pasado 11 de noviembre, en la Asamblea General de la Organización
de Naciones Unidas (ONU), el Canciller Felipe Pérez Roque
expresó: “…los vínculos de los cubanos que viven
a ambos lados del Estrecho de la Florida, han sido blanco especial
de las agresiones anticubanas de esta administración…”
Me inspira profunda alegría que al fin el gobierno declare
verbalmente su interés por la felicidad de las familias,
pues si estas palabras se concretaran en realidades, disminuiría
el raudal de penas almacenadas en los corazones cubanos; y se
aliviaría la angustia existencial que lacera a tantísimas
familias. Y como se habla de ambos lados del Estrecho de la Florida,
es bueno recordar que este mismo gobierno que hoy habla en la
ONU defendiendo categóricamente los derechos familiares,
durante décadas construyó barreras y cavó
zanjas entre las entristecidas costas de este Estrecho, barreras
y zanjas que separaron cruelmente a cientos de miles de familias.
Con la ayuda de Dios y empleando el arma invencible del amor,
el noble pueblo de Cuba se entregó apasionadamente a las
difíciles tareas no sólo de superar las zanjas y
derribar las barreras del odio y la intolerancia, sino que además
tendió un puente de ida y vuelta asentado en las dos orillas
del Estrecho; y edificado con materiales sólidos, resistentes,
inconmovibles como son el cariño, el perdón, la
generosidad, la reconciliación. No obstante el despiadado
bombardeo gubernamental y su accionar destructivo, el puente que
unió espiritualmente a las familias y les prodigó
consuelo y esperanzas, permaneció incólume.
Es bueno recordar también, que este mismo gobierno, en
base a venganzas, revanchas y otros reprobables motivos, mantiene
destrozadas a un número indeterminado de familias, cuando
retiene en Cuba por la fuerza como rehenes a algunos de sus miembros.
Es bueno no olvidar que este mismo gobierno emprendió una
nueva agresión contra un componente básico del puente
que entrelaza las dos costas del Estrecho de la Florida, al dictar
la inapelable ley mediante la cual se apropia de fracciones vertiginosamente
crecientes de las remesas económico-sentimentales que incesantemente
cruzan las aguas del Estrecho y de todos los mares del mundo.
Ojalá lo expresado en la ONU sea el preámbulo de
un mejor destino para las familias y el pueblo cubanos. Ojalá
el gobierno cubano, que con tanto énfasis critica los errores
ajenos, rectifique con similar fervor los errores propios. Ojalá
que los representantes del gobierno suspendan los múltiples
y variados gravámenes que agobian a las familias cubanas.
Ojalá comiencen a respetar la Declaración Universal
de Derechos Humanos; y al permitir a los cubanos entrar y salir
libremente de su país, pongan fin al criminal desgarramiento
familiar que tortura letalmente a niños, ancianos, enfermos
y otras personas inocentes e indefensas.
Ojalá
la inviolabilidad de todos los derechos, y la primacía
del hombre y de la familia, imperen en la nación. Ojalá
detengan el desmedido saqueo sobre las remesas de esas familias,
a favor de las cuales se pronuncian teóricamente en las
Asambleas de la ONU, y en otras tribunas nacionales y foráneas.
Ojalá la coherencia entre palabra y acción, constituya
un principio gubernamental inviolable. Ojalá cese la profanación
de la sacralizad familiar. Ojalá en este instante en que
el dolor nos acosa, las almas de las familias cubanas reciban
una urgente inyección de consuelo.
Vivimos tiempos convulsos y apremiantes, tiempos en los que se
presagian aflicciones mayores para nuestras familias.
No exagero cuando afirmo que, exceptuando las falsas y enajenadas
alegrías que provoca el alcohol; y las grotescas alegrías
de la fiel y muchas veces hipócrita servidumbre del régimen,
se percibe un luto colectivo por el drama presente y la incertidumbre
frente a un futuro-casi presente que se presiente será
lesivo. Conscientes de que nunca el mal ha sido perdurable:
• Se impone romper las cadenas psicológicas que nos paralizan
y nos arrinconan en nuestros propios corazones;
• Se impone no quedarnos en la queja infecunda:
• Se impone proteger la institución familiar de descalabros
mayores.
En estos tiempos cruciales, en que son inadmisibles la inercia
y la indiferencia:
• Emerge el imperativo de salvar el presente y el futuro;
• Emerge el imperativo de dignificarnos y dignificar los derechos
familiares;
• Emerge el imperativo de protestar contra el escarnio;
• Se impone exigir el respeto a nuestra dignidad y a nuestros
irrenunciables derechos;
• Se impone exigir el cese de la estatal e incontrolable mutilación
de las benditas remesas familiares;
• Se impone alzar bien alto la voz y el coraje, EN DEFENSA
DE LAS FAMLIAS SAQUEADAS. |